Nuestro carácter lo conforman varios factores, entre ellos la educación familiar recibida y los valores inculcados, amén de otros aspectos de comportamiento. Pero hay algo que los investigadores y estudiosos de la mente humana van conociendo: las tendencias mentales y cómo se adquieren.

Hay personas de mentalidad abierta, con facilidad para adaptarse y comprender nuevas situaciones; pero también las hay excesivamente cerradas, “cuadriculadas”, para quienes todo tiene que ser como esperan o se les ha enseñado que debe ser y si no, piensan que algo está mal o es inadmisible. Estas últimas son mentalidades rígidas, que suelen corresponder a una serie de perfiles que todos podemos reconocer.

El jefe autoritario, engreído, perfeccionista y exigente. El profesor intransigente, incomprensivo. El cónyuge o el padre estricto, poco afectuoso, que confunde respeto y afecto con que le hagan caso en todo. Son personas de mentalidad rígida, profundamente ancladas en sus convicciones y en el pasado, infelices por su incapacidad de ver otras perspectivas de la vida y de conseguir que todo sea como ellos lo entienden.

Seguridad o rigidez

Una persona fiel a sus principios y convicciones es digna de admiración, pero no hay que confundir esas cualidades con la estrechez de miras o la intransigencia de las personas de las que tratamos en el presente artículo.

El investigador, psicólogo y escritor argentino, de origen italiano, Walter Riso las define como “mentes impenetrables”, que se resisten a los cambios y no están preparadas para las discrepancias, son arrogantes, y que creen ser poseedoras de la verdad. En su libro El Poder de la mente flexible, dice sobre las mentes rígidas:

“Son mentes dogmáticas que se niegan a revisar sus creencias, a dudar de sus principios y rechazan cualquier información. Son personas serias y amargadas, a quienes no les gusta la lúdica. Por otro lado, son normativas y conformistas: se apegan a la tradición y al pasado y por eso están condenadas a repetir.”

¿Les suena esa descripción? Desde políticos, líderes religiosos o de gobiernos y partidos, hombres de negocios, artistas o alguien de nuestro entorno, mucho menos popular pero igual de insufrible, encajarían en esa definición. Y es que, una mentalidad rígida, como decíamos antes, puede ser tomada por la de alguien muy seguro de sí mismo, de lo que conviene en ciertas situaciones pero, en realidad, es alguien profundamente inseguro y tan prepotente que es incapaz de admitir que puede estar equivocado.

Características de una “mente rígida”

Solo quienes conviven estrechamente con estas personas son capaces de detectar fácilmente esa faceta de carácter, aunque estas personas no consiguen, a la larga, mantener lazos afectivos, de amistad o ni siquiera de empatía. Las relaciones sociales se llevan mal con un pensamiento que no admite réplica, ni cambios, ni sentido del humor.

También en el aspecto laboral se hace difícil su ascenso a puestos de alta responsabilidad, sobre todo si implica contacto humano, ya que la base de una mente rígida son los miedos: a verse contrariado o discutido, a los cambios y la revisión de sus decisiones o ideas, a perder su estatus de prepotencia o mando, a que las cosas puedan hacerse de un modo distinto a como él propone, u otros. De hecho, el perfil de un buen y efectivo líder es el contrario: alguien de mentalidad flexible, que sepa delegar, que sepa adaptarse, aceptar innovaciones y arriesgarse por conseguir un propósito.

Los “rígidos”, por el contrario, quieren mantener todo bajo control, tildan de debilidad el cambio de opinión, contrastar la información recibida o el trabajo compartido en equipo, pero tienen problemas para decidir, para resolver problemas y para adoptar los cambios que convengan.

Consecuencias psicológicas y sociales

Todo ello demuestra que la mente rígida conlleva múltiples trastornos psicológicos, por lo que tiene de incompatible con la sociedad. Se ha comprobado una relación directa entre caracteres rígidos y mayor tendencia al aumento de estrés. La mentalidad rígida produce un alto grado de ansiedad -debido a esos miedos a verse desautorizado, a no estar en lo cierto, a no ser obedecido- y la persona sufre también una gran amargura por el exceso de conflictos internos y externos que le producen su inflexibilidad y su seriedad.

Una persona con mente rígida prefiere huir, recurrir a la violencia o retirarse de un proyecto común, antes que aceptar que le contradigan o tener que asumir cambios de actitud u opinión. Por eso suelen fracasar tanto en el plano familiar, de amistad o de pareja, ya que no admiten las diferencias de preferencias, son incapaces de valorar actitudes afectivas, de esparcimiento y lúdicas, y les parece superficial la relajación en los modos.

Herencia de aprendizaje, más que genética

Los expertos señalan que, una personalidad de estas características, se adquiere más por la educación transmitida de padres a hijos que por rasgo genético alguno. Como dice Walter Riso en su citado libro: “Es común que los que tienen padres rígidos terminen siendo rígidos”. Se considera que una mentalidad empieza a convertirse en rígida a partir de los 12 años, edad en la que los rasgos de carácter se definen.

Las personas criadas en un ambiente prejuicioso, opresivo, con determinadas estructuras dogmáticas e insoslayables, autoritario o incluso donde se practica el abuso de poder, son propensas a adquirir esos rasgos en su personalidad.

No suele resultar positivo intentar dialogar con una mente rígida: por orgullo, su altanería no les permite aceptar ni siquiera la posibilidad de que estén equivocados, o de que no hayan entendido las motivaciones de los demás, y les parece ofensivo que les rebatan su opinión, por lo que no suelen tener capacidad de escuchar. Esa misma altanería y orgullo mal entendido que les hará abandonar lo que más quieren, antes que admitir que estaban equivocados. Es lo del refrán de “arrancarse los dos ojos para que el otro se arranque uno”.