A ambos lados de la frontera del tercer milenio, la gran pantalla sigue tomando ácido para crear nuevas realidades y surcar mundos paralelos que quebranten la linealidad del espacio-tiempo.

Años 80

Las drogas aparecen en películas de guerra como túnel de huida de una realidad a otra. Es el caso de Platoon (Oliver Stone, 1986), entre otras, pero Apocalypse Now (Apocalipsis Now, Francis Ford Coppola, 1979) —recomendada su versión Redux—, viaje al corazón de la oscuridad ambientado en la guerra de Vietnam, aparece anegada de drogas desde el comienzo, cuando Jim Morrison entona irónicamente "The End". Durante dieciséis meses de rodaje, la gran cantidad de ácido y marihuana tras las cámaras estuvo a punto de costar la ruina a su director y mermó seriamente la salud del equipo.

Por su parte, Russell volvía a la psicodelia de la mano de Altered States (Un viaje alucinante al fondo de la mente, Ken Russell, 1980), basada en los experimentos de John Lilly, una catarsis hacia las raíces ancestrales donde aparecen los tanques de deprivación sensorial y los hongos alucinógenos.

A continuación encontramos Firestarter (Ojos de fuego, Mark L. Lester, 1984), basada en la novela homónima de Stephen King, con el ácido asociado a fenómenos paranormales; y Jacob's Ladder (La escalera de Jacob, Adrian Lyne, 1990), donde, desde el nexo que fusiona cielo y tierra, se evocan experimentos como el MK-Ultra, llevados a cabo por el gobierno estadounidense para investigar las capacidades bélicas de la LSD.

Años 90

Y llegamos a los años 90. Las drogas químicas —MDMA y LSD, entre otras— resurgían con fuerza en ambientes lúdicos, pero el celuloide se mantuvo al margen en general. The Doors (1991), controvertida recreación poco fidedigna de la vida de Jim Morrison, coquetea con las drogas alucinógenas, y Natural Born Killers (Asesinos natos, 1994) son las dos aportaciones ácidas de Oliver Stone a la cartelera de finales de milenio.

Pero hay más: Die Künstlichen Paradiese (Basil Gelpke y Valentin Faesch, 1993), mediometraje suizo en clave documental que trata de devolver a la LSD a su contexto exclusivamente antropológico; Timothy Leary's Last Trip (A. J. Catoline, 1996), con Ken Kesey y The Merry Pranksters, y banda sonora de Grateful Dead; o la española El día de la Bestia (Álex de la Iglesia, 1995), una delirante comedia satánica donde no faltan los tripis.

A la misma época pertenece The Acid House (Paul McGuigan, 1998), tres relatos de Irvine Welsh (autor de Trainspotting), adaptados por él mismo, donde el ácido es el acompañante de un surrealista viaje a la infancia. Música tecno, voces retardadas, repetición de acontecimientos y motivos religiosos en un desvarío de ácido que suponía una inmejorable oportunidad para recrearse en los bucles temporales y que, sin embargo, optó por el machacadísimo recurso del intercambio de personalidades.

Y damos por finiquitados los noventa con Fear and Loathing in Las Vegas (Miedo y asco en Las Vegas, Terry Gilliam, 1998), desmadrada road movie, adaptación de la novela del padre del periodismo gonzo, Hunter S. Thompson, donde Johny Depp y Benicio del Toro se atiborran de todo tipo de sustancias psicotrópicas. Marihuana, mescalina, éter, cocaína y otras caminan de la mano de la LSD en una odisea a la capital de los casinos.

Primeros años del 2000

Tras la frontera del dos mil hallamos Ram Dass: Fierce Grace (Mickey Lemle, 2001), documental sobre la vida de Richard Alpert, compañero de correrías de Timothy Leary y auténtico gurú de los sesenta, donde se narran sus experimentos con psicodélicos. Al mismo género pertenece Gambling, Gods and LSD (Peter Mettler, 2002), lírico documental suizo de tres horas de duración con entrevistas a grotescos personajes extraídos de la realidad.

El ácido ha llegado incluso a las grandes producciones pornográficas de Private: Acid Dreams (Michael Ninn, 2003), de sueños ácidos, sexo y control de mentes. La joven protagonista de Thirteen (Catherine Hardwicke, 2003) también coquetea con la sustancia. Otra peli de tripis es la española Torapia (Karra Elejalde, 2004), promocionada como "a-narko-comedia" y protagonizada por su director, una auténtica locura.

Y acabamos nuestro recorrido mencionando cuatro cortometrajes recientes:

  • LSD 25 (Walter Forsyth y Doug Karr, 2000): rodado en Canadá, un viaje a través de la psicosis, la soledad y la dietilamida del ácido lisérgico.
  • LSD 73 (Paul Duane, 2003): producción irlandesa, filmada en gaélico, que recoge las confesiones reales de un comedor de ácido.
  • Smoking on Heaven's Door (Óscar Martín, 2003): producción española rodada en Illinois en la que un chamán nativo conduce una experiencia psicotrópica colectiva.
  • LSD A Go Go (Scott Calonico, 2004): película americana de diez minutos de duración sobre el uso de ácido por parte de la CIA en los años cincuenta.

El tabú

Las drogas alucinógenas han ayudado durante décadas a muchas personas a abrir nuevas vías de pensamiento y a cambiar sus puntos de vista sobre la existencia. Sin embargo, la sociedad, supeditada a los narcóticos patrocinados por el Estado, se ve empujada al materialismo y la competitividad. La gran pantalla es, sobre todo, industria; y las drogas continúan suponiendo un tabú. ¿Hasta cuándo?

Advertencia: la contemplación continuada de los filmes mencionados en este artículo puede ocasionar daños irreversibles en los cromosomas y la aparición de flashbacks susceptibles de atentar contra la tiranía de la sobriedad.