El miedo es un sentimiento tan natural como necesario para el ser humano, pero también es un recurso que se instrumentaliza en manos de distintos poderes con el objeto de ejercer el control sobre una población tan crédula como necesitada de gurús que nos resuelvan los problemas.

El miedo, como instrumento de dominio, puede andar camuflado con una amplia variedad de disfraces, pero en el fondo siempre subyace el poder y la manipulación; bien sea de índole política o religiosa, cuando se trata de controlar a las grandes masas, o bien sea individual cuando se trata de someter a otra persona, a veces en nombre del amor.

En general no existe una conciencia clara del privilegio que supone estar viviendo en una sociedad donde el bienestar y la seguridad superan con creces todo lo que haya podido vivir el hombre a lo largo de su historia. Pero por alguna extraña razón, si algo no ha cambiado a lo largo del tiempo, es la realidad incuestionable de estar viviendo en la sociedad del miedo. O quizá no sea tan extraña la razón.

El factor miedo

Desde un punto de vista utilitario, el miedo es uno de los sentimientos imprescindibles para garantizar la supervivencia del ser humano. El miedo –como sucede con el dolor ante una enfermedad– actúa como una señal de alarma y nos avisa sobre la inminencia de algún peligro o contingencia adversa sobre la que hay que tomar una decisión, que por lo general consiste en enfrentar el peligro o contingencia, siendo la respuesta habitual la huída o la evitación, o en algunos casos inevitables; el enfrentamiento.

El miedo, no obstante, también es un elemento que puede ser utilizado –y de hecho así ha sido– para obtener ciertos fines u objetivos en manos de terceros.

El poder y el miedo

A lo largo de la historia el miedo ha sido objeto de manipulación por parte de distintos estamentos con el claro objetivo de ostentar y mantenerse en el poder, ya sea desde una atalaya política, religiosa o económica.

La religión ha sido la que durante más tiempo se ha servido de este recurso para ejercer el control sobre millones de personas. Y aunque haya utilizado otros argumentos, el miedo siempre ha sido el arma que ha dado mejores resultados. Casi todas las religiones basan buena parte de su estrategia en el miedo.

En política sucede otro tanto. Solo hace falta escuchar a cualquier vocero de alguno de los dos principales partidos políticos –como sucede en España–, para desentrañar el mensaje subliminal que se esconde en sus alegatos. Y muchas veces ni siquiera es subliminal. Si gana el “enemigo” vendrán todos los males.

El poder económico, tan en boga en los últimos tiempos, es otro gran generador de miedo. Economía y felicidad –las posesiones materiales– han devenido últimamente en un binomio indisociable de nuestra vida. Perder el trabajo o rebajar nuestro poder adquisitivo nos parece una merma intolerable para nuestro bienestar.

El miedo; un mismo fondo con distintas caras

Como ya se ha visto, no siempre se han manejado los mismos miedos para cohesionar la sociedad. Siguiendo con el ejemplo de España, hasta no hace mucho, el miedo se personificaba en el terrorismo. Su propia raíz etimológica ya sugiere que su objetivo es infundir miedo.

Con esto no hay que entender que al terrorismo no deba prestársele la atención debida, pero la utilización del miedo en este caso concreto, es más que evidente. Basta ver que después de tantos años inculcando este miedo hasta la saciedad, hoy en día la preocupación por este problema está mucho menos latente en la sociedad. Y cierto es que el problema del terrorismo ya no tiene la incidencia que tenía unos años atrás, pero no es menos cierto que su utilización –del miedo– ya no sirve para lograr ciertos objetivos políticos, tanto por una parte como por otra.

En la actualidad el relevo del miedo ha sido tomado por la economía. Aunque hay que señalar que este no es un caso particular de España, sino que afecta a todo el mundo occidental. ¿Hasta cuándo durará? No se sabe. Probablemente hasta que deje de ser útil. En cualquier caso terminará y aparecerá otro nuevo argumento. Y es que la sociedad del miedo siempre encuentra a su chivo expiatorio para imponer sus condiciones, y el resto de los mortales pagamos el precio, incluso gustosamente en muchos casos.

El miedo lleva a la huida, y la huida siempre tiene un destino incierto.

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