La medicina popular, o etnomedicina, se ha basado siempre en la utilización de un sinfín de técnicas, de mayor o menor eficacia, cuyo conocimiento se ha ido posando lentamente durante generaciones. Y aunque hoy en día algunos métodos nos pueden parecer chocantes, e incluso surrealistas, el hecho es que en su día eran tomados como remedios poderosísimos.

Garraspera y afonía

Aunque este mal sea de tan leve sintomatología, en Extremadura ya buscaron la forma de aliviarlo en algunas localidades afirmando que eso era posible chupando un número impar de caramelos. Sin embargo en otras, como Navalmoral de la Mata (Cáceres), se aconsejaba realizar frotaciones en el cuello con agua caliente en la que previamente había que disolver cenizas de brasero. Pero en Talavera la Real (Badajoz) el remedio consistía en envolver la garganta con una media sudada a la que se le habría dado la vuelta y empapado en orina templada de burra. Menos mal que en la comarca cacereña de Sierra de Gata se conformaban tan solo con un calcetín usado.

Tartamudez y otros trastornos del habla

Curioso es el tratamiento que se ponía en práctica en Tamurejo (Badajoz), para los retardados en el habla ya que tenían que beber de un dedal usado. Pero si esto nos puede arrancar a lo sumo una leve sonrisa, los métodos que describiremos a continuación son realmente sorprendentes.

Si en Feria (Badajoz) lograban, al parecer, el mismo resultado introduciendo en la boca del paciente la cola de un pez vivo, en Logrosán (Cáceres) lo realizaban con el mismo apendice recién cortado de una lagartija.

Parece ser que para los extremeños el mundo animal tenía una extraña y desconcertante influencia en el habla, como lo demuestra el hecho de que en Abadía y otras poblaciones del norte de Cáceres a la persona afectada había que darle de comer el primer huevo puesto por una polla, no sin antes frotárselo por los ojos. O como ocurría en Aldeacentenera (Cáceres) donde al niño le tocaban la lengua perezosa con el pico de un gallo. Los vecinos de Alía (Cáceres) eran un poco más afortunados ya que el único requisito para que una persona no sufriera de trastornos del habla consistía en no cortarle las uñas hasta pasados tres días desde su nacimiento. Terminado el plazo la tarea había que realizarla bajo una higuera.

En lo concerniente a la tartamudez (disfemia) la medicina popular extremeña atesora un puñado de técnicas, métodos y usos a cada cual más disparatado pero en los cuales casi todo el mundo creía. Varios son los ejemplos que podrían ilustrar esta afirmación como, por ejemplo, el de la comarca cacereña de Las Hurdes donde se aconsejaba no hacer cosquillas a un bebe antes de que hablara; o el de las localidades próximas a Coria (Cáceres) donde se creía que el exceso de lactancia podía ser negativo.

El cortar el pelo y las uñas el mismo día con las mismas tijeras era sinónimo de disfemia en Galisteo (Cáceres), aunque en otras lo era el que dos bebes del mismo sexo compartieran cuna (Monroy, Lobón, etc.).

En Guareña (Badajoz) no había peor presagio que el padrino se equivocara al rezar el Credo en el bautizo de su ahijada/o, o que la madre gestante fuera sorprendida por un lobo (comarcas de Granadilla y Gata).

Si a pesar de todos estas prescripciones el problema aparecía, la medicina popular también ofrecía una sinfonía de alivios o soluciones que iban del acostumbrarse a hablar llevando en la boca piedrecillas de río (Castuera), a comer huevos de culebra (Salvaleón), pasando por la “técnica” de Villafranca de los Barros (Badajoz) que consistía en que al tartamudo lo introducían dentro de un saco para a continuación sacarle por el extremo contrario a través de un pequeño roto en una clara alegoría a un nuevo nacimiento. Se desconoce cuantos vecinos curaron de este trastorno de la comunicación.

Anginas, llantina y ahogo infantil

Un mal tan común como la amigdalitis era combatido antiguamente en Zarza la Mayor (Cáceres) con la ingestión del caldo resultante de la cocción de las orejas y ternillas de una zorra.

Por otro lado, el ahogo que sufrían algunos bebes tras una fuerte llantina era aliviado en las poblaciones pacenses de Carmonita y La Garrovilla soplándole con fuerza a los ojos. Sin embargo, en Castilblanco (Badajoz) y Hervás (Cáceres) el método era un poco más expeditivo ya que al lactante había que colgarle de los pies. Otros métodos a cada cual más sorprendentes eran hacerle cosquillas bien en las axilas o en la nariz con la pluma de una gallina, o por el contrario, frontándole la coronilla. Pero la palma se la llevan algunas poblaciones de la provincia de Cáceres fronterizas con Portugal donde al bebe se le practicaba un extraño rito. Este consistía en que se le introducía en el ano el pico de una gallina para que el ave insuflara y exhalara el aire de su interior.

Había un último método, en el caso de que ninguno de los anteriores surtiera efecto, cosa que era harto probable, que consistía en que al lactante llorón se le llevaba a un camino por el que transitara ganado con el fin de que respirara el polvo levantado.