La melancolía no se considera como una entidad independiente en el Manual de los trastornos mentales (DSM-IV), sin embargo, desde un abordaje psicoanalítico, la melancolía se constituye como un factor de gran importancia, considerándose como una subcategoría de la psicosis. En la psicosis se tratan dos trastornos muy conocidos, como son la paranoia y la esquizofrenia. La melancolía sería el tercero. En la melancolía destaca la posición subjetiva en la que los objetos adquieren características de totalidad. Otro de los rasgos característicos de la melancolía reside en su alternancia con una postura maníaca, por lo que, además de la depresión, también comparte ciertas semejanzas con el trastorno bipolar.

La tristeza o depresión endógena no es un trastorno que se pueda modificar a voluntad, a pesar de los esfuerzos que pueda haber por parte del enfermo. La melancolía tampoco es un estado del cual el enfermo se sienta orgulloso, por más que Víctor Hugo lo sugiera en su cita: “La melancolía es la felicidad de estar triste”.

De hecho, se experimentan sentimientos de incapacidad para enfrentar el futuro así como para llevar a cabo cualquier esfuerzo para modificar el estado actual. La profunda desconexión con la realidad, la falta de esperanza, e incluso la extrañeza frente al propio estado, hacen que el individuo suela requerir ayuda para superar este estado.

Historia de la melancolía

Aunque la primera fuente que nos aporta información importante pertenece a Hipócrates, en Egipto y en las primeras culturas mesopotámicas ya se encuentran descripciones elementales de lo que significa la melancolía. Hipócrates, en su libro “Las epidemias” hace mención a la bilis negra, cuyo principal síntoma era la tristeza. También Celso, en el siglo I d.C y Areteo de Capadocia un siglo más tarde, hablan de la melancolía. Areteo hace la siguiente descripción: “Congoja del espíritu fijada al pensamiento sin fiebre”. Galeno, también en el siglo II, distingue tres tipos de melancolía: la melancolía cerebral, la melancolía digestiva y la melancolía generalizada. En el siglo VII encontramos una definición de melancolía por parte de San Isidoro de Sevilla en su libro De los sinónimos. En él nos dice: “Angustia del alma, acumulación de espíritus demoníacos, ideas negras, ausencia de futuro y una profunda desesperanza”.

¿Qué es la melancolía?

La melancolía es una forma diferenciada dentro de los trastornos depresivos. En los últimos años la psiquiatría, fundamentalmente la alemana, prefiere utilizar el término melancolía cuando se refieren a una depresión clínica, retomando de este modo el concepto hipocrático de la melancolía como una enfermedad del ánimo.

En la melancolía se observan alteraciones del pensamiento, de las emociones, así como motoras y vegetativas. Por lo común, suele equipararse a un subtipo de la depresión mayor, abordándose un tratamiento como si de una depresión grave se tratara. En la melancolía deben considerarse de gran importancia los factores genéticos y biológicos. En el segundo caso se obtiene una respuesta más positiva, por lo general con el empleo de antidepresivos.

Síntomas de la melancolía

Entre los síntomas que podrían considerarse más característicos de un estado melancólico se pueden destacar la pérdida de placer en la práctica totalidad de actividades o la ausencia de respuesta en aquellos estímulos que antaño resultaban placenteros: de hecho no mejora el estado melancólico cuando sucede algo bueno, tan siquiera en el primer momento.

La melancolía, aunque guarda relación con la tristeza, hay que entenderla como una entidad independiente del estado de ánimo, ya que se experimenta de forma distinta a otros tipos de tristeza.

En los estados melancólicos, uno de los peores momentos suele ser por la mañana. Es habitual un despertar precoz, que puede adelantarse hasta dos horas del horario habitual. Otros síntomas habituales son el enlentecimiento o la agitación psicomotor, ausencia de apetito y pérdida de peso o sentimientos de culpa excesivos y fuera de lugar.

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