Un hombre conversa con una mujer en una fiesta, estira la mano y la toca. Una joven toma del brazo a su novio y lo atrae hacia sí, luego de una discusión. Una pareja mayor camina de la mano. ¿Qué tienen en común estas escenas? El afán de estar cerca del otro, la búsqueda de proximidad.

Cuando dos personas hacen contacto a través de la piel, descubren en forma instantánea si eso les provoca placer o displacer. La piel, el órgano más grande del ser humano, plantea una interesante paradoja: a la vez que es la frontera que separa a una persona del mundo circundante, es lo que define el contacto íntimo.

Traspasar la piel del otro

Cuando se pone en juego el sentido del tacto hay contacto, requisito básico de la intimidad, que no es otra cosa que el deseo mutuo y la voluntad compartida de profundizar en ese contacto, de permitirle al otro el acceso a lugares del mundo interno desconocidos para la mayoría de personas con las que se interactúa a diario.

En algún sentido, la intimidad es como traspasar la piel del otro, abrir la frontera. Ese deseo de borrar el límite entre uno y el otro se convierte en una necesidad imperiosa en el amor y el deseo sexual. Un masaje compartido en pareja es una divertida y excitante puerta de entrada a la intimidad. La piel es un órgano sexual.

Hora de jugar

Para darle un masaje a la pareja no hace falta diploma, ni haber hecho un curso ni tener algún conocimiento particular. No hay maneras correctas o incorrectas de darlo, ni pretende ser un masaje profesional. Se trata de un juego, por lo tanto los participantes tienen total libertad para inventarlo y cambiarlo a medida que se desarrolla la acción, guiados sólo por su imaginación y su deseo.

La intención es salir de la rutina, compartir un momento de diversión y descubrimiento mutuo. Hace falta viajar al pasado y buscar el ánimo con el que los niños juegan al doctor, entre risas cómplices y ahogadas, a escondidas de sus padres. Y emprender la exploración, disfrutando de compartir un momento excitante y divertido y de establecer una comunicación profunda y sin limitaciones. Este masaje no es para los músculos, es para los sentidos.

Masaje erótico

El masaje sensual o erótico es un modo de estimular al compañero o compañera para el goce sexual, pero es una práctica sexual en sí misma, que no necesariamente tiene que conducir a la penetración y al orgasmo. Se trata de ejercitar la disposición a dar y a atravesar las barreras que con tanta frecuencia separan a las parejas: los enojos, las ocupaciones y preocupaciones diarias, los prejuicios acerca de lo que es correcto e incorrecto dar y recibir y los mandatos que imponen una conducta determinada, un modo de ser, de sentir y de actuar.

Ingredientes imprescindibles:

  • Ganas.
  • Mente abierta.
  • Dejarse llevar.
Las caricias lentas y rítmicas en todo el cuerpo, el sonido acompasado de la respiración y la atención puesta en cómo va cambiando, el estado de alerta a las reacciones del otro para profundizar los estímulos que son recibidos con agrado y modificar los que producen incomodidad o alteración; todo eso es desafiante y demanda mucha concentración. Pero la retribución es tentadora.

Un espacio de encuentro y diversión cómplice

El sólo hecho de pensar en hacerlo es excitante. Tomarse el tiempo para prepararse y preparar el ambiente lo es más. Durante el masaje, ambas personas llegan a un nivel de relajación física y emocional que baja la barrera de la vergüenza y facilita la exploración del cuerpo del otro y el descubrimiento de nuevos modos de encuentro.

El juego, y más aún el juego sexual, genera complicidad y unión. Los adultos que se animan a jugar la pasan mejor.