Para las recientes efemérides españolas, el 15 de mayo constituye una de sus fechas más significativas. El movimiento surgido al calor de la crisis económica acaba de cumplir un año, mientras que las condiciones que lo engendraron continúan en vigencia y agravándose cada día un poco más. Las asambleas en diferentes puntos del país no bajan los brazos, a pesar de los desalojos por parte de la policía y las políticas de recorte del gasto público ejercidas desde el gobierno.

España: la derecha al poder

Bien podríamos decir, junto a Althusser, que la llegada al poder del Partido Popular (PP) significó para los españoles un acontecimiento extremadamente sobredeterminado. Todo estaba dado para que la derecha ganara las elecciones presidenciales, dejando atrás a una izquierda -si se la puede llamar así- que en los últimos tiempos se había dedicado exclusivamente a facilitarle el objetivo.

Apenas asumir el gobierno, Mariano Rajoy dejó bien en claro cuál sería el camino a recorrer con la intención de afrontar los problemas económicos: profundizar las medidas neoliberales -iniciadas ya por José Luis Rodríguez Zapatero del Partido Socialista (PSOE)-, ahondando en la lógica por la que el país ibérico se encuentra sufriendo una de las peores recesiones de toda su historia.

De esta forma, muchos de los beneficios otorgados durante años por el Estado -con los que España contaba orgullosa, ya que significaban logros colectivos-, fueron eliminados por dirigentes convencidos de que la crisis no la deben pagar los sectores de mayor poder adquisitivo, sino el pueblo trabajador, que es quien padece en carne propia la suba de impuestos, el tope en los salarios, el recorte en el presupuesto y demás implementaciones de políticas regresivas.

Indignación y crisis de representatividad

Es en éste contexto que se encuentra situado el 15-M, movimiento que hizo su ruidosa aparición en 2011 cuestionando al actual sistema electoral y económico, sin embanderamiento partidario y llamando a la indignación ciudadana como motor de la acción para exigir una "democracia real".

A pesar de lo que muchos dicen y principalmente desean, en especial los grandes medios voceros de la derecha, el apoyo que posee el movimiento 15-M es muy grande. Según una encuesta realizada en mayo de 2012, el 68% de la población española está de acuerdo con la lucha llevada adelante por los "indignados" -vale aclarar, un porcentaje superior, incluso, al de junio de 2011 (66%)-.

Por consiguiente, la victoria del PP no podría ser tomada como señal de simetría entre la ideología sostenida por Rajoy y la opinión pública -ni mucho menos como de conformidad con las medidas económicas llevadas a cabo por el gobierno que éste encabeza- sino, más bien, como muestra de la imposibilidad que tiene la ciudadanía de sentirse representada, dentro de una estructura bipartidista que convierte a las personas en simples engranajes de un sistema político -basado en una democracia indirecta- que favorece a los grandes poderes financieros y que no deja de demostrar su fracaso a lo largo y ancho del mundo.

Un planteo a futuro: la alternativa está en la calle

Existen cuantiosos ejemplos de grupos de protesta que, al no plantearse un rumbo claro ni tener capacidad organizativa, terminan diluyéndose con el tiempo, dejando un sabor amargo a todos aquellos que apoyaban su lucha. Éste no es el caso del movimiento 15-M, ya que uno de sus aspectos más sorprendentes, y originales, fue la capacidad de no quedarse de brazos cruzados y de demostrar en la práctica todo lo pregonado con la palabra -sin mediación alguna de dinero, burocracia, ni beneficios materiales de ningún tipo.

Sin embargo, valdría preguntarse, ¿puede un movimiento asociativo, reacio al ámbito partidario y a las jerarquías, producir un cambio estructural en el sistema político español? ¿O se necesita, para ello, de una superación -en el sentido hegeliano de la palabra- conservando lo mejor de sus inicios y arrojándose, organizado, a la vorágine político-institucional? Son interrogantes que deberán ser respondidos tarde o temprano, ya que interpelan al 15-M en sus cimientos y en los cuales está en juego su futuro.

Horizontalidad, cooperación, deliberación y democracia directa; son solo algunos de los tantos valores que presentan los "indignados" como alternativa y contraposición al individualismo reinante en una sociedad donde, hace ya mucho tiempo, es más importante el tener que el hacer. A lo largo de su primer año de vida, el 15-M fundó una nueva cultura política en España, con la solidaridad y la reciprocidad como principios fundamentales. Y, a pesar de los obstáculos existentes, nada hace pensar que tirará la toalla.