Los antibióticos actúan aniquilando las bacterias o impidiendo que estas se reproduzcan. En el primer caso reciben el nombre de bactericida, mientras que en el segundo se conocen como bacteriostáticos.

Cabe señalar que los antibióticos no tienen ningún efecto contra los virus, por lo que no son útiles para combatir gripes, resfriados o la mayoría de dolores de garganta o bronquitis. Es más, tomar antibióticos en estos casos provoca más daños que beneficios. Hay que tener en cuenta que cada vez que se toman antibióticos, las bacterias que se encuentran en el organismo se hacen más resistentes, de ahí la importancia de tomarlos solo cuando sea estrictamente necesario.

Igualmente importante es terminar con el tratamiento completo, aun cuando los síntomas hayan remitido. Tampoco es recomendable guardar los antibióticos, ni menos aún consumir antibióticos equivalentes de otra persona u otra receta. Puede resultar contraproducente.

Historia del antibiótico

Las enfermedades infecciosas han diezmado la población humana, causando millones de muertes a lo largo de la historia. Con el descubrimiento de los antibióticos esta realidad cambió radicalmente, hasta el punto de poder hablar de una victoria sin paliativos contra las infecciones por microorganismos. Esto fue así hasta la aparición del SIDA en la década de los ochenta. Actualmente, las enfermedades infecciosas muestran una tendencia emergente y constituyen un desafío para el saber médico.

La historia de los antibióticos se inicia en el año 1928, cuando el científico británico Alexander Fleming descubre accidentalmente la penicilina. Tuvieron que transcurrir diez años para que pudiera ser concentrada y estudiada gracias a los trabajos de Ernst Boris Chain, Howard Walter Florey y otros científicos. Florey y Chain utilizarían por vez primera la penicilina en humanos en 1940, siguiendo la estela de Fleming. Los tres recibirían el premio Nobel en 1945. Un año antes de este acontecimiento, Selman Waksman, que fue el primero en utilizar el término antibiótico, descubre la eritromicina. Pero el punto de partida real para el tratamiento eficaz de las infecciones se debió a la introducción de la kanamicina en 1957.

Tipos o clases de antibióticos

Clasificación de los antibióticos:

  • Beta lactámicos (penicilinas).
  • Aminoglucósidos (gentamicina).
  • Azúcares complejos (clindamicina).
  • Polipeptídicos (polimixina).
  • Rifamicinas (rifampicina).
  • Tetraciclinas (clortetraciclina).
  • Amfenicoles (cloramfenicol).
  • Macrólidos (eritromicina).
  • Misceláneos (vancomicina, cicloserina).
  • Quimioterápicos antibacterianos (sulfonamidas, quinolonas).

Antibióticos y embarazo

Las penicilinas, cefalosporinas y sus derivados sintéticos son los antibióticos de elección durante el embarazo. En caso de no ser posible, como puede suceder ante la hipersensibilidad al medicamento, macrólidos como la eritromicina o la claritromicina, son una alternativa bastante segura. Las quinolonas, como la ciprofloxacina, también son bastante seguras, aunque convendrá valorar su empleo. Los aminoglucósidos, como la gentamicina, son muy efectivos, sin embargo existe riesgo de efectos secundarios para el feto, por lo que se deberá valorar con el médico si los beneficios son claramente superiores a los posibles riesgos. Las tetraciclinas no se recomiendan salvo casos excepcionales.

Principios básicos para el tratamiento con antibiótico

Siempre que exista la posibilidad debe obtenerse una muestra del material infectado y proceder a su análisis microscópico acompañado de un cultivo. De este modo se descubrirá el germen causante así como la resistencia ante los distintos antibióticos. Una vez determinado, se decide el espectro antibacteriano que deberá basarse en la farmacocinética, las posibles reacciones adversas, las evidencias sobre su eficacia y el estado del paciente (embarazo, lactancia, SIDA, edad, sexo, estado inmunológico, infecciones virales, alergias, etc.).

Cuando tomar antibióticos y errores más frecuentes

La acción antibiótica ha demostrado sobradamente su eficacia, sin embargo, para obtener resultados óptimos deben seguirse unas pautas concretas, como seguir al pie de la letra las dosis prescritas por el médico. Igualmente hay que prever ciertos efectos secundarios, que son muy variables y dependen de cada antibiótico. Los errores más comunes son:

  • Elección de un antibiótico ineficaz.
  • Dosis inadecuadas.
  • Empleo en infecciones víricas.
  • Continuación de la medicación una vez se han desarrollado resistencias bacterianas.
  • Continuación de su uso aun cuando se manifiesta una reacción tóxica o alérgica.
  • Interrupción prematura del tratamiento.
  • No modificar la quimioterapia al aparecer sobreinfecciones por microorganismos resistentes.
  • Hacer uso de combinaciones inadecuadas.
  • Confiar en exceso en la quimioterapia o la profilaxis, excluyendo alternativas como una intervención quirúrgica.

Antibióticos y alcohol

Aunque por lo general las recomendaciones se dirigen a no ingerir alcohol en ningún caso por su posible interacción negativa con el medicamento, lo cierto es que el antibiótico no suele perder sus propiedades ni efectos si se bebe alcohol con moderación. La total contraindicación para tomar alcohol solo se aplica a un determinado y reducido número de antibióticos, como por ejemplo el metronidazol, ya que en este caso concreto pueden producirse efectos secundarios como taquicardias. En cualquier caso, abstenerse de beber alcohol mientras se toma el medicamento es, sin duda, la medida preventiva más segura para evitar cualquier complicación.

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