Era fruto del matrimonio del duque de Orleáns, regente de Francia durante la minoría de edad del rey Luis XV, y de María Francisca de Borbón, hija natural de Luis XIV.

Vino al mundo en Versalles en el año 1709 y no está claro si, por ser la quinta niña cuando su padre deseaba un hijo varón, o por ser un bebé de delicada salud, le fue administrada el “agua de socorro”, bautismo de urgencia aplicado sólo en circunstancias especiales y poco tiempo después del alumbramiento.

Sin ceremonias ni celebraciones, sólo quedó constancia en el registro oficial de la Casa Real Francesa de su existencia como mademoiselle de Montpensier. No le pusieron entonces ni nombre de pila, ni título que demostrara sus lazos con la nobleza o con la familia real, a pesar de ser la nieta del llamado Rey Sol.

La difícil infancia de Luisa Isabel de Orleáns

“La pobre criatura ha sido muy mal acogida por todos y me da verdadera pena. ¡Lástima que no haya sido un chico!". Estas palabras de su abuela paterna, Isabel Carlota del Palatinado, escogidas de su abundante correspondencia con otras casas reales europeas, nos demuestran la decepción que supuso su nacimiento.

Desilusión patente en la negligencia de sus padres, de los que no recibió ninguna atención, ni siquiera en los aspectos más elementales, como la higiene o la educación.

Nadie controlaba sus juegos, ni corregía sus rabietas, siendo por ello una niña de difícil convivencia, que bebía y comía sin control. No es de extrañar por ello, que cuando en 1721 el rey español Felipe V negociaba con su padre, el duque de Orleáns, el matrimonio con su heredero, no creyera lo que le contaban de esta niña de sólo 12 años. No sabía ni leer, ni escribir y para colmo ¡no tenía nombre!

Fue entonces cuando la diplomacia francesa se apresuró a corregir el error, realizando lo que no se había hecho antes y celebrando, en pocos días, su comunión y confirmación tras darle un nombre oficial. Luisa Isabel de Orleáns, fue el elegido y con él y su reciente título de princesa de Asturias, como correspondía a la futura esposa del heredero al trono español, viajó a España, acompañada de un numeroso séquito.

La boda de Luisa Isabel de Orléans y Luis de Borbón

Conoció al que sería su marido el 19 de enero de 1722, y al día siguiente se celebró su matrimonio en el palacio ducal de Lerma (Burgos). Ella tenía 12 años y él, heredero de Felipe V pero todavía príncipe Luis, tan sólo 14.

Un anticuado protocolo exigía que el joven matrimonio posara tumbado en la cama ante la Corte que así testificaba la unión. No obstante, dada la corta edad de ambos, no hubo consumación hasta dos años después.

Fue precisamente en 1724 cuando Felipe V, cansado y con evidentes muestras de demencia, se retiró al palacio de la Granja de San Ildefonso abdicando en su heredero, Luis I. Hay historiadores que resaltan una razón más importante para dejar el poder en ese momento y en manos de un muchacho de 16 años. La prematura muerte del regente de Francia, padre de Luisa Isabel de Orleáns, le hacía concebir esperanzas de heredar el trono francés, ya que era nieto de Luis XIV y según lo establecido, el monarca no podía ocupar los tronos de los dos reinos de una forma simultánea.

Luisa Isabel de Orleans, reina consorte de España

Cualesquiera que fueran las razones que motivaron la temprana abdicación de Felipe V, el hecho es que Luis I se convertía en rey de España, y Luisa Isabel de Orleáns en reina consorte.

Comenzaba así un reinado que habría de ser muy breve y que frustraba las esperanzas puestas en el joven monarca, ya que era el primer Borbón nacido en España y del que esperaban sanase las heridas que la Guerra de Sucesión había abierto en el reino.

Luis I y su esposa eran apenas unos adolescentes inexpertos en política. Las riendas del gobierno del reino seguían, de hecho, en manos de Felipe V y su esposa, Isabel de Farnesio. Les faltaba también veteranía en el mundo de la Corte instalada ahora en el Palacio del Buen Retiro de Madrid. Eran frecuentes las peleas entre la joven pareja, sobre todo por los escándalos que Luisa Isabel de Orleáns protagonizaba y que obligaron al retirado monarca Felipe V a encerrarla en el alcázar madrileño, intentando con ello apaciguar las habladurías sobre la nueva reina.

“Preferiría estar en galeras a vivir con una criatura que no observa ninguna conveniencia, que no me complace en nada, que no piensa más que en comer y en mostrarse desnuda a sus criados. No conviene a una reina de España llevar una vida de la que no puede su marido apartarla, pues aunque le he hablado más de cuarenta veces, no ha hecho ella más que burlarse de mis observaciones”. Estas palabras, escritas por su esposo Luis I nos demuestran la desesperación que el joven rey sentía ante la actitud de su esposa.

No todo era culpa de Luisa Isabel de Orleáns. Ya hemos visto cómo su educación no fue la mejor que cabía esperar de una familia que lo tenía todo, pero de la que no recibió nada. La endogamia entre las familias Borbón y Orleáns y las anomalías que trasmite, son para la psicóloga Alejandra Vallejo-Nágera, la raíz de la personalidad inestable de esta reina adolescente que no controlaba sus impulsos.

La muerte del rey

En agosto de ese mismo año 1724, Luis I caía enfermo de viruela y su esposa tuvo la oportunidad de demostrar a la Corte que podía contarse con ella cuando se la necesitaba.

Se ocupó personalmente de los cuidados de su esposo, arriesgando con ello su salud. Contagiada de la enfermedad, aunque de una forma más leve, no por ello dejó de atender las necesidades de Luis I, que no obstante falleció pocos días después.

Terminaba así el reinado más efímero de la Historia de España que forzaba a Felipe V a un retorno al trono ante la falta de hijos de joven matrimonio.

Luisa Isabel de Orléans permaneció aún algunos meses en España, aunque su presencia no era del agrado de la otra vez reina, Isabel de Farnesio, que, tras una fría despedida, la envió nuevamente a Francia.

El retorno a Francia de Luisa Isabel de Orleáns

Residió en al palacio de Luxemburgo de París, de donde salió durante unos años para ingresar en un convento. La vida monacal no estaba hecha para ella. Volvió a la Corte de París y a su alocada existencia que le valió la retirada de la pensión que como viuda real recibía y pasó factura a su salud.

Murió de hidropesía a los 32 años y fue enterrada en la iglesia de Saint Sulpice de aquella ciudad, rompiendo con ello la tradición de la monarquía española que establecía su inhumación en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial.