El ataque de pánico es distinto a la manifestación del miedo como recurso para garantizar la supervivencia. En este caso actúa como anticipación de un peligro que nos prepara para la lucha o, más comúnmente, para la huida. Este sería el miedo natural o innato, que hay que diferenciar del miedo adquirido.

Gestionar adecuadamente el miedo no es una cuestión para la que estemos genéticamente preparados. Existen toda una serie de factores que determinarán la respuesta en cada caso. Las experiencias, a veces profundamente traumáticas, pueden llevar a individuo hacia un camino de superación y fortalecimiento, lo que se conoce como resiliencia, o bien puede suceder todo lo contrario y convertirlo en un individuo medroso e incapaz de superar los obstáculos que se le presentan.

Las caras del miedo

Enumerar los miedos que acechan al ser humano en esta compleja realidad en que vivimos sería interminable. No obstante sí hay ciertos miedos claramente reconocibles.

Entre los más comunes está el miedo a tomar decisiones; un miedo relacionado con la incapacidad de asumir las responsabilidades y las consecuencias que derivan de los propios actos. Es el temor a equivocarse, a ser juzgado, a ponerse en evidencia; un miedo que tiene su origen en la baja autoestima, que a su vez puede ser consecuencia de hechos traumáticos del pasado.

El miedo a la soledad es otro de los temores fundamentales, máxime cuando el ser humano es un ser sociable por excelencia, pero este miedo deviene en problema cuando la soledad se percibe como algo intolerable. Una secuela característica de la aversión a la soledad es la dependencia, situación que a veces se produce a cualquier precio.

Pero quizá a lo que más se asocia el miedo es al peligro. Aquí se podría distinguir entre el miedo del peligro que viene y el miedo que causa ir hacia el peligro. En el primer caso se trataría del miedo innato; el que juzga como peligrosa una situación a la que hay que hacer frente y, por tanto, actuar en uno u otro sentido. En el segundo caso, sin embargo, estaríamos hablando del miedo adquirido; la percepción que se tiene sobre algo que puede ser peligroso y que, en muchos casos, no lo es.

Ataque de pánico; el miedo patológico

Una de las grandes dificultades radica en discernir dónde se encuentra la frontera entre la normalidad y la patología. El filósofo José Antonio Marina lo define acertadamente: “El miedo se convierte en patológico cuando el desencadenante no justifica la intensidad del sentimiento, se presenta con demasiada frecuencia, se mantiene durante mucho tiempo y disminuye la capacidad de una persona para vivir y enfrentarse a una situación”.

La ansiedad y la angustia suelen ser exponentes claros del miedo injustificado. El miedo es real, pero la causa que lo origina no es identificable, o mejor dicho, la causa originaria no está en el presente, sino en el pasado, y en muchas ocasiones no pertenece a la parte consciente.

Reconocer el miedo

Sin duda, reconocer los principales artífices del miedo, como la ansiedad, la angustia o la vergüenza, es el primer paso para controlarlos y, al mismo tiempo, impedir ser controlado por ellos.

Este reconocimiento debe buscarse objetivamente en el modo de actuar de un individuo. Cuando se dice: “No me apetece ir a esta fiesta” en realidad ¿se trata de una decisión que obedece a un análisis objetivo donde se juzga que otra alternativa es mejor, o bien se trata, por ejemplo, del miedo a relacionarse?

Hay muchas explicaciones para justificar una actuación, pero cuando el miedo se esconde o interviene en las decisiones, conviene reconocerlo y buscar el origen.

La utilización del miedo

El miedo en un sentimiento que experimentan millones de personas en mayor o menor grado, y probablemente sea uno de los sentimientos que más se presta a la manipulación. Y si hay gente manipulable, también hay manipuladores. De hecho hay verdaderos expertos que utilizan el miedo de los demás para lograr sus objetivos, tanto a nivel personal como institucional.

Aunque pueda tener otras connotaciones, sin duda más loables, la política, la religión o el trabajo cuentan habitualmente con el factor miedo. En las relaciones de pareja o en la escuela (bulling) el miedo se convierte en un arma de control con graves consecuencias para el afectado. El terrorismo, en todas sus variantes y aunque pretenda arrogarse virtudes que sólo ven los propios terroristas, está basado exclusivamente en el miedo.

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