Cuando las mujeres empezaron a incorporarse masivamente al mercado laboral, hace ya varias décadas, lo hicieron en puestos de trabajo clasificados como "femeninos". Estos puestos de trabajo, que correspondían a los mismos empleos que las mujeres ya desempeñaban antes de esa época, permitían a las mujeres mantenerse por sí mismas y ser independientes económicamente, pero las relegaban a un nivel laboral bajo, ya que se trataba de tareas auxiliares, como la de enfermera o niñera o secretaria, o poco prestigiosas, como la tarea de las maestras.

De ahí surgió el concepto de "techo de cristal", según el cual las mujeres siempre se ven limitadas en sus ambiciones laborales y tienen vetados los mejores puestos de trabajo, y este concepto se ha enquistado de tal manera en el pensamiento de nuestra sociedad que se hace difícil discernir qué tiene de cierto en la actualidad y en qué medida responde sólo a la perpetuación de una idea desfasada.

Diferencias salariales entre mujeres y hombres

La base de la creencia en un "techo de cristal" es la afirmación de que hombres y mujeres reciben una remuneración distinta por el mismo trabajo, a pesar de que la legislación laboral española no permite ese tipo de distinciones. Y se afirma que esas diferencias salariales, a veces bastante exageradas, han sido evidenciadas por estudios y encuestas a lo largo de los últimos años.

No obstante, si analizamos la mayoría de las encuestas sobre trabajo trabajan en base a una clasificación sectorial de los empleos. O, dicho de otra manera, las encuestas se hacen por sectores y no por empleos concretos, dándose la absurda situación de acabar haciendo una media de los sueldos de los trabajadores de un mismo sector como si el hecho de trabajar en la misma empresa y a un mismo nivel (empleados, directivos...) significase que todos hacen lo mismo.

Este tipo de encuestas afirman, por ejemplo, que en los hospitales las mujeres cobran hasta un 30% menos que los hombres, pero no explican que la mayoría de las enfermeras son mujeres y la mayoría de cirujanos son hombres y que a distinto trabajo es lógico distinto sueldo.

Además, hay que remarcar que la ley española y los convenios sectoriales no permiten discriminación salarial por razón de sexos, con lo cual una empresa que aplicase este tipo de medidas podría ser denunciada.

Paridad, ¿búsqueda de la igualdad o simple discriminación positiva?

Claro está que si a distinto trabajo corresponde distinto sueldo, la paridad resuelve el problema. Si la mitad de los enfermeros fueran hombres y la mitad de los cirujanos fueran mujeres, la diferencia salarial no existiría. Pero, curiosamente, cuando se habla de paridad, no se habla de las dos partes, sino sólo de las mujeres. Por ejemplo, se impone la paridad en el gobierno para incluir más mujeres pero no en los jardines de infancia para incluir a más educadores hombres.

Eso lleva a pensar en las consecuencias cualitativas de la paridad como sistema, ya que en profesiones en las que hay una desigualdad entre hombres y mujeres a nivel cuantitativo, como la política, con predominio masculino, y la enfermería, con predoninio femenino, contratar al mismo número de hombres que de mujeres o repartir paritariamente los cargos de responsabilidad implica de manera necesaria la elección de trabajadores por razón de su sexo y no de sus capacidades.

Por tanto, quizás sería más correcto, y así lo creen muchos expertos, establecer cuotas de proporcionalidad. Esto sería especialmente adecuado en la clase política, en la que hay muy pocas mujeres y casi todas en cargos de responsabilidad a muchos de los cuales optaban muchos más hombres que mujeres, y no implicaría tan alto grado de discriminación positiva.

Trabajo y maternidad en España

Una de las mayores controversias acerca de la figura de la mujer en el mundo laboral es la que versa acerca de la maternidad y cómo ésta afecta al trabajo. Tradicionalmente, las mujeres dejaban de trabajar al casarse y tener hijos, y aún hoy muchas se sienten discriminadas por el hecho de ser madres, ya que se suele creer que muchas empresas despiden a mujeres cuando estas se quedan embarazadas. No obstante, las mujeres embarazadas gozan de una serie de derechos inamovibles que, en el mundo laboral español, no tiene parangón.

Es ilegal echar a una mujer embarazada. Si alguna empresa lo hace, incluso si cree tener una causa justificada, se arriesga a una demanda que, en casi el cien por cien de los casos, acabará dándole la razón a la mujer. Además, las mujeres pueden acogerse a una baja por maternidad de hasta cuatro meses cobrando la totalidad de su sueldo y cada día son más frecuentes las medidas de conciliación laboral y familiar. Es evidente que no son suficientes y que España está muy lejos de otros países europeos, pero no parece que la maternidad sea causa de preocupación real.

Y, por otra parte, quizás las posibilidades de conciliar vida laboral y familiar no sea más que un problema de visión, que se arreglaría si hombres y mujeres pudieran compartir los mismos beneficios sociales al ser padres. Se podrían compartir todos los derechos laborales a partes iguales y así el "peso" de la maternidad no recaería únicamente sobre las mujeres.

¿Rinden igual hombres y mujeres?

Cuando se habla de "a mismo trabajo, mismo sueldo", no se especifica si a mismo trabajo corresponden o no las mismas obligaciones, las mismas exigencias de productividad y el mismo compromiso con la empresa o sólo se está hablando del mismo puesto de trabajo. Y es que, ya que es obvio que hombres y mujeres son diferentes a nivel biológico, pensamos de manera distinta y también son distintos a nivel emocional, parece lógico creer que, de entrada, no tienen por qué dárseles igual de bien las mismas cosas.

Es evidente que en puestos intelectuales o creativos hombres y mujeres pueden rendir igual, pero no es así en los trabajos físicos, en los que la mayoría de mujeres (no todas, claro) rinden menos que la mayoría de los hombres (no todos, también está claro). Y, si no se rinde igual, ¿por qué hay que pagar lo mismo? o, aún más importante ¿no es lógico que los trabajadores que menos rinden sean despedidos? España es uno de los países con empresas menos eficientes y es lógico que busque mejorar la productividad.

Y lo mismo que se dice de los extras e incentivos, que deberían recaer en los mejores trabajadores y no en todos de cara a que sean realmente eficaces, debe decirse también de las pruebas y exámenes de acceso a los puestos de trabajo, que deben ajustarse al puesto que se oferta y no al candidato. Situaciones como la que se dio en Madrid, donde las asociaciones feministas se enfadaron cuando se uniformizaron las pruebas de acceso al cuerpo de bomberos, dejando fuera a las mujeres, resultan absurdas cuando se piensa en que, hombre o mujer, la dificultad de su trabajo va a ser el mismo.

Hay que reconocer los avances en materia de igualdad de género

Hay, sin duda, mucho camino por andar, pero también hay que reconocer lo andado, y reivindicar hoy las mismas necesidades y carencias que las mujeres tenían hace veinte o treinta años, sin tener en cuenta que la sociedad ha avanzado, le hace un flaco favor a la mujer de a pie, preocupada por las mismas cuestiones que sus compañeros masculinos. Hoy en día, los sueldos de mujeres y hombres se han equiparado y las mujeres son independientes a nivel económico y social, y eso no se puede negar. Hablar de discriminación laboral es posible, pero no es una realidad generalizada.

El techo de cristal ha existido durante mucho tiempo y aún quedan algunos fragmentos del mismo estorbando en ciertos sectores, pero, en general, no puede decirse que en España la mujer esté discriminada por motivos laborales.