En la Edad Media sólo algunas mujeres pudieron acceder a la cultura e investigar en algunos aspectos de la ciencia. Paradójicamente muchas de ellas fueron religiosas y desarrollaron su trabajo, e incluso cierto poder, dentro de la institución que las relegaba a un segundo plano en la sociedad.

La ciencia en la Edad Media

La ciencia, tal y como la concebimos hoy, no existía en la época medieval ya que nació más tarde, en el siglo XVII, con la llamada “primera revolución científica”. Con la desmembración del Imperio romano en los pequeños reinos que conformaban la Europa Occidental en la Edad Media, se había perdido la línea científica nacida en la Antigüedad clásica.

No existía una comunidad científica que caminara unida hacia un fin determinado, por lo que no podemos hablar de una “ciencia femenina” en la Edad Media, como tampoco lo haremos de una “ciencia masculina”.

Los hombres y mujeres de la Edad Media que se dedican a la ciencia lo hacen en el campo de la llamada “filosofía natural”, que trata de explicar algunos aspectos de la naturaleza, como la Medicina o la Botánica. Se limitaban a copiar y traducir obras clásicas, griegas y romanas, para salvaguardar el patrimonio cultural. En este aspecto, el trabajo de los traductores musulmanes y judíos fue de gran importancia, ya que lograron introducir a partir del siglo XII en Europa los conocimientos científicos del mundo clásico a través de las obras de Galeno, Hipócrates, Ptolomeo o Arquímedes.

La Escuela de Traductores de Toledo realizó una gran labor al traducir las obras clásicas griegas al árabe, siendo posteriormente trasladadas al latín, la lengua culta que dominaba en el Occidente medieval. Algunos no sólo divulgaron aquellas obras sino que también aportaron sus conocimientos sobre Física, Matemáticas o Medicina. Entre ellos destacó Averroes, que residió en Córdoba en el siglo XII. Gracias a sus comentarios sobre las obras de Aristóteles, este filósofo griego fue conocido en toda la Europa medieval.

Fue precisamente el desarrollo del pensamiento aristotélico, para el que la mujer era un “ser imperfecto”, junto al planteamiento oficial de la Iglesia, que la situaba en un plano inferior al hombre por el pecado de Eva, los que hicieron sufrir a la mujer medieval el destierro cultural.

Las mujeres y la ciencia médica en la época medieval

La mujer fue la “gran cuidadora” en la Edad Media. En el ambiente familiar, donde muchas veces quedó recluida, ella era la que se ocupaba de los enfermos y atendía las necesidades sanitarias de la familia. También realizaba esa labor dentro de instituciones religiosas, monasterios y hospitales.

La estricta moral cristiana impedía a los hombres actuar en ciertos campos médicos, como la ginecología o la obstetricia, materias casi exclusivamente femeninos. Salvo excepciones, en casos de la realeza o la alta nobleza, eran comadronas y parteras las que asistían a las mujeres en los alumbramientos utilizando preparados de hierbas naturales para mitigar el dolor. Estos remedios no siempre fueron admitidos y aquellas que los recomendaban corrían muchas veces el riesgo, ya en la Baja Edad Media, de ser acusadas de brujas.

Según el Génesis, Dios le dijo a la mujer “multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor parirás los hijos" (Cap.3, vers.16), y por ello el sufrimiento durante el parto se consideraba un castigo divino en el que no se podía intervenir.

Todo ello no impidió que algunas mujeres se dedicaran al estudio de plantas y brebajes para mitigar el dolor y curar las enfermedades. Una de ellas fue Hildegarda de Bingen, abadesa del monasterio de Rupertsberg, en Alemania, considerada la primera mujer médico que escribió acerca de las enfermedades del cuerpo humano y concretamente sobre las que afectan a la mujer. Se preocupó también de la medicina preventiva, haciendo hincapié en la higiene dental de las monjas que estaban a su cargo.

Radegunda: la princesa franca que se convirtió en enfermera

Contrajo matrimonio en 531 con el rey franco Clotario I, que la hizo muy desgraciada, sobre todo tras el asesinato de su hermano por orden del rey. Tal vez por ello Radegunda se refugió en la religión, fundando un convento en Poitiers que contaba entre sus instalaciones con un hospital. En él se cuidaba a los enfermos, sobre todo leprosos, y se daban clases a las religiosas sobre el “arte de la sanación”. No sólo se utilizaban métodos higiénicos y de alivio a los enfermos mediante ungüentos y plantas. Radegunda, devota religiosa y fiel hija de su tiempo, consideraba que las reliquias de los santos también podían curar. Por ello no dudó en peregrinar buscando aquellas más famosas e intentando conseguir una de la Santa Cruz de Cristo. Por su labor, fue canonizada en el siglo IX.

Trotula de Salerno (1110-1160), la primera ginecóloga de la Historia

Esposa de uno de los fundadores de la Escuela de Salerno (Italia), fue la primera en Europa dedicada a la ciencia médica. Escribió el primer tratado conocido sobre ginecología, titulado “Passionibus Mulierum Curandorum”, donde habla de las dolencias de las mujeres y su tratamiento. En él recomienda el uso de opiáceos para mitigar el dolor del alumbramiento -lo cual no fue muy bien acogido por las autoridades eclesiásticas- y aconseja suturas en caso de desgarros en el perineo durante los trabajos del parto.

Santa Isabel de Hungría, patrona de la Enfermería

Nació en Presburgo, la actual Bratislava (Eslovaquia) en 1207. Viuda a los veinte años de edad tras la prematura muerte de su esposo, Luis VI de Turingia, en las Cruzadas, se traslada a Marburgo donde ingresa en la orden de San Francisco y funda varios hospitales, dedicando su vida al cuidado de los enfermos y distribuyendo alimentos y dinero entre ellos. Fue canonizada en 1226 y en el siglo XIX nombrada Patrona de la Enfermería.

Hubo otras mujeres que también dedicaron su vida a la ciencia médica, como Dorotea Bucca, profesora de medicina en la Universidad de Bolonia en el siglo XIV, Constanza Calenda, de Nápoles o Rebeca de Guarna, que escribió un tratado sobre la fiebre.