Literalmente, la palabra naditu significa “en barbecho”. Las mujeres que recibían esta denominación vivían en los recintos interiores de los templos, y tenían un papel muy definido en la sociedad de Babilonia, Nippur, Kish y otras ciudades mesopotámicas.

Los primeros registros que mencionan a las naditu son del reinado del rey Immerum de Sippar, en el siglo XVIII antes de Cristo. A través de estos datos y de los que posteriormente se han descubierto, los asiriólogos han podido reconstruir la historia de estas mujeres, cuya existencia estaba consagrada a servir como ofrendas humanas a favor de sus familias o del mismo rey.

Las mujeres seleccionadas para ser naditu ingresaban en la pubertad en el recinto sagrado, el gagum, después de que sus familias ofrecieran un banquete a las deidades y a las naditu fallecidas. Luego la aspirante era presentada a los dioses y, de tratarse de una princesa, era necesario también obtener un augurio favorable de las divinidades.

Posición económica

La entrada al gagum no podía efectuarse sin que la familia de la neófita hubiera determinado cuáles serían los medios de vida de ésta. De modo excepcional entre las mujeres de la época, las naditu tenían derecho a administrar su parte de la herencia paterna -la tradición dictaba que la parte correspondiente a la mujer pasaba al marido al casarse-. De este modo, era común que las naditu comprasen, vendiesen y administrasen propiedades, demostrándose en numerosos casos que eran buenas gestoras de su patrimonio e incluso exitosas comerciantes para la importación y exportación de productos.

La norma exigía, eso sí, que después de su muerte sus bienes serían reintegrados a la fortuna de la familia, si bien podían evitarlo adoptando a una joven que la cuidara durante su vejez y después la sucediese como naditu.

Prometidas del dios

La dedicación exclusiva de estas mujeres a la adoración de los dioses imponía también que fueran célibes -de ahí el apelativo “en barbecho”-. A pesar de esto, en algunas etapas de la historia de Mesopotamia la prohibición de mantener relaciones sexuales se suavizó, ya que se han documentado casos en los que mujeres del gagum buscaban nodrizas para sus hijos. Lo que siempre estuvo vetado para ellas fue, sin embargo, el matrimonio, ya que necesariamente debían residir dentro del recinto sagrado del templo y repartir su tiempo entre la administración de sus bienes y la oración.

Las naditu diferían de las sacerdotisas en cuanto que las primeras constituían ofrendas vivientes, a modo de “estatuas animadas” que rezasen eternamente por sus familiares. De este modo, no eran consideradas parte del personal del templo y no hay pruebas de que participasen en los rituales. Su estatus venía definido por su consideración de “prometida” del dios.

El claustro, por otra parte, era gestionado por las propias naditu, y en un gagum podían contarse cientos de casas en las que vivían las mujeres sagradas y sus sirvientes, constituyendo un pequeño núcleo de población al margen de la ciudad. Un muro delimitaba el recinto, que incluía también, en grandes urbes como Sippar, un granero, un edificio dedicado a la administración, varios talleres e incluso una porción de tierra cultivable.

Reconocimiento y prestigio

Durante siglos las naditu representaron el prestigio de sus familias, y ya en su nacimiento, muchas princesas e hijas de altos dignatarios fueron prometidas a los templos, con la obligación de rezar eternamente, pero también de representar la alianza entre el poder terrenal y el de los dioses.

Merece ser destacado, por último, que algunas naditum, además de ser buenas administradoras, como ya se ha comentado, ejercieron profesiones de gran prestigio en la sociedad de la época. Se conocen casos en los que trabajaron como escribas y letradas, ocupaciones exclusivas de los hombres y que exigían el mayor grado de formación alcanzable en la sociedad de su tiempo.