Hasta antes de la Revolución Francesa el orden social estaba dividido, en términos generales, entre nobles y plebeyos.

Aquellos que por el simple hecho de haber nacido en un hogar aristocrático gozaban de todas las comodidades y oportunidades, y aquellos otros para quienes la vida brindaba ocasionales beneficios.

Aristicracia y privilegios heredados

A mediados del siglo XVIII, explica Alain de Botton en su libro Ansiedad por el estatus, comenzaron a surgir las primeras voces que cuestionaron dichos privilegios heredados.

Sonrío hacia mis adentros cuando contemplo la ridícula insignificancia en lo que se convertiría la literatura y las ciencias si fueran hereditarias”, decía Thomas Paine en Los derechos del hombre, “ y llevo esa misma idea hacia los gobiernos. Un gobernador heredero es tan inconsistente como un autor heredero…”

El inicio de la educación pública

Compartiendo la opinión de aquellos inconformes, Napoleón transformó el sistema educativo de Francia abriéndolo a todas las personas y ofreciendo subsidios estatales a los estudiantes más pobres, de esta manera la gente podría acceder a un mejor estatus social.

Igualdad de oportunidades

Las oportunidades de empleo y educación comenzaban a ser igualitarias.

Fue, sin embargo en Estados Unidos donde el camino de la Meritocracia logró su máxima expresión.

Si en 1824 la igualdad de oportunidades se iniciaba con la apertura de las primeras secundarias públicas, para 1920 los adherentes de la Meritocracia dirigían su atención hacia las universidades.

El Presidente de la Universidad de Harvard, James Conant, junto con el Jefe del Servicio Gubernamental de Educación, idearon una prueba de aptitudes que pretendía diferenciar -con bases científicas- a aquellos dotados de talento de los que simplemente no lo tenían.

Aprobar el SAT (Scholastic Aptitud Test) permitía que cualquiera pudiese alcanzar los logros académicos que en un futuro le redituarían con un trabajo en Wall Street y una membresía en el Country club de su preferencia.

Una aristocracia justa

La equitativa oportunidad de una educación superior, explica de Botton, permitiría que la aristocracia surgente fuera una aristocracia justa. Ya no era la herencia lo que llevaba al éxito, sino los méritos personales.

John F. Kennedy dio un paso mayor al establecer el Comité para la oportunidad de empleos y encomendarle la supresión de cualquier tipo de discriminación tanto en los departamentos de gobierno como en los negocios privados.

Una serie de leyes permitieron que sin importar la edad, religión, color de piel o sexo, todas las personas tuvieran garantizada una justa oportunidad de éxito financiero.

Meritocracia y exito

Así las cosas no podía argumentarse que un estatus alto estuviera desligado de las cualidades internas. El éxito económico y el mérito personal comenzaron a ser percibidos como una misma cosa. Tener dinero era y aún sigue siendo para muchos, una señal de carácter.

Los ricos no sólo tenían más dinero, eran también mejores personas”, explica el autor.

Pero a pesar de todas la ventajas que la Meritocracia había traído, comenzaba a surgir principalmente en Estados Unidos, un lado oscuro.

Meritocracia y pobreza

Si los triunfadores merecían el éxito, entonces, necesariamente los que carecían de logros tenían una falta de meritos y merecían su fracaso.”, razona de Botton.

¿Cómo explicar el fracaso financiero, o tan sólo la ausencia de éxito? Los pobres, alguna vez vistos como “los menos afortunados” y por lo tanto dignos de solidaridad social, comenzaron a ser juzgados como holgazanes merecedores del desprecio de aquellos que se habían construido a sí mismos a través del propio esfuerzo.

Darwinismo social

El Darwinismo social, la máxima expresión de esta forma de pensamiento, proponía que los triunfadores eran superiores, pero no desde un punto de vista moral, sino desde un punto de vista biológico.

Los grandes magnates eran los tigres de la selva humana, predestinados por la naturaleza para ganar en el juego de la vida.

Semejantes consideraciones, aún vigentes en diversos países, son cuestionadas por Alain de Botton.

El talento en una meritocracia

Si nuestro estatus depende de nuestros logros y nuestros logros dependen de nuestro talento, explica de Botton, entonces necesitaríamos tener un control total sobre este talento.

Y la realidad es que semejante cosa no es posible.

El talento aparece con la misma facilidad con la que desaparece, de ahí que los antiguos griegos acuñaran la exacta imagen de este fenómeno en la impredecible visita de las Musas.

Aquellos que experimentaban el éxito en algún campo debían recordar que sus dones no eran completamente suyos y que las Musas podían cambiar de parecer.”

Aún el más talentoso de los hombres pasa por momentos de oscuridad. La fórmula éxito = talento, por lo tanto, resulta inexacta.

La suerte, una innegable realidad

El estatus, explica de Botton, depende de una serie de condiciones favorables que podrían ser englobadas con la palabra “suerte”.

El concepto de suerte, sin embargo, ha perdido su poder dada nuestra creciente capacidad para controlar y anticipar el comportamiento de nuestro entorno.

Y con todo nadie tiene el poder para controlar la serie de factores necesarios para lograr el éxito o evitar el fracaso.

¿Quién podría presumir de un total control sobre su salud?, ¿quién podría gobernar sobre la economía global?, ¿quién podría eludir los sorpresivos recortes de personal?, ¿quién podría garantizar la supervivencia de su empresa en un mundo formado por grandes corporaciones?

Quizá ahora más que nunca habría que agradecer los frutos brindados por la búsqueda de igualdad y al mismo tiempo reconciliarse con la ya olvidada y antigua diosa Fortuna.

C.S.