El matrimonio constituye una de las cuestiones de mayor importancia de la época visigoda, un derecho del que pueden disfrutar exclusivamente los hombres y mujeres libres; a los esclavos les está permitida por derecho tan solo una forma menor de emparejamiento, el contubernium, un término muy significativo, además, sobre el concepto de esclavitud visigodo, pues era empleado indistintamente para referirse a hombres y animales.

Preliminares del matrimonio

Los preliminares del matrimonio solían ser más importantes que el matrimonio en sí mismo. El pater familias, el patriarca, era el encargado de la elección del cónyuge, difícil tarea, resultado de un largo trabajo de selección entre los múltiples pretendientes disponibles. Una hija que se casaba en contra de la voluntad paterna era inmediatamente desheredada y convertida en una extraña dentro del propio linaje, pudiendo incluso ser ejecutada, legalmente, por su padre en "casos de extrema deshonestidad" (Liber Iodiciorum de Ervigio, lib. lII).

Con todo, la hija disponía de cierta libertad de acción en ciertos aspectos. Las leyes visigodas son relativamente claras: si la muchacha se siente atraída por un joven, éste puede encontrarse con los padres y negociar para fijar la dote. Por tanto, la hija sí contaba, en determinados casos, con un mínimo derecho a proponer sus propios pretendientes, independientemente de los propuestos por su tutor masculino legal. En caso de que los padres de la doncella estuvieran muertos, las posibilidades de elegir esposo libremente aumentaban aún más, pues sus hermanos varones, los nuevos tutores legales, no tenían en realidad el mismo poder al respecto que los progenitores fallecidos. En tales circunstancias, si el pretendiente propuesto por los hermanos era rechazado dos veces, recaía sobre ella la plena facultad de escoger marido por sí misma.

Asimismo, y esto responde a una antiquísima tradición compartida por muchos pueblos antiguos germánicos, si dos jóvenes se enamoraban, podían recurrir a una especie de secuestro ritual. Al parecer las leyes trataron de impedir esta curiosa práctica (especialmente desde la conversión de los visigodos al Cristianismo), pero con poco éxito, pues durante gran parte del período visigodo siguieron abundando las noticias de raptos de doncellas casaderas (preparados con anterioridad por la pareja, normalmente en secreto).

La dote

El matrimonio se dividía en dos partes: una primera, la típica ceremonia de las arras (equivalente al intercambio de anillos), con valor de compromiso recíproco; y la segunda, la consumación y el reconocimiento público, al alba siguiente, denominado morgengabe, "regalo de la mañana", pues consistía precisamente en la entrega por parte del marido de un regalo a la recién desposada, equivalente simbólico del precio de su virginidad. Nótese que la presencia del cura no era lo realmente importante entonces (como la consumación), pues su bendición era sólo facultativa y poco solicitada, ni el matrimonio era aún considerado un sacramento.

El valor de la dote tendió a incrementarse considerablemente con el tiempo, desde un simple detallito sin importancia al principio, meramente simbólico (la milésima parte de los bienes del esposo), hasta cifras cada vez mayores, a finales del siglo VII. A partir del Código de Ervigio la dote quedó establecida en veinte caballos, diez esclavos y diez esclavas, o como una décima parte de la fortuna total del marido. No era demasiado, pero con ello se pretendía asegurar la seguridad material y la dignidad de la mujer.

La mujer visigoda pudo gozar con total libertad de sus bienes propios. Solía recibir su parte de la herencia, en forma de anticipo, en el momento de la boda, aunque sólo como posesión virtual (documentada por escrito). Además, su consideración de matrona (señora) protectora de la casa (pues el plano doméstico era su dominio reservado), le confería el poder de velar constantemente por la correcta administración de los bienes del marido. Es más: éste no podía vender, donar o dividir parte alguna de su patrimonio sin obtener el previo consentimiento de su esposa.

Vírgenes visigodas

La virginidad era considerada, entre los visigodos, una fuente inestimable de valor y reputación para la mujer. La doncella debía llegar al matrimonio virgen, pues en caso contrario, quedaría fuera de la política familiar de negociaciones del progenitor con posibles pretendientes, para casarla (muy pocos hombres querrían desposarse con una mujer mancillada). Las violadas, al parecer trágicamente abundantes -como se deduce de sus numerosas referencias en la legislación, o en el célebre ejemplo del romance entre Don Rodrigo y Florinda, hija de Don Julián, el gobernador de Ceuta- tenían pocas opciones, excepto retirarse a un convento o recurrir a la prostitución o la mendicidad para sobrevivir. En cambio, una joven bella, honesta y pura, en edad núbil, podía cotizar muy alto en las pujas -por así decirlo-, para un padre con buenas dotes para la negociación.

La misma estimación social de las vírgenes se podría considerar para las viudas, sólo que éstas escapaban ya -salvo raras excepciones- a ese "mercado matrimonial" o "sexual". Llama la atención, así, que el valor de la mujer fuera más elevado en los momentos previos y posteriores al casamiento (doncella, viuda), que en su etapa conyugal y reproductiva (esposa). Ello se debía posiblemente a la jerarquización que el papa San Gregorio Magno hizo de los méritos humanos: en el nivel más bajo estaban los casados, que aun conviviendo en legítimo matrimonio, estaban manchados por el sexo, visto como un mal necesario para la perpetuación de la vida, pero que alejaba al humano de lo divino; en segundo lugar, las personas castas que practicaban la continencia sexual, pese a haber conocido antes el sexo; en la parte más alta, los vírgenes de ambos sexos.

La Iglesia tuvo mucho que ver en esta sobrestimación de la virginidad. San Leandro de Sevilla, en su tratado sobre La institución de las vírgenes, consideraba que en ellas Dios veía reparado el pecado original, como una Eva antes de morder el fruto prohibido. El desprecio de la carne era fundamental para la salvación del alma. Por eso, Leandro era contrario al matrimonio, aunque debía reconocer, a regañadientes que, sin matrimonios, tampoco nacerían vírgenes, máximo exponente de la virtud.