La escasez de fuentes escritas sobre las mujeres en la Edad Media y su relación con el poder, es uno de los problemas con los que nos encontramos a la hora de abordar este tema. La supremacía de la Iglesia y de los valores religiosos en la sociedad medieval, hicieron de aquella una institución fuerte que controlaba todos los aspectos de la vida. La moral, la medida del tiempo, que pertenecía a Dios, la sexualidad o la educación, quedaron bajo su dominio.

La imagen de la mujer en la Iglesia medieval

Los clérigos eran los únicos que controlaban la cultura en un mundo donde muy pocos sabían leer y escribir. El acceso a la educación estaba vetado a las mujeres que además contaban como colectivo con la hostilidad de la Iglesia, la misma que se encargó de elaborar el derecho canónico durante los siglos XII y XIII.

Nos encontramos por tanto en la documentación con una imagen sesgada del papel de las mujeres en la sociedad medieval.

La Iglesia en la Edad Media canaliza el concepto “mujer” a través de dos símbolos: Eva y la Virgen María. La primera era la culpable de la expulsión del Paraíso Terrenal, además había sido el hombre y no la mujer el creado a imagen y semejanza de Dios. De todo ello se derivaba que debía estar supeditada al hombre, su señor natural.

En el polo opuesto estaba la consideración a la Virgen María, cuyo papel de madre y esposa abnegada, no sólo hacía de ella la intermediaria entre Dios y los hombres, sino también un ejemplo de los valores que toda mujer debía perseguir.

Había por tanto, dentro del pensamiento medieval, dos consideraciones contrapuestas en relación a la mujer: por un lado, era un ser inferior al hombre que no tenía alma (R. Pernoud, “Pour en finir avec le Moyen Age, La femme sans ame, Éditions du Seuil, 1977). Por el otro, era la madre de Dios, representada en las manifestaciones artísticas con un cariñoso y tierno gesto hacia su divino hijo.

Curiosamente, y a pesar de la actitud hostil hacia ellas, fue precisamente dentro de la Iglesia donde algunas mujeres lograron la consideración social que les era negada fuera de ella. Muchas fueron santificadas, lo cual las convertía en ejemplo a seguir dentro de la comunidad cristiana por su piedad o insistencia en propagar la fe a través de sus obras o peregrinaciones.

Fue también en el seno de determinadas instituciones religiosas donde algunas mujeres lograron ejercer el poder.

El ideal de la mujer virtuosa que dedica su vida a Dios fue el tema central de numerosos sermones. No todas elegían la vida conventual por vocación religiosa. Muchas lo hacían para huir de matrimonios pactados o eran ingresadas por sus padres en un monasterio, lo cual aumentaba el prestigio familiar.

Éste fue el caso de la alemana Hildegarda de Bigen, décima hija de una familia noble de Renania que por ello fue considerada como el diezmo debido a la Iglesia. Abadesa de un monasterio femenino e investigadora y escritora incansable, sus libros sobre medicina, como el “Liber simplicis medicinae, recopilan interesantes estudios sobre las propiedades curativas de animales y plantas.

Mujeres y poder en la Edad Media: la abadesa del Monasterio de las Huelgas (Burgos)

El respeto hacia las mujeres que se dedicaban a la vida religiosa era muy alto en la Edad Media, alcanzando importantes cuotas de poder aquellas que llegaban a abadesas de determinados monasterios.

Señora de su territorio era la abadesa del monasterio italiano de Conversano, y por ello recibía público homenaje de sus vasallos. El mismo estatus tenía la abadesa del monasterio de Fontevrault (Francia) donde recibió sepultura una de las mujeres que más influencia política llegó a tener en su momento, Leonor de Aquitania.

En los reinos hispánicos el poder de la abadesa del Monasterio de las Huelgas de Burgos fue único. Fundado en el siglo XII por Alfonso VIII, rey de Castilla y su esposa, Leonor Plantagenet, las abadesas de este importante convento cisterciense provenían no sólo de la nobleza, sino que algunas tenían sangre real, como Constanza, hija de los fundadores.

La abadesa de las Huelgas dependía directamente del Papa de Roma y ejercía señorío jurisdiccional sobre más de 50 villas con “todos los conventos, iglesias y ermitas de su filiación, de los pueblos y lugares bajo su mando” (P. Florez, "España Sagrada," XXVII, Madrid 1772, col. 578) gracias al poder otorgado por las bulas apostólicas y la protección que siempre ejercieron sobre este monasterio los reyes de Castilla y León.

Algunos de ellos lo eligieron como panteón real y allí está enterrada María de Molina, esposa de Sancho IV y mujer de gran coraje en la política. También fue el lugar escogido para la ceremonia de caballería de algunos monarcas como Pedro I el Cruel, o la coronación de Alfonso XI y Enrique de Trastámara.

Mujeres y poder en la Edad Media: las reinas

Lógicamente, las mujeres que ejercieron el poder de una forma más directa en la Edad Media fueron las reinas.

En algunos reinos cristianos de la Europa Occidental, como Francia, la libre interpretación de ley sálica impidió a partir del siglo XIV el acceso al trono de las mujeres. Tradicionalmente los francos habían rechazado el poder ejercido por una mujer, buena prueba de ello es el menosprecio de Carlomagno hacia la emperatriz Irene. El rey franco consideraba vacío el trono imperial por detentarlo una mujer y con el apoyo de la Iglesia logró ser coronado en el año 800 subestimando así a la monarca bizantina.

En los reinos hispanos peninsulares la situación en relación a las mujeres y el trono era diversa. En la Corona de Aragón no podían detentar el poder efectivo, pero si trasmitirlo, por lo que nunca podían ejercer la “potestas”. En Castilla sin embargo, si podían hacerlo siempre y cuando no hubiera heredero varón, tal y como establece Alfonso X el Sabio en la II Partida (título XV. leg. II).

Que Castilla era un reino donde este precepto se respetaba, lo prueba la historia de María de Molina, reina de hecho durante el mandato de su esposo, Sancho IV el Bravo y las minorías de edad de su hijo Fernando IV y su nieto Alfonso XI, así como el hecho de que en el siglo XV fueran dos mujeres -Juana la Beltraneja e Isabel la Católica- las que se disputaron el torno cuando los problemas sucesorios de Enrique IV se agravaron.

Es precisamente Isabel la Católica la que ha pasado a la Historia como el prototipo de reina hispana de la Edad Media. Ejerció el poder efectivo sobre el reino de Castilla, que sólo se mantuvo unido a la Corona de Aragón, el de de su esposo, Fernando el Católico, mientras ella vivió, dejando en su testamento el trono castellano a la hija de ambos, Juana la Loca. Ello demostraba que la falsamente llamada “unidad de España”, había sido una alianza personal y no institucional.

Lo curioso es que, al igual que a otras reinas que ejercieron el poder en la Edad Media, a Isabel la Católica se la definió como “mujer viril”, creyendo halagarla con ello, lo que demuestra la imagen que de la mujer se tenía en la época.