Después de ganar 5 Óscars, y obtener el reconocimiento unánime de la crítica con su particular visión de la guerra de Vietnam en El Cazador, el director Michael Cimino podía dirigir la película que quisiese. Y escogió aquella que iba a destruir su prestigio y acabar casi con su carrera, el sueño megalómano de un genio: La puerta del cielo, el descomunal Western que selló el fin de una época y provocó la quiebra de la productora United_Artists.

Un hombre de Nueva York

En la mítica ciudad de los rascacielos vino al mundo este director en 1943; aunque otras fuentes sitúan el momento de su nacimiento algunos años antes, en 1939.

Licenciado por la prestigiosa universidad de Yale. Los primeros trabajos del neoyorquino serían como guionista: Naves misteriosas y Harry el Sucio. Con Un botín de 500.000 dólares, y un reparto estelar (Clint Eastwood y Jeff Bridges), dirigiría su primera película: una divertida road movie sobre ladrones de bancos. Del resto de su filmografía, destacan: El Cazador, de éxito impresionante; La puerta del cielo, que entraremos a analizar en unos párrafos; y Manhattan Sur, un policíaco polémico y genial.

El director ha sido acusado en varias ocasiones de racista: por el modo de retratar a los vientcong, que en El cazador hacen jugar a los prisioneros yanquis a la ruleta rusa (hecho que no sucedió en la realidad), y a la comunidad china en Manhattan Sur.

Tras someterse a una operación de cambio de sexo (en un argumento digno de Almodóvar), ahora el realizador ítaloamericano se hace llamar Elizabeth, vive en París y se dedica a la literatura.

La década de los directores

Si se lee el excelente libro de Peter Biskind Moteros tranquilos, toros salvajes, la idea que queda del Hollywood de los años setenta convierte el argumento bíblico de Sodoma y Gomorra en una película de tono infantil: drogas, escándalos, intrigas. El infierno abrió sucursal en L.A durante aquella década.

También hubo libertad. Tras años de abusivo dominio de las Majors, por primera vez los directores contaron con todo el poder para llevar a cabo proyectos muy personales. Cimino, Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg, Lucas, Altman, Polanski, Peckinpah... La lista de grandes directores es interminable; al igual que el de las obras maestras: El Padrino I y II, Tiburón,Chinatown, Alguien voló sobre el nido del cuco, El exorcista, La huida, Taxi Driver, El Cazador, La guerra de las galaxias...

Aquella fue una década en la que los directores de Hollywood se creyeron los reyes del mundo... Y muchos fracasaron.

Un western monumental

La puerta del cielo es una película más grande que la vida. Reconstruye, de forma minuciosa, las luchas entre los inmigrantes europeos y los grandes ganaderos norteamericanos. Es el Novecento particular de Cimino; una mega película que trasciende su género (el cine del Oeste). El espacio temporal y temático no es más que una excusa, y las pretensiones son mucho más ambiciosas: reflejar toda una época, rodar con total ampulosidad y detalle una historia nada sencilla.

Basta ver el prólogo: una larga escena (al menos en su versión sin cortes) de la graduación universitaria de Averill (Kristofferson) e Irvine (John Hurt), para comprender que esta no va a ser una película más del Oeste. En estas escenas, el veterano Joseph Cotten interpretaba al reverendo Sutton, y daba un largo discurso a los nuevos graduados (emulando al legendario Padre Mapple de Herman Melville), como si Cimino tratase de rememorar la escena cumbre de la Gran Novela americana.

Como si el director pretendiese rodar la Gran Película americana.

La importancia de lo étnico

Todo director personal tiene un leitmotiv que se repite en todas sus películas. Podríamos decir que el del director neoyorquino es el problema racial: emigrantes lituanos y vietnamitas (El Cazador), polacos y chinos ( Manhattan Sur); indios (Sunchaser); recreando sus costumbres, exagerando algunas de ellas y, tal y como se ha reseñado en párrafos anteriores, pecando de manipulador en muchas ocasiones.

En La puerta del cielo son los norteamericanos de segunda o tercera generación los que combaten contra los emigrantes recién llegados, valiéndose en ocasiones de algunos de ellos como asesinos a sueldo (el personaje de Walken). Resulta curioso esta cruenta lucha de los que se consideran nativos norteamericanos, pues salvo las tribus indias, todos descienden de un modo u otro de emigrantes.

Un reparto estelar

El actor y cantante Kris Kristofferson quizá no era a priori el intérprete ideal para representar toda la amargura que carga su personaje en la película; por más que cumpla con su cometido, un actor de mayor calado habría sido preferible.

Además, las carencias interpretativas del actor quedan en evidencia al compararlo con el resto de intérpretes principales: la francesa Isabelle Huppert (como la prostituta Ella); los norteamericanos Christopher Walken (Nathan, el sicario con remordimientos), Jeff Bridges (el simpático John L), Brad Dourif (Eggleston), Sam Waterston (el déspota líder ganadero) o un tierno Mickey Rourke (Nick Ray); y, por encima de todos, el británico John Hurt (un descreído, cínico y alcohólico propietario ganadero).

Apuntar la breve intervención de Willem Dafoe, esbozando en segundo plano su mítica sonrisa.

Un clásico recuperado

Aunque fuera un fracaso total en taquilla, La puerta del cielo es considerada hoy en día una película de culto.

Brillantemente dirigida e interpretada, también ampulosa y desmedida, formaría junto a Novecento, Gangsters de Nueva york y Érase una vez en América, el póquer perfecto.

Qué lástima de versión mutilada

Es una pena que se haya comercializado la versión con cortes de esta película (más de cuatro horas reducidas a poco más de dos). Es una pena que sea necesaria una voz en off para explicar a los espectadores menos avezados qué es lo que Averill se ha dejado por el camino desde su graduación (aspira a comerse el mundo) hasta su vida reciente (es el mundo el que se ha comido sus sueños).

En la actualidad no hay una edición en DVD (al menos en España) que incluya el metraje completo. Y la televisión dejó hace tiempo de emitir clásicos como este. Quizá quien disponga de conexión a algún canal digital, tenga la suerte de que la emitan.

Con La puerta del cielo, Michael Cimino selló el fin de una era. Desde ese momento, los productores se lanzaron al ruedo sin riesgos y muchos directores perdieron la libertad que habían gozado durante una década inolvidable.

Por suerte, quedan las películas.