Una mirada retrospectiva nos permite observar como desde el inicio de los tiempos el hombre, que vive en un mundo complicado a veces confuso y difícil de comprender, manifiesta una evidente tendencia a creer en un algo superior -una divinidad- a quien le rinde sacrificios y ofrendas para obtener el favor de los dioses y de los espíritus. El Señor Dios, al dirigirse a Moisés le dice que se descalce porque el lugar que pisa es una tierra santa, es un lugar sagrado (Éxodo 3,5).

Espacio sagrado

El espacio llega a ser muy importante para el hombre religioso, que lo contempla así considerando la oposición sagrado/profano. Vemos, pues, que el espacio se trasforma en sagrado porque reproduce el primer modelo cósmico (arquetipo) del Tiempo Primordial y en este espacio sagrado reside el lugar religioso por excelencia que es el axis mundi o centro del mundo. Un centro del mundo que no es que sea el centro físico de un territorio sino el lugar por el que pasa el eje del mundo, el lugar que comunica el cielo con la tierra y el mundo subterráneo. Cuando Jacob vio, mientras dormía, la escalera que llegaba al cielo, por la que subían y bajaban los ángeles, y oyó la voz del Señor desde lo más alto que decía: “Yo soy el eterno, el Dios de Abraham”, despertó aterrado y temeroso “¿Qué lugar es éste?, se preguntaba. Esta es la casa de Dios y la puerta del cielo”. Entonces, Jacob se levantó y tomó la piedra que había puesto de cabecera, la levantó en monumento y derramó aceite sobre ella y llamó aquel lugar Betel, que significa Casa de Dios (Génesis 28, 12-19).

Axis mundi

Constatamos que, en un principio, el espacio sagrado, la casa de Dios de Abraham, el axis mundi que define Mircea Eliade, no es aún un edificio cultual, aunque el espacio sí que lo es porque es sagrado. Observando la evolución del tiempo vemos que las ciudades santas y los santuarios son considerados, por las religiones respectivas, el centro del mundo; que los templos son réplicas de la montaña cósmica y se trasforman, por tanto, en el vínculo por excelencia entre el cielo y la tierra y que los cimientos de los templos se hunden profundamente en las regiones inferiores. El mismo zigurat era, en realidad, una montaña cósmica: los siete pisos representaban los siete cielos planetarios y, subiéndolos, el sacerdote llegaba a la cima del universo, que es el lugar dónde reside el dios.

El templo

La palabra templo procede del latín templum. Define el edificio sagrado, consagrado al culto de una divinidad. Generalmente es concebido como el hogar habitual de la divinidad o como el lugar de manifestación temporal de esta divinidad. El origen del templo se remonta a las sociedades primitivas y surge, tal como hemos visto más arriba, de la necesidad del hombre de establecer alguna relación con las fuerzas de la naturaleza, ya sea individual como colectivamente, que las considera manifestaciones de la divinidad e incluso de la misma divinidad. El templo deviene el espacio sagrado por excelencia y, en todo lugar, está cargado de simbolismo mediante el cual el hombre busca representar el universo y el orden de la creación. En el templo encuentra el hombre la ligazón que le une a la divinidad, de la que también él participará cuando, después de muerto, sobrevendrá inmortal. Y es que, el hombre religioso se define por la dimensión trascendente con la que impregna y vive toda su existencia.

Los modelos arquitectónicos desarrollados por las distintas culturas y civilizaciones son un reflejo del tipo de religiosidad que las definió y, por extensión, nos indican el sistema y la organización que las regía en todos los ámbitos: religioso, político, social y militar. Aquí y ahora, en sucesivas aportaciones, trataremos de sintetizar y resumir las características arquitectónicas que definen y singularizan las civilizaciones más destacadas del mundo antiguo, clásico y medieval de manera que nos sea fácil descubrir los vínculos entre la arquitectura y su significación religiosa.