Cualquiera se ve sexy en rojo, pero no todo mundo sabe cómo usarlo. El uso está ligado a la noción de moda, sin embargo ésta se encuentra unida también a la idea de transgresión. Es precisamente el juego entre los usos y costumbres y la irreverencia ante esos discursos establecidos lo que llama la atención del fenómeno de la moda.

Y es que por un lado encontramos a las cometas pop, los luismigueles, rickymartins, ladygagas; por el otro las joplins, smiths, bowies. En medio de ellos, figuras como Madonna o Jackson como puentes: híbridos copados de contradicciones. Figuras todas que sirven para instituir una moda juvenil que se instauran como narrativa cotidiana y, al parecer, disidente.

La moda y el erotismo, desde sus inicios, han firmado un himeneo que dura hasta la post-modernidad. Es este constructo de lo novedoso, lo que une, necesariamente, a la moda con lo pasajero, con lo juvenil. Otro elemento de la moda, que entretejido a lo novedoso, refuerza su accionar, es el poder adquisitivo.

La moral aristocrática del placer

Los orígenes de la moda datan de la tardía Edad Media, encontrando un lugar en el afán por las apariencias de la aristocracia francesa. Aquí es donde podemos encontrar la autonomía, aunque parcial, de los individuos en la estética del "verse bien", de lo aparente. A mediados del siglo XIV, con la aparición del vestido basado en la distinción sexual, comienza a establecerse al cambio como lo único permanente en la estética de las apariencias.

Con el surgimiento del fenómeno de la moda aristocrático, su hambre de unicidad se plasma en la negación de lo tradicional. La moda es pues lo que anuncia la llegada de lo moderno. Gracias al narcisismo aristocrático, es que puede darse este culto al individualismo: se esculpe el cuerpo en donde encarnará la modernidad.

Los elementos originarios de la moda

El ascenso de la burguesía, la nocíón de la igualdad del hombre, y el nacimiento del Estado Moderno; fueron las piezas que indirectamente permearon hasta el tuétano el modo de sentir aristocrático, diluyéndolo hasta las capas sociales acostumbradas no a la molicie, sino al trabajo, quienes veían como justa una retribución económica que derivaría en un escalamiento social.

Lo que comienza pues, como una muestra de jerarquía y poder adquisitivo, funciona, con el surgimiento burgués, como un elemento de igualación de las apariencias. Es pues este péndulo imitación-distinción el que provoca la vorágine atemporal de la moda. Este estira y afloja de clases sociales crea la mutabilidad de este fenómeno.

La democratización de la moda

A partir del Siglo XIX, la confección industrial rompe con el sentido aristocrático de la moda e instaura su lógica en la cotidianidad: el traje masculino, el jean, la mini-falda, el bikini. Como menciona Lipovetsky en su Imperio de lo efímero: "La lógica de dominación diluída e impersonal de los estados demócrata-burocráticos, tiene como complemento el poder mágico de supraindividualidades aduladas por las masas". El pop entra en escena.

Y junto con él accedemos a una nueva lógica de la moda: la expansión de su accionar a terrenos transgresores: punk, zazous, beatniks, baba, new-wave, rasta... lo exótico, lo desmedido, el límite, surgen como modos anti-pop, anti-stablishment. Surge pues la anti-moda.

La rigidez de lo estético se diluye

El look encuerpa al nuevo narciso con fiebre por lo exótico. El placer y la libertad individuales encuentran un nuevo modo de expresión en lo feo, lo violento, lo ridículo. La moda afirma al mimetismo como el único medio de ser original. El problema no radica ni en lo efímero, ni en el erotismo, ni en el afán de igualdad. Lo peligroso del asunto está en hacer de la moda un espacio para el cordero irracional.

La moda es pues, una navaja de doble filo: por un lado ofrece un espacio para la creación, y por el otro encontramos una manera de dominación de tipo soft. La moda es una mujer que mientras te guiña el ojo puede apuñalarte por la espalda.