Louise Bourgeois se hizo a sí misma reinventándose constantemente, atreviéndose a ir más allá de lo establecido en el mundo del arte, un territorio que, como ella advertía, era feudo del hombre. Fue, en muchos sentidos, una pionera. “Tenía la sensación de que la escena artística pertenecía a los hombres y que yo estaba, en cierto sentido, invadiendo sus dominios”, reconocía.

Al enfrentarse a la extensa y en ocasiones claustrofóbica obra de Bourgeois, el espectador puede llegar a sentir vértigo, pero precisamente ahí reside su poder. Puede que sus obras hablen de ella misma, pero al acercarnos a ellas, irremediablemente, nos sentimos interrogados en nuestra propia identidad.

Contra los patrones establecidos

Uno de sus primeros trabajos que reflejan el rechazo simbólico de las estructuras patriarcales es la serie "Femmes-Maison", elaborada a mediados de la década de los cuarenta. En ella, las mujeres son representadas como cuerpos anónimos cuyo rostro ha sido sustituido por la figura de la casa. Símbolo de la reducción de las mujeres a las tareas domésticas, relegadas al peso de que recae sobre sus espaldas por tener que llevar la casa literalmente a cuestas.

Otro de los temas recurrentes de la artista es la identidad sexual. En sus creaciones destacan esculturas con una fuerte carga sexual, a través de las cuales Bourgeois se interroga sobre lo masculino y lo femenino. Sus propias reflexiones reflejan su posición en torno a cuestiones centrales en el debate feminista de la época:

“A veces fusiono la imaginería masculina con la femenina y hago pechos fálicos. Mi escultura de mármol, Mujer cuchillo, engloba la polaridad de la mujer. ¿Por qué las mujeres se convierten en cuchillos? No nacieron como tales, se las hizo así a través del miedo. En este trabajo, la mujer es una figura defensiva. Para defenderse se identifica con el pene, trata de tomar la misma arma del agresor. Éste es un problema que parte de la infancia y de la falta de educación razonable y compresiva”, explicaba la artista.

Obsesión con el falo

Tal llegó a ser su obsesión con la figura del falo como símbolo de la dominación patriarcal, que cuando en 1990, Bourgeois fue invitada por el fotógrafo Robert Mapplethorpe para ser fotografiada en su estudio, ésta acudió con su escultura "Fillete" (1968) bajo el brazo: un gran pene de aspecto rugoso que en las exposiciones se exhibe colgado del techo en una posición tan amenazante como frágil.

En la instantánea, la artista, ya octogenaria, posa sonriente transmitiendo la serenidad que parece haberle dado la superación de su conflicto con lo patriarcal, representado por ese falo que sostiene bajo el brazo, como símbolo de su definitiva dominación sobre él, como objeto, tal y como ella misma ha dicho, inspirador de sentimientos tan contradictorios como la ternura y el miedo.

“El falo es un objeto donde proyecto mi ternura. Esta pieza trata de la vulnerabilidad y de la protección. (…) Y aunque siento que el falo necesita de mi protección, eso no significa que deje de tenerle cierto miedo...”

Superación de lo masculino

Pero sin duda, el tema central de su producción artística tiene que ver con su enfrentamiento al poder patriarcal, un conflicto que materializa en la figura del padre y que resuelve con su propia destrucción, en la que puede ser considerada una de sus obras maestras, "La destrucción del padre" (1974), la más catártica de todas sus obras, pues ella misma ha afirmado que “después de que se expuso, me sentí una persona distinta”.

El origen de esta obra se halla en un sueño de la artista en el que se reproducía una escena doméstica de su infancia: “El padre se jactaba vanidosamente de sus éxitos, humillando a los suyos con su presunción, sintiéndose cada vez más insignificantes en la mesa de comedor en torno a la cual se desenvolvía la historia; y de repente, entre sus hermanos y su madre, agarraban al hombre sobre la mesa y arrancaban las extremidades para comérselo”, explica Iván Sánchez Moreno.

Bourgeois se libera así del padre, pero también del padre de sus hijos, fallecido un año atrás; eliminando así las figuras que representaban el poder masculino patriarcal que le dicta a la mujer qué es lo que espera de ella. Se trata de una obra claustrofóbica, recreada en un ambiente iluminado por una luz roja (“el rojo es sangre, dolor, violencia, peligro, venganza, celos, resentimiento, culpa...” , diría la artista), en cuyo centro se ubica una mesa cubierta por un mantel de látex con protuberancias globulares y rodeada de un techo y un suelo en los que sobresalen figuras a modo de senos, vientres, nalgas y nubes, construyendo una atmósfera asfixiante. Una obra que tiene su origen en el miedo pero que simboliza también la superación del mismo, la superación del miedo histórico de las mujeres a enfrentarse al poder patriarcal.

La madre-araña como refugio

Y frente a éste, la figura de la madre como una presencia poderosa, protectora y cálida, capaz de reparar ese daño. A mediados de la década de los noventa comienza su serie de arañas gigantescas. A través de ellas y de su simbolismo la artista recuerda a su madre y trata de reivindicar y revalorizar lo femenino.

Pero el simbolismo de la araña va más allá de su propia madre, dedicada a la restauración de telares. Autoras como Patricia Mayayo han visto en la representación de la araña y su relación con las labores de tejer, las agujas, el hilo... una revalorización de las tareas realizadas tradicionalmente por mujeres, aspecto que refuerza el vínculo de Bourgeois con las tesis del feminismo de la diferencia.

La araña como refugio, como espacio de protección, como reencuentro de la artista con la figura materna. Sin embargo, las arañas no dejan de tener un lado siniestro, provocando a la vez una sensación inquietante, reflejando la ambigüedad que ha caracterizado toda la obra de Bourgeois y que suscita al mismo miedo ternura y temor, una especie de llamada de auxilio que se grita desde la fortaleza que confiere el saberse vulnerable.