Murió con rutilante estilo, como vivió, haciendo lo que le venía en gana y apagándose de pronto a los 89 años. Su aura de mujer fatal, con una sexualidad desbordante -según el imaginario masculino-, nunca obtuvo el respaldo de la prensa, aunque un poco del gran público y mucho de un poderoso amante que la dejó a buen resguardo.

Elegante y descarada según le conviniera, Jane Russell destacó más por su silueta que por su talento actoral, aunque bien mirada, toda ella disponía de múltiples recursos para mantenerse en pie o para salir a flote en las peores tormentas.

Era muy difícil dar la talla junto a Marilyn Monroe, con quien se llevó de maravillas en el rodaje de Los caballeros las prefieren rubias, 1953, y sin embargo, lo consiguió; frente al sexy tierno con altas dosis de almíbar o chantilly de M. M., la Russell daba un toque de vigoroso encanto de pantera. Con momentos de buena actriz de comedia, baila y canta con dominio, pero donde de verdad "se come" la película y deja al público boquiabierto es rodeada de muy viriles gimnastas entre los que canta y baila dando la precisa sensación de que podría con todos a capricho. Esta fue la única película donde realmente brilló con luz propia; sin embargo, la suerte no la abandonó jamás.

Una chica con suerte

No podía competir con Marilyn, y nunca lo intentó. Se las apañó para protagonizar la siguiente comedia, Escándalos en París (Los caballeros se casan con las morenas), junto a Jeanne Crain, una figura secundaria con la que no había la más mínima competencia, y continuó, imparable, en producciones menores. No volvió a tener ningún título ni director demasiado interesantes; en algunos casos el interés radica en sus compañeros de reparto: Rostro pálido, 1948, y El hijo de rostro pálido, 1952, ambas con Bob Hope; Don dólar, con Groucho Marx y Frank Sinatra; Una aventura en Macao, 1952, con Robert Mitchum; Los implacables, 1955, con Clark Gable y Robert Ryan.

Su mayor golpe de suerte empezó a finales de los años 30, cuando era recepcionista en la consulta de un dentista que visitaba el magnate Howard Hugues, quien quedó prendado de semejante fenómeno de la naturaleza. Este hombre amante del cine y de todos los proyectos ambiciosos que pudiera encontrar, creó para ella un western, El forajido, 1943, bien cargado de ese brío sexual propio de una muchacha que nunca había pensado en ser actriz ni modelo, pero que se adaptó perfectamente a la nueva situación en manos de un hombre sumamente neurótico que no tardaría en abandonarla, pero eso sí, dejándola perfectamente instalada en el negocio del cine.

Aquella película hoy día sólo tiene interés por verla a ella en escenas que sugieren una pasión sexual desbordante para la época, así como la gallardía con que empuña un revólver; tardó tres años en ser aprobada por la censura, y finalmente, una vez conseguido el visto bueno, se promocionó con un cartel por demás provocativo, grandes pechos y un hombro desnudo de una mujer ardiente en situación de espera, exhibiendo ante el mundo entero las infinitas posibilidades eróticas de un pajar (ver fotografía en esta misma página).

Adiós, Jane, adiós

Martin Scorsese dedicó una película a Hugues, El aviador, 2004, y dedica a Russell una secuencia en la que el millonario, en ese momento director y productor de El forajido, lidia con el tribunal de censores con fotografías del pronunciado escote, pero ella no sale como personaje, pues resultaban mucho más atractivas otras actrices que fueron amantes del poderoso caballero, tales como Katharine Hepburn (interpretada por Cate Blanchett, Oscar 2005) y Ava Gardner (interpretada por Kate Beckinsale).

Comentan que a Jane Russell no le importó este desplante, que se divirtió con la secuencia de sus fotos escotada; con eso era suficiente, pues ya había vivido lo suyo y envejecía confortablemente en California, gracias a inteligentes inversiones y suculentos ahorros.

Para despedir a tan controvertida figura, lo mejor es una buena sucesión de imágenes de entonces, cuando fue una hermosa y aguerrida joven con algo más que dos poderosas razones para ganarse un puesto en el show business.