Todo el mundo conoce lo sucedido en aquel 1995 entre una inexperta becaria llamada Mónica y el presidente de los EEUU por aquel momento el demócrata Bill Clinton. El fogoso e incontenible mandatario mantuvo con la joven de 21 años una relación de 18 meses en la que hubo llamadas muy calientes, varios encuentros sexuales y prácticas orales. Ella le llevaba a veces pizza al despacho oval y pasó lo que tuvo que pasar.

Bill Clinton fue por ello encausado en un proceso judicial en 1998 por perjurio al negar al pueblo americano su relación con la becaria, del que al final saldría absuelto. Fue uno de los escándalos políticos más sonados del ya siglo pasado.

Transcurridos todos estos años, Clinton parece, después de todo aquello, que ya no pierde la cabeza detrás de las faldas, y su vida parece asentada con su mujer –que le perdonó- y con su hija Chelsea, y con sus cómodos compromisos laborales de expresidente.

Pero la principal víctima de todo aquello –injustamente víctima por ser en esos años una jovencita que estaba buscándose a sí misma- fue la pobre Mónica. Desde entonces su imagen pública está por los suelos y ni una grúa la puede levantar. Ya con 39 años, y después de varios trabajos televisivos, haber sido la imagen de una línea de bolsos o la imagen también de una dieta de adelgazamiento, la chica, que sigue soltera y sin hijos, no encuentra un trabajo estable y vive sumida en la tristeza y acomplejada por todo aquello. Su idea laboral es montar una empresa de relaciones públicas pero hasta que lo consiga, y según algunas amistades cercanas de la exbecaria, su familia la ayuda económicamente.

Mónica tampoco se deja ver ya por las fiestas neoyorquinas ni por los restaurantes de moda. El estigma de su pasado la persigue y no sólo no la deja conseguir un trabajo, si no que allá donde va, es señalada con el dedo y es objeto de burlas y malas miradas. Está claro que Lewinsky no puede dejar atrás todo aquello como tanto desea para llevar una vida normal, como el común de los mortales.

Pero una vez más, el machismo o los prejuicios arraigados –se quiera o no se quiera- han salido a flote con este caso. La víctima injuriada y maltratada no debería ser nunca esta mujer que, a sus tiernos 21 años, se dejó deslumbrar por el brillo del poder. Por caer en brazos de un presidente libidinoso que la doblaba en edad y que “iba a lo que iba”, no debería estar en ningún caso pagándolo el resto de su vida, cuando era una joven desorientada que en esos días “todavía no era capaz de definirme a mí misma”, como ella misma ha declarado. Además ella era soltera y sin compromiso de ningún tipo.

En cambio, Clinton era la imagen y el guía del país más importante del mundo, estaba casado, tenía hijos, y mintió públicamente -como buen político- a todo su país. En vez de estar estigmatizado para siempre, en cambio parece Clinton el inocente de todo esto, y quien lleva la marca de la desgracia profundamente marcada es una pobre chica que cometió un error de colegiala haciendo caso a las palabras de un encantador de serpientes que nunca supo dominarse.

Siempre pagan los más débiles. El machismo sigue entre nosotros.