Es el enemigo número uno de los actores, cantantes y de todo aquel que tiene que hablar en público o sencillamente actuar frente a una audiencia de cualquier otro modo y por cualquier motivo. Aparece cuando menos se le espera, por lo general, con anterioridad a la actuación y/o durante ésta. Nos bloquea, nos hace comportarnos de un modo imprevisible. En definitiva, el miedo escénico se apodera de nosotros y acabamos cediendo a su control.

Primero se debe aclarar que el término, aunque muy extendido, no define la realidad. El miedo es una emoción que se desata ante una situación de peligro real en la que está en juego nuestra integridad. Pese a que las sensaciones que nos invaden al ser víctimas del miedo escénico son muy parecidas a las del miedo real hay que reconocer que, objetivamente, no estamos ante un verdadero peligro.

Por tanto se puede hablar de un temor ante algo que aún no ha pasado, de un estado de ansiedad frente a una situación que nos supera pero que, en realidad, no nos puede dañar. Pero como cualquier cuadro de ansiedad, el miedo escénico, se hace visible a distintos niveles. Las manifestaciones más habituales entre quienes lo padecen son: respiración acelerada, mayor sudoración, voz entrecortada, perdida de memoria, falta de concentración, etc. No obstante, continuaremos utilizando el término para evitar confusiones.

El miedo escénico no es real

Como ya hemos mencionado, no nos enfrentamos a un peligro objetivo cuando padecemos de miedo escénico. De modo que nos enfrentamos a algo imaginario. Y he aquí, precisamente, la dificultad de combatir esta angustia. Si no visualizamos la amenaza, ¿cómo enfrentarnos a ella? ¿Cómo se lucha contra algo que no existe? La respuesta es que la idea principal es que al miedo escénico no hay que combatirlo sino dominarlo.

Más que esforzarnos inútilmente por hacer desaparecer algo inexistente debemos considerar la posibilidad de conseguir apartarlo de nuestra mente a voluntad. Es decir, debemos no hacerle ningún tipo de concesiones y permitirnos tener el control sobre la situación. Puede que ese miedo irracional siga estando ahí pero nosotros lo mantendremos a raya.

No predisponerse

Para empezar un error muy común en alguien que se siente inseguro ante una actuación en público es predisponerse a lo negativo. Si hablamos de no hacer ningún tipo de concesión al miedo hablamos entonces de no pensar siquiera que puede aparecer cuando todavía no lo ha hecho. En el momento que este pensamiento se cruza estamos abriéndole las puertas de par en par al pánico escénico. Tal es así que si se predice que algo malo va a pasar, pasará. Si uno se predispone a sufrir, sufrirá.

De modo que debemos evitar que ese pensamiento se asiente en nuestra mente. Pero si, a nuestro pesar, hemos dejado que ese sentimiento se apodere de nosotros pensad en esto a continuación: ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Olvidar el texto?, ¿perder la voz?, ¿temblar? Responder "si" a estas preguntas es incurrir también en el autoengaño. ¿De veras es lo peor que nos puede pasar? No, no lo es.

Nos dejamos amedrentar por hechos que aún no han acontecido. Pero si cualquiera de estas cosas sucediera, seamos honestos, no es el fin del mundo. El tópico "errar es de humanos" viene muy bien al hilo de lo que aquí se intenta plasmar. En el hipotético caso de que cualquiera de estas circunstancias se dieran debemos considerar que entra dentro de lo normal. Es más, debemos ser nosotros mismos los que normalicemos la situación. Y esto es algo que debemos aprender a gestionar en frío, antes de la aparición en público.

Por tanto, tomar conciencia de que los miedos a los que nos enfrentamos son meras fantasías y aprender a no predisponernos negativamente antes de nuestra puesta en escena son los dos primeros pasos en el camino hacia la pérdida del miedo escénico.

Por ello, a continuación proponemos un sencillo ejercicio utilizando la imaginación y la predisposición (positiva en este caso). Se trata de usar, en beneficio propio, la fantasía y la predisposición.

Visualizar

Buscar un lugar tranquilo donde poder relajarse. Conducir las imágenes mentales al día de la actuación. Visualizarse tranquilo y teniendo la situación bajo control. Imaginar, paso por paso, que todo sale bien. Y al final concederse... ¡un gran aplauso!