Los nombres de los reyes van seguidos por el número que ocupan en su dinastía, escrito generalmente en números romanos. La referencia documental más antigua de esta numeración la encontramos en la Primera Crónica General, escrita alrededor de 1260 por iniciativa de Alfonso X el Sabio.

Además del número ordinal, a los nombres de muchos soberanos se les añadía un sobrenombre que destacaba alguno de sus rasgos identificativos y por el que era conocido en vida. En otras ocasiones, este apodo resumía todo un reinado y sólo se le agregaba una vez fallecido el rey. En ambos casos, es su seña de identidad y con el que han pasado a la Historia.

Apodos de los reyes de Castilla y León en la Edad Media en los siglos XIII y XIV

Seis fueron los monarcas que reinaron en Castilla y León desde el primer tercio del siglo XIII, con la unificación de los dos reinos por Fernando III el Santo, hasta el año 1369, fecha de la muerte de Pedro I el Cruel, y del inicio del gobierno de una nueva dinastía en el reino. Cada uno de ellos heredó la corona por línea directa de sus padres y han pasado a la Historia con distintos sobrenombres.

Fernando III el Santo (1201-1252)

Le fue aplicado el sobrenombre tras su muerte a causa de su religiosidad. Sus victorias sobre el ejército musulmán y la reconquista de ciudades tan emblemáticas como Córdoba, Jaén, Sevilla y Murcia, le hicieron ganarse fama de buen caballero cristiano. Fue canonizado en el siglo XVII por el Papa Clemente X.

Alfonso X el Sabio (1221-1284)

Hijo del anterior, su capacidad intelectual y la cantidad e importancia de las recopilaciones culturales, jurídicas y científicas que se realizaron durante su reinado, fueron la razón de su apodo. Dio a conocer en el resto de Europa la cultura hispana en lengua española a través de las recopilaciones y traducciones clásicas de la Escuela de Traductores de Toledo. Las “Siete Partidas”, las “Cantigas de Santa María o “Los Libros del Saber de Astronomía”, son algunas de sus obras más universales.

Sancho IV el Bravo (1258-1295)

Segundo hijo de Alfonso X, llegó al trono tras el fallecimiento de su hermano mayor, Fernando de la Cerda, así apodado por tener un pelo de gran dureza en el pecho o en la espalda, según nos refiere el cronista del siglo XVI, Gonzalo Argote de Molina. El sobrenombre de “bravo” lo ganó a causa de su valor en las luchas con los hijos de su hermano, que apoyados por nobles castellanos, le disputaban la sucesión al trono.

Fernando IV el Emplazado (1258-1312)

Heredó de su padre no sólo el trono, sino también la disputa que aquél mantenía con los Infantes de la Cerda, sus primos. El sobrenombre le fue dado a su muerte, tras el emplazamiento al que le sometieron los hermanos Carvajal, comendadores de la Orden de Calatrava. Como nos cuenta su crónica “estando en Martos, mandó matar dos cavalleros que andavan en su casa, que vinieran y á riepto que les fasían por la muerte de un cavallero que desían que mataron quando el Rey era en Palencia,…. al qual desían Juan Alonso de Benavides. É estos cavalleros, quando los el Rey mandó matar, veyendo que los matavan con tuerto, dixeron que emplasavan al Rey que paresciesse ante Dios con ellos a juisio sobre esta muerte que él les mandava dar con tuerto, de aquel día en que ellos morían á treynta días” (Crónica de Fernando IV, cap. XX). Efectivamente, el monarca falleció a los 30 días de estos hechos, pero de tuberculosis. La leyenda de su “emplazamiento ante Dios”, quizá estuviera forzada por los nobles enemigos del rey.

Alfonso XI el Justiciero (1311-1350)

Heredó el trono castellano tras la temprana muerte de su padre Fernando IV y con tan sólo un año de edad, por lo que hasta 1325 gobernó un consejo de regencia formado por su abuela María de Molina y sus tíos don Felipe y don Juan. Las crónicas de la época se refieren a él como Alfonso “el onceno deste nombre” pero fue apodado el Justiciero tras su muerte, a causa del sentimiento de justicia que siempre invocó ante la alta nobleza dispuesta a arrebatarle el trono.

Pedro I el Cruel (1334-1369)

Amante del arte y la cultura, cuando llegó al trono también heredó los problemas que los amores de su padre Alfonso XI con doña Leonor de Guzmán, trajeron a la Corona de Castilla. Sus hermanastros, Enrique, Fadrique y Tello de Trastámara, frutos de aquella relación amorosa, le disputaron el trono iniciando una sangrienta guerra civil, la primera en suelo hispano. Su sobrenombre le fue dado tras dar la orden de asesinar a varios de sus hermanos, a distintos nobles levantiscos y apoyar la ejecución de la antigua amante oficial del rey, doña Leonor. Curiosamente sus seguidores le llamaron el Justiciero. Murió como había vivido, violentamente y a manos de su hermanastro tras la disputa en Montiel donde, según la tradición, el barón francés Beltrán Duguesclin, tras pronunciar la célebre frase "ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor", permitió que su hermano Enrique lo apuñalara.

La muerte del rey a manos de su hermanastro Enrique, permite la entronización en el reino castellano de una nueva dinastía, la conocida como Casa de Trastámara. Ésta ocupará el trono de Castilla, de la Corona de Aragón y de los reinos de Navarra y Nápoles hasta el siglo XV, con el reinado de los Reyes Católicos, miembros ambos de aquella familia.