Hay personas que nacen estrelladas, mientras otras, con todo a favor para alcanzar la cima, se afanan por lanzarse ellos mismos al vacío.

Philip André Rourke Jr (1956), famoso como Mickey Rourke y llamado a convertirse en uno de los mejores actores de su generación, fue un icono del cine de los años 80, pero, durante demasiado tiempo, se esforzó por destruir su físico y su carrera con perverso masoquismo. De símbolo sexual pasó a símbolo de fealdad; de trabajar con Coppola o Cimino a codearse con Dennis Rodman o Van Damme en infumables subproductos.

¿Por qué algunas estrellas se autodestruyen?

Los actores son seres caprichosos e ídolos de masas. Es difícil soportar la presión diaria, el esfuerzo que conlleva mantener una categoría durante mucho tiempo.

Quizá sea cosa del ambiente. No olvidemos que Hollywood se levanta en lo que antaño fuera desierto y salvaje oeste, y es normal que la herencia de esta tierra, agreste, hostil y despiadada, influya en el ánimo de sus habitantes con menos carácter.

Si Mickey Rourke no hubiera preferido el boxeo al cine, puesto su carrera en manos de un cirujano plástico afectado de Parkinson, hecho más caso a sus agentes y no hubiera rechazado, entre muchos otros papeles, ser Maverick (el papel que encumbró a Cruise) en Top Gun, hoy hablaríamos de otra forma de él.

Ahora Intentemos resumir la carrera de esta actor, su largo calvario (éxito-fracaso- renacer), hablando de cinco de sus películas.

El guaperas que empezaba a destacar. "Fuego en el cuerpo" (1981)

Si la película anterior de Rourke, La puerta del cielo, no hubiera sido un gigantesco fracaso, quizá el actor ya habría empezado a llamar la atención del público y a ser más considerado por la industria.

Él no fue el protagonista de esta cinta de 1981. Su intervención es secundaria (no es más que un delincuente que construye bombas), pero con este papel, su aspecto atractivo y sus tics del Actor´s Studio, empezó a ser considerado como un intérprete con mucho futuro.

La película de Lawrence Kasdan es recordada sobre todo por ser un policíaco excitante y perturbador, donde el calor físico se siente. Un filme que quema, y un delicioso homenaje al cine negro clásico, con Kathleen Turner exhibiendo todo su esplendor.

Envejecido y magistral: "Manhattan Sur" (1985)

El actor tenía treinta años, pero con este thríller iba a interpretar el papel de un hombre de mucha más edad. Un veterano policía de origen polaco, llamado Stanley White (el actor aparece canoso, gordo, amargado, racista, mujeriego e infiel), que recibe el encargo de pacificar el violento distrito sur de Manhattan, conocido como Chinatown.

Michael Cimino dirige su última gran película, y le regala al actor uno de sus mejores papeles. Pocas veces, Rourke ha estado mejor que en este retrato de un policía, veterano de Vietnam, de vuelta de todo.

La película fue acusada de racista por la comunidad chinonorteamericana.

Déjate el sombrero puesto: "Nueve semanas y media" (1986)

Convertida desde entonces en banda sonora de miles de despedidas de soltero -ya los primeros acordes invitan a desprenderse de la ropa-, la voz quebrada de Joe Cocker canta "You_can_leave_your_hat_on". La temperatura de la sala sube varios grados, la bellísima Kim Basinger se desnuda obediente, siguiendo las órdenes que le dicta la voz aguardentosa del cantante británico. John (Rourke) es un espectador más. Pocas veces el actor ha intervenido tan elegante y limpio (su falta de aseo se convertiría pronto en parte de su forma de ser, de su leyenda), en esta cinta del plano Adrian Lyne.

Aburrida y banal, la película alcanza la cumbre del mal gusto cuando un niño obeso interpreta las famosa tonadilla de Tiburón con ventosidades; pero sirvió para encumbrar a Basinger y a Rourke como iconos sexuales de la época.

La primera resurrección de un bestia: "Sin city" (2005)

Durante años, la agonía fue lenta: rechazo de grandes papeles, escándalos, películas de tercera, detenciones, violencia conyugal, boxeo y operaciones faciales que convirtieron al bello en bestia.

Fuese porque al final el psiquiatra que le atendió se ganó el sueldo, o porque Rourke se cansó de hacer el ridículo, el actor empezó a salir poco a poco del agujero con lúcidos papeles secundarios (algo excéntricos, sí, pero agradecidos) en Animal Factory, El juramento o Legítima defensa, hasta llegar la adaptación que Robert Rodríguez y Frank Miller iban a hacer de una de las más famosas novelas gráficas dibujadas por el segundo.

Rourke es Marv, un hombre desfigurado y hercúleo. Con el rostro y el torso cubierto de tiritas, y heridas en el alma, los trazos del dibujo se reencarnan fielmente en el actor, y este ruge venganza contra los rufianes que acabaron con la mujer a la que amaba.

La voz en off cansa a veces, pero nunca el cómic fue tan fielmente adaptado al cine como en este caso.

Cicatrices, dolor y triunfo: "El luchador" (2008)

La imagen que se tiene en España de la lucha libre profesional norteamericana (wrestling) es la de tipos hipervitaminados, con espaldas del tamaño de una puerta de doble hoja, vestimentas ridículas y cómicos nombres de guerra, que pelean en combates coreografiados donde todo es fingido y las acrobacias y la capacidad física de los contendientes disimulan el artificio.

El director Darren Aronofsky iba a aportar un punto de vista más personal, llevarnos hasta las cavernas de este ¿deporte?, para conocer a tipos gigantescos de buen (y débil) corazón. Nadie como él es capaz de hablar del dolor humano, de mostrar heridas, sangre y pus.

Rourke da una lección magistral. Da vida a Randy the Ram ( el carnero) Robinson el reflejo de sí mismo: un animal preparado para el sacrificio. El actor se somete a esta operación de castigo con una entrega infinita. Mereció ganar el premio Oscar. Mereció cerrar el círculo de su regreso con ese reconocimiento. Quizá sus compañeros entendieron que aquella no fue solo una interpretación, que aquel luchador roto, cubierto de cicatrices, no era Rourke haciendo de Randy, sino Mickey haciendo de él mismo.

Mickey Rourke, un hombre que ha saboreado lo bueno y lo malo de ser actor. Quizá nunca haya sido el mejor del mundo, tampoco el peor (aunque haya hecho méritos), pero sin duda es una de esas presencias que nunca pasan inadvertidas.