Hosni Mubarak es o era un héroe de guerra. Un militar que pudo contener al invencible ejército israelí, jefe de las fuerzas aéreas egipcias, incluso como piloto de combate participó en las hazañas bélicas que desde 1967 enfrentaron en el Próximo Oriente a los países árabes con Israel.

De héroe de guerra a tirano

Fue la guerra del Yom Kippur (Año Nuevo judío) en 1973 la que cimentó su carrera hacia el poder en Egipto, aunque el todavía joven Mubarak sólo era un alto cargo del ejército egipcio y el mayor protagonismo era para Anwar Sadat, sucesor de Nasser, un personaje clave en la historia de la nación egipcia, promotor de la alianza de países no alineados durante la guerra fría, lo que propició el liderazgo de Egipto en la zona.

Asesinado Sadat en 1981 durante un desfile militar, cuando un grupo islamista radical infiltró en el ejército a varios activistas, Mubarak, vicepresidente en ese momento, logra la jefatura del estado con el reconocimiento popular por su pasado bélico y, sobre todo, por llevar detrás el apoyo de los “suyos”, los militares. Durante estos casi treinta años, su política se ha caracterizado en el exterior por ser el único mandatario árabe que acercó posturas e intereses económicos con el estado de Israel y por afianzar su alianza con los EEUU, como el principal valedor de Occidente en la zona.

Mano dura y personalismo político

En cambio, en el interior, Hosni Mubarak, se ha postulado por mantener un férreo control de la sociedad egipcia, conteniendo el avance de los grupos islamistas en la política del país, cuestión del agrado de la primera potencia mundial, los Estados Unidos, de su fiel aliado en la zona, Israel, y, por supuesto, del interés de una Europa vecina y necesitada de estabilidad en un estado que controla el paso del Canal de Suez, puerta del tránsito marítimo comercial con Asia.

Desde los años noventa del pasado siglo, la actividad terrorista de los fundamentalistas musulmanes aumentó hasta llegar a poner en peligro la principal industria de Egipto, el turismo. El atentado más recordado y sangriento fue el ocurrido en noviembre de 1997; el grupo islamista más grande de Egipto, Al Gama'a al Islamiya, mató a 58 turistas y cuatro egipcios cerca del templo de Luxor, en el sur del país. Seis de los radicales y tres policías mueren también.

Nace el villano

La política de mano dura contra ese avance islámico se trasladó también a las protestas sociales por las crisis económicas de los años noventa, el país no acababa de convertirse, a pesar de su potencial económico en torno al petróleo, el control del canal y el turismo, en una de las naciones “emergentes”, con crecimiento económico.

Los casos de corrupción, teniendo como principales protagonistas a miembros de la familia de Mubarak, van minando su popularidad y credibilidad. Las denuncias de fraude electoral son ahora consideradas como veraces por la comunidad internacional, desde que en el 2005, tras presiones norteamericanas, Mubarak permite la presentación de otros candidatos presidenciales, en el fondo con más posibilidades y apoyos sociales que él mismo.

Los Hermanos Musulmanes

Es evidente en las elecciones recientes de noviembre de 2010, cuando los “Hermanos Musulmanes”, grupo islamista de la oposición, dicen sacar más escaños en el parlamento que el partido del presidente, amenazando su reelección presidencial.

Finalmente, desde enero de 2011, las protestas populares en la calle contra el régimen, movilizando a millones de personas en las principales ciudades del país, han conseguido poner los raíles del tren de la democracia; Mubarak este 11 de febrero cede el poder al que le sustentaba en él, al ejército, que se ha comprometido a formar una junta de gobierno que lleve a unas elecciones presidenciales plenamente democráticas.

El héroe de guerra, que quiso emular y seguir el ideal político del mítico Nasser, de líder geopolítico, se retira como un empecinado tirano al que le ha costado dejar el poder. Su futuro y el de los países árabes, tras esta nueva “ola democrática”, comenzada en Túnez, está por descubrir. Los elementos sociológicos, culturales y económicos de estos estados árabes, difieren mucho de los de los países del Este, cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín y nació la primera “ola democrática”.