Es mentira que la situación actual sea sólo culpa de políticos y banqueros. Ellos solos, sin la colaboración (gustosa en el periodo boyante) del pueblo, poco habrían podido hacer. Es preciso partir de la responsabilidad propia y la autocrítica. Todo el mundo, desde el más poderoso banquero hasta el más humilde trabajador, nos hemos entregado a la especulación —a ganar dinero con dinero—, a contraer deudas a las que nadie obligaba (aunque sí se animaba) y a las bajezas de todo tipo. Aunque es claro que las responsabilidades de los promotores de la miseria y el resto no son las mismas.

No obstante, pretender ahora lavarnos las ladillas del alma únicamente a costa de los chivos expiatorios que ofrecen políticos y banqueros no parece lo más honesto. Cabe preguntarse si es un verdadero deseo de justicia lo que alienta o las más puras envidia, revanchismo y mala conciencia. Si cada uno de los (ahora) indignados lo estarían si les fuera bien a título personal, cuando hasta hace bien poco, inmersos en la locura inmobiliaria, tanto ciudadano honrado se dedicaba alegremente a dilapidar el futuro de sus hijos con sus chanchullos, y tanto joven se entrampaba con hipotecas demenciales. No hay más que ver el funcionamiento de la democracia, donde cada uno vota movido exclusivamente por su propio interés y egoísmo, pensando en lo que a uno más le pueda convenir, aunque sea en detrimento de los demás, y, más aún, con el enorme disfrute del hundimiento del vecino.

Somos producto de nuestra era y nuestro sistema

El gran triunfo del sistema es la transformación que ha obrado en todas las personas, y el haber agostado la vida más allá del trabajo y el consumo, o, más bien, el habernos incapacitado para la vida más allá de ellos.

Oímos a muchos jóvenes universitarios pedir una formación más práctica (aunque en realidad nadie sepa a estas alturas qué es práctico y qué no) y menos teórica, puesto que la teoría les sobra para convertirse en los futuros tornillos y vendedores que aspiran llegar a ser. Los empresarios, con su visión triste y pragmática de la vida, se frotan las manos e irrumpen en los planes educativos para crear engendros dignos de ellos.

Se comprende muy bien todo lo que devenga de un sentido utilitario, pero no se comprende que alguien haga algo movido únicamente por un interés personal o un afán puramente de conocimiento. Y se reprueba a aquellos que no muestran interés o inquietud por el trabajo —algo, por otro lado, de lo más comprensible—, que en muchos casos ya no es un medio, esa maldición bíblica que Dios impuso, sino un fin en sí mismo.

Las bondades de la era tecnolátrica

Cabe preguntarse si verdaderamente la situación de crisis actual no se deberá a algo de calado mucho más profundo y que viene de mucho más antiguo que lo que se está señalando, algo que no se solucionaría únicamente con un sistema electoral más justo y cambiar de manos o repartir más equitativamente los dineros. Algo que, al margen de nuestra naturaleza, con toda su carga de horror y miseria, acaso empezara a forjarse con la era industrial, cuando la ciencia y la tecnología dejaron de estar al servicio del hombre para imponerse a él y terminar desplazándolo, esclavizándolo y dejándolo fuera del mundo.

Se ha hecho lo imposible para que no haya vida más allá de las fábricas y las oficinas, pero en ellas tampoco la hay. Y las máquinas han terminado sustituyendo a los hombres. Cada vez hay menos trabajo que hacer y el que queda es más alienante, vil, indigno e inhumano. El objetivo no es el hombre, sino el objeto, por lo que el hombre, a su vez, se ha convertido en un objeto que cada vez hay que producir en mayor cantidad para alimentar la rueda del sistema, como han de fabricarse cada vez más coches y televisores, con el agravante de que el incremento del número devalúa la unidad y ni el tamaño del planeta ni sus recursos aumentan.

No obstante, cuando se habla de hacer las cosas de otro modo, o de plantearse otra vida, se dice que no es rentable o que no es productivo —conceptos que todos comprendemos y tenemos asumidos a la perfección, y situamos por encima del hombre—, como si hubiéramos venido aquí a ser rentables y productivos. Y esa mentalidad, utilitaria y de autoaprovechamiento (o autoexplotación), se encuentra en cualquier parte del mundo y en cualquier individuo, desde el más poderoso empresario hasta el más humilde trabajador. Ese es el triunfo del sistema.