Soustelle explica en su libro El universo de los aztecas, que el cosmos en la visión de este pueblo era un juego dinámico de fuerzas. La muerte seguía a la vida y la nueva vida seguía a la muerte. La creación tenía sus secretas raíces en la destrucción que a su vez se derivaba de la anterior.

El arte de tejer y destejer la trama de la vida era dominado por los dioses. Nada más natural que el fin del mundo y nada más ordinario que la creación de otro. Tanto así que antes de que este sol calentara nuestras cabezas, otros cuatro mundos y otros cuatro soles habían ya conformado el escenario de otras cuatro humanidades.

Tezcatlipoca y el primer sol

Sol Jaguar:

Mucho tiempo antes de que el más antiguo de nuestros antiguos ancestros existiera, hubo una primera Tierra con una primera raza humana que era iluminada por un primer sol. El Sol Jaguar, Nahui Ocelotl.

Pero quizá porque aquella gente era demasiado alta, o porque gustaban de comer raíces de la tierra o porque nada debía ni debe durar para siempre, los dioses decidieron acabar con aquella Era.

El oscuro Tezcatlipoca, dios del Norte, del frío, de las tinieblas, tomó el papel del primer destructor. Transformado en un jaguar subió al cielo y derribó al primer astro de manera que la oscuridad y el frío cubrieron por completo al mundo.

Para asegurarse de que ninguna traza de vida permaneciera indemne, Tezcatlipoca liberó a un ejército de jaguares que corriendo a través de la oscuridad devoraron a quienes aún no habían muerto.

Consumada la destrucción los dioses se propusieron crearlo todo de nuevo.

Quetzalcóatl y el segundo sol

Sol de viento:

El segundo sol, la segunda creación y la segunda humanidad fueron marcadas con el signo del viento, Nahui Ehécatl.

Su existencia transcurrió como debía y llegado el plazo el dios Quetzalcóatl, “serpiente emplumada”, bajo su acepción de dios de los vientos, llevó a cabo el más grande de los actos de magia.

Echando mano de los cuatro vientos formó un inmenso huracán. A su paso el tornado devastó al mundo y transformó a los hombres y mujeres en monos. La Tierra volvió a quedar despoblada y el sol apagado.

Tláloc y el tercer sol

Sol de lluvia:

Aún faltaba mucho para que el más viejo de los actuales hombres naciera cuando el tercer sol, Nahui Quiahuitl, fue erigido sobre en los cielos.

Era el momento de la tercera raza humana y los dioses en su sabiduría cedieron el tiempo adecuado para su existencia. Pero una vez concluido el plazo tocó el turno a Tlaloc, dios de la lluvia, para orquestar el nuevo fin del mundo.

Tlaloc entonces, siendo dios del fuego celeste que eran los rayos y relámpagos, y quizá la lava de los volcanes, desplegó una fulminante lluvia de fuego. La tercera humanidad quedó reducida a cenizas, incluso el sol se consumió.

Chalchihuitlicue y el cuarto sol

Sol de agua:

Nuevos hombres y nuevas mujeres poblaron la Tierra por cuarta ocasión, y su Era fue llamada Nahui atl, la del sol de agua.

Llegado el tiempo para su terminación la diosa Chalchihuitlicue, “la que lleva falda de piedras preciosas”, consorte de Tlaloc y Señora del agua, asumió el rol de destructora.

Los causes de ríos y lagos se desbordaron y el nivel del agua fue subiendo hasta dejar al mundo sumergido bajo sus corrientes durante cincuenta y dos años.

Hubo, con todo, un hombre y una mujer que lograron escapar de aquel designio. Habían trepado al árbol más alto, un ciprés cuyas ramas superiores aún asomaban por entre la inundación.

A pesar de su admirable esfuerzo los dioses estaban decididos y Tezcatlipoca dio el golpe final transformándolos en perros.

Quinto sol, nuestro sol

El escenario había quedado libre para la llegada de la presente Era.

Quetzalcóatl viajó a Mictlan y robó los huesos de los muertos. Mediante un sacrificio de sangre liberó la vida que aún palpitaba en sus médulas y dio origen a las personas de hoy.

Los ancestros de nuestros ancestros vieron la luz del nuevo sol, Nahui Ollin, Temblor de Tierra, y la historia de nuestra existencia comenzó a correr.

Profecía fin del mundo según los aztecas

Sin embargo los sabios sabían que como en todas las otras creaciones este sol tendría su final y esta vez sería definitivo porque los dioses no crearían más.

Nosotros los que vivimos bajo el signo de Nahui Ollin, dijeron los sabios, desapareceremos a causa de un inmenso movimiento telúrico. Los Tzitzimime, monstruos semejantes a esqueletos, aparecerán después para asegurarse de que no quede vida.

No resta, pues, más que disfrutar de este día, porque sea verdadera o no la profecía azteca, lo cierto es que cada uno llegará a su propio fin de los tiempos.