La relevancia de los ritos dionisíacos para los griegos antiguos es un hallazgo relativamente reciente y le corresponde a Friedrich Nietzsche. En el famoso estudio “El nacimiento de la tragedia” Nietzsche desarrolló una novedosa vía para comprender el helenismo.

De acuerdo a Nietzsche, la excelencia de la cultura griega fue consecuencia de una providencial y compleja síntesis entre la espiritualidad apolínea y la dionisíaca. La primera se caracterizó por la armonía y el equilibrio y quedó plasmada, principalmente, en la escultura y la arquitectura. En contraste, la espiritualidad dionisiaca derivó de una plena aceptación de los aspectos oscuros del existir, y de la importancia de los instintos para la vida. Para los griegos antiguos, lo dionisiaco es imprescindible para tolerar la existencia y para el desarrollo de la creatividad.

El dios de la locura

Dioniso, el cual fue llamado Baco por los latinos, era el dios de la vegetación y la fertilidad, el vino y la uva, el exceso y la trasgresión. Dioniso representaba lo contrario a la armonía de los órficos y la espiritualidad apolínea; la difuminación de las diferencias entre lo humano y lo divino. En el culto dionisíaco, la deidad, ebria y loca, fomentaba la disolución de los venerantes, los tornaba salvajes por medio del vino, la violencia y un frenesí orgiástico.

En los ritos dionisíacos eran frecuentes los gritos, delirios, estados paroxísticos e intensas vivencias extáticas. Así también, característicos de estos ceremoniales eran las máscaras, disfraces- casi siempre con alusiones femeninas-, el rechazo a lo establecido, la desobediencia civil y moral. De hecho, el culto a Dioniso era el único que aceptaba la participación de mujeres y esclavos.

En este sentido, los misterios dionisiacos eran muy venerados por las mujeres, las cuales, al participar en ellos, eran denominadas como ménades. Lo anterior se explica por el hecho de que las mujeres estaban excluidas de prácticamente cualquier celebración de tipo religioso. El menadismo se expresaba a través de un singular culto a la locura y, por lo tanto, se perfilaba como una postura contrapuesta a la racionalidad, una cualidad identificada exclusivamente- en ese tiempo- con lo masculino.

El propósito de los ritos dionisíacos era recordar el destino trágico del dios. Hay que recordar que, de acuerdo a la mitología griega, Dioniso nació de la unión de Zeus con una mortal. Esa fue la causa por la cual, Hera, consorte de Zeus, lo acosó hasta la locura o la muerte (de acuerdo a ciertas fuentes).

Júbilo y delirio

Las ménades portaban coronas de hojas de laurel y pieles de animales. Los hombres que participaban en los ritos, por su parte, se vestían como sátiros. Embriagados por el vino, danzaban al ritmo de los ditirambos, las flautas y panderetas. Su grito ritual era: “¡evoé, evohé!” y de esta manera se incitaban unos a otros al frenesí.

Los ritos dionisíacos culminaban con las ménades y los sátiros experimentando un estado de trance y posesión psíquica, denominada por los autores antiguos como entusiasmo. Estos ceremoniales- vinculados originalmente con los ciclos naturales de la vegetación y que concluían con una vendimia- buscaban un retorno temporal a un estado silvestre, una vivencia de naturaleza pura y animal. De hecho, cazar y comer un animal salvaje era una de las formas en las que se coronaban los ritos dionisíacos.

Sin embargo, desde el siglo VI esta celebración extrema fue transformándose paulatinamente en un ritual simbólico- a veces desarrollado solo con mímica- que incluía cantos corales. La tragedia griega derivó de las fórmulas litúrgicas dionisíacas que se pronunciaban al realizar el sacrificio de un animal, casi siempre un macho cabrío (mismo que en griego se denomina con la palabra “tragos”).