El grupo de mayor vulnerabilidad social, en relación a la violencia de género, son las mujeres. Sin embargo, las que son más vulnerables son aquellas que de un modo u otro dependen económicamente de sus esposos o parejas.

Es un mito creer que el problema afecta sólo a mujeres pobres, es un fenómeno que no distingue grupo cultural ni rango social. Atraviesa todo el espectro social sin distinciones de ningún tipo. El asunto es que algunos logran aparentar mejor que otros.

El poder del dinero

Sin duda el dinero otorga poder, relativo o confuso, pero lo entrega. Cuando hay tendencia hacia la violencia (del tipo que sea, sexual, psicológica, espiritual, física, etc.), el dinero se convierte en un medio más de opresión hacia la persona que se quiere dominar.

Una mujer que no tiene independencia económica está a merced de su verdugo, que sabiendo su vulnerabilidad logra manipularla para ejercer sobre ella el poder que el dinero le otorga.

Efectos de la dependencia económica

Las mujeres económicamente dependientes generan algunos mecanismos en la relación de pareja, que tarde o temprano, crean las condiciones ideológicas para la violencia de género.

  • Sufren, en mayor grado que otras mujeres, de problemas de autoestima. Es cosa de preguntarle a una mujer que no recibe remuneración independiente, en qué trabaja. A menudo la respuesta será: "No trabajo, yo estoy en casa". Sin entender la gravedad de lo que dice, y sin captar que, con dicha respuesta, está rebajando su propia labor hogareña. Otras responden con una frase típica latinoamericana: "No trabajo, sólo soy dueña de casa", como si eso no fuera trabajo.
  • Se convierten en mendigas en sus propios hogares, al tener que estar pidiendo dinero para cubrir las necesidades de la familia. Esto es más cierto en aquellas relaciones donde los varones monopolizan la administración de los recursos.
  • Infantilizan su propia cognición e interacción con la realidad. Frases como "tengo que pedirle permiso a mi marido", "él tiene que tomar la decisión", "la última palabra la tiene mi esposo", etc. No son más que una forma infantil de relación, que a la larga genera daño emocional y dificultad para madurar y crecer como persona.
  • Tienen una relación amor-odio con el dinero, sin entender que no son los recursos el problema, sino su manera de interactuar con su pareja o marido, la que genera esa reacción poco madura frente a la administración de los recursos.
  • No aprenden a desenvolverse en el mundo de la economía de mercado. Algunas no saben manejar cuentas bancarias, hacer inversiones, definir presupuestos a largo plazo, etc., porque cargan descansan en los maridos que monopolizan dicha función.

Violencia de género y dependencia

Cuando el que paga se siente con derecho a controlar, manipular, mandar, estigmatizar o exigir, están dadas las condiciones para el abuso en cualquiera de sus formas.

La Dra. Araceli Medrano, catedrática de la Universidad Nacional a Distancia, de España señala que "los esquemas de género se construyen, se aprenden y generan efectos durante décadas". Los varones y las mujeres aprenden a interactuar con el dinero siguiendo patrones culturales.

Aún los textos escolares infantiles trasmiten estereotipos sobre el manejo, control y adquisición de los recursos económicos, que fomentan la dependencia de las mujeres.

El clima ideológico que permite el desarrollo de la violencia de género se favorece cuando hay dependencia económica, puesto que la mujer se encuentra en desventaja relativa para poder salir de la situación de abuso o buscar, con independencia de recursos, otros horizontes para sí misma y sus hijos.

Formar otra generación

La mayoría de los estudios y análisis del tema enseñan que hay que formar una generación nueva, con otra perspectiva no sólo frente al dinero, su adquisición y administración, sino con la forma de interactuar de las parejas.

Una generación que siga creyendo que el dinero lo gana y lo administra el marido, y que la mujer sigue los dictados del varón, simplemente, seguirá creando violencia, infantilización, abuso, y luchas de poder. En palabras de Carolina Velasco el que los varones se sientan "proveedores despierta la dominación y el sometimiento", precisamente porque es el sentimiento que genera el saberse al control.

En la otra cara de la moneda, un estudio realizado en Uganda, muestra que los varones al tener sobre si la carga cultural de ser los proveedores y sustentadores de sus familias, al no poder hacerlo, por diferentes circunstancias, se tornan en agresivos, y en dicho caso, las que pagan las consecuencias son precisamente las mujeres a las que deberían, por presión social, sustentar.

Animar a las mujeres jóvenes a ser económicamente independientes, es darles herramientas para no caer en el juego de la dependencia emocional que las lleve a ser víctimas de violencia de género. Educar a los varones para entender que una pareja sana comparte la administración de los recursos sin luchas de poder, sino con equidad y equilibrio, es hacerle un favor a la siguiente generación.

Del mismo modo, se necesita generar una cultura donde se vea el trabajo de la mujer como digno y con igualdad, para evitar que sólo se vea como complementario, provocando lo que la profesora de la Universidad de Cadiz, María del Rosario Marín llama "la invisibilidad" del trabajo femenino, otorgándole un carácter de menor trascendencia social.

Conclusión

La educación juega un papel fundamental en la formación de un nuevo tipo de relacionamiento, más equitativo, justo y solidario.

Todo apunta a que sin formación real en asuntos de cultura económica y generación de otros paradigmas, se seguirán transmitiendo mitos y estereotipos que continuarán en la senda de los abuelos: Yo pago, yo controlo, yo maltrato, yo decido, yo golpeo... el dinero otorgando poder de vida y muerte.