Tras la derrota y asesinato de Pedro I el Cruel, llegó al trono de Castilla una nueva dinastía, la de los Trastámara, que gobernará en el reino durante más de cien años, hasta el final de la Edad Media hispana.

Fueron seis reyes y una reina los que desde el año 1369 -comienzo del reinado de Enrique II de Trastámara- hasta el fallecimiento de Fernando el Católico, en 1516, gobernaron en Castilla. Su principal objetivo fue reforzar el poder monárquico frente a la nobleza y establecer lazos con otras monarquías europeas mediante tratados diplomáticos y compromisos matrimoniales.

Cinco de ellos pasaron a la posteridad con sobrenombres que les identifican tanto o más que el nombre propio con el que fueron bautizados; los dos restantes, no tienen apodo reconocido.

Como los reyes que les precedieron desde el siglo XIII en Castilla, su nombre oficial estaba seguido del ordinal que indicaba su puesto dentro de la dinastía.

Apodos de los reyes de la dinastía Trastámara

Los sobrenombres resaltaban tanto las virtudes como los defectos del monarca. A veces glorifican sus hazañas y otras ridiculizan alguno de sus rasgos. Como muchas veces en la Historia, las diferencias entre unos y otros vienen motivadas por la fuerza de sus seguidores, en el caso de un apodo benévolo, o de sus detractores, en el contrario. Sin embargo, todos llevan una historia tras de sí.

Enrique II el de las Mercedes (1333-1379)

Hijo ilegítimo de Alfonso XI y doña Leonor de Guzmán, tomó la corona tras la muerte de Pedro I el Cruel, fundando con ello una dinastía nueva, la de los Trastámara, que ocupará el trono de Castilla y de la Corona de Aragón hasta el siglo XV.

Llama la atención por ser un rey con varios sobrenombres ya que es conocido como el de Trastámara, nombre de la dinastía que fundó y que tiene su origen en el condado gallego que le concedió su padre; el de las Mercedes, por la cantidad de títulos, privilegios y prebendas que dio a sus partidarios y que son conocidas como las “mercedes enriqueñas” o como el Fratricida, por haber asesinado a su hermanastro Pedro I.

Juan I de Castilla (1358-1390)

Hijo del anterior, durante su reinado Castilla se alió con Francia en la “Guerra de los Cien Años”. No tiene un sobrenombre reconocido, aunque a veces es llamado Juan I el de Aljubarrota, localidad portuguesa donde fue derrotado el ejército castellano a manos del luso, comandado por otro Juan I, como se llamaba también el rey de Portugal. Murió joven, a los 32 años, a consecuencia de una caída de caballo y después de haber reinado tan sólo 11. Dejaba el reino en manos de un niño de corta edad por lo que su fallecimiento fue ocultado durante unos meses hasta lograr la pacificación del reino.

Enrique III el Doliente (1379-1406)

Tenía tan sólo 11 años de edad cuando su padre murió, por lo que el reino fue gobernado por un consejo de regencia hasta que cumplió 13, en el año 1393. Fue apodado el Doliente por la precaria salud que padeció toda su vida y que le hizo sufrir diversas enfermedades como el tifus o la viruela.

Fue su débil constitución la que le forzó a delegar tareas de gobierno en su hermano, llamado Fernando, el de Antequera, ya que durante las acciones militares que dirigió contra el reino nazarí, tomó aquella localidad malagueña de gran importancia estratégica.

Enrique III murió en la Navidad de 1406 en Toledo, quedando el gobierno del reino en manos de un consejo de regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Juan II.

Juan II de Castilla (1405-1454)

Era un niño de dos años de edad cuando su padre Enrique III falleció, por lo que hasta que cumplió los 14, el reino estuvo gobernado por su tío Fernando, el de Antequera, y su madre Catalina de Lancaster. No ha pasado a la Historia con ningún apodo o sobrenombre, aunque su reinado si está definido por la debilidad de su carácter. Esta fragilidad fue aprovechada por un noble de fuerte temperamento: don Álvaro de Luna, condestable de Castilla y monarca de hecho del reino castellano ante la pasividad del rey legítimo.

Enrique IV, el Impotente (1425-1474)

Fue proclamado rey al día siguiente de la muerte de su padre Juan II. Su sobrenombre nació en 1453 cuando su matrimonio con Blanca de Navarra fue anulado por el papa Nicolás V alegando “impotencia perpetua” con ella por un “encantamiento”. Dos años después casó con Juana de Portugal, siendo fruto de esta unión una hija, Juana, la Beltraneja, así llamada porque, como nos dice el cronista Hernando del Pulgar “…. era pública la impotencia del Rey, é que la Reyna Doña Juana no guardaba la honestidad de su persona, adulterando con algunos privados del Rey é con otros, nunca aquella Doña Juana fue tenida ni reputada por hija del Rey, antes se creyó é afirmó generalmente por todos desde el día que se publicó, aquel concepto ser de Don Beltrán de la Cueva, Duque de Alburquerque, é no del Rey” (B.A.E, tomo LXX, Madrid, 1923, capítulo IV, p. 234).

Ha sido muy estudiada la enfermedad de Enrique IV y ya es un clásico el estudio de Gregorio Marañón sobre este rey. En su “Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo” (1930, p. 91-92), aquel médico madrileño le diagnosticó una “displasia eunucoide” así como un tumor de la hipófisis que le produciría impotencia e infertilidad.

Fuera cual fuera la enfermedad que le aquejaba, el hecho es que provocó un grave problema sucesorio y una época de disturbios y anarquía. Durante los alborotos, los rebeldes proclamaron rey a su hermano Alfonso de Castilla, que hubiera sido el XII de este nombre si no hubiera fallecido muy joven y en extrañas circunstancias.

La proclamación de Alfonso demostró la debilidad de Enrique IV, que no tuvo más salida que aceptar en 1468 los derechos de su otra hermana, Isabel, tras el llamado “pacto de los Toros de Guisando”, dejando así fuera de la línea sucesoria a su hija Juana la Beltraneja.

Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón, los Reyes Católicos

Isabel era hija de Juan II de Castilla, Fernando lo era de Juan II de Aragón. Ambos contrajeron matrimonio en 1469, pero no llegaron al trono de Castilla hasta cinco años después y tras una nueva guerra civil.

Se les ha considerado los primeros reyes de España. Sin embargo, ello no se ajusta a la realidad histórica, ya que nunca llegaron a gobernar sobre todo el territorio hispano. La unión entre ambas coronas, de Castilla y Aragón, fue meramente personal y no institucional. No existía un organismo político común, lo que no impidió la realización de empresas conjuntas.

Fue el Papa Alejandro VI quien concedió a Fernando el título de Rey Católico en 1496, en reconocimiento a la unificación religiosa realizada en la Península Ibérica. Inicialmente, por tanto, el título fue otorgado a Fernando, aunque la historia posterior lo ha popularizado y extendido a ambos cónyuges.

Isabel fue reina de Castilla durante treinta años y consorte de Aragón por su matrimonio con Fernando. Éste, a la muerte de la reina, dejó de utilizar el título de “rey de Castilla” llevando sólo el de regente, pues el gobierno efectivo lo tenía su hija Juana -apodada la Loca- por expreso deseo de Isabel la Católica en su testamento. Con ella, comienza una nueva dinastía, la de los Habsburgo o Austria, y otra etapa de la Historia de España.