En los últimos años existe una inquietud en nuestra sociedad, acerca de la juventud.

A las acostumbradas controversias acerca de la caída de los jóvenes en excesos a raíz del alcohol o drogas, se debe agregar la preocupación por los suicidios o intentos de suicido de muchísimos jóvenes argentinos. Y también la delincuencia juvenil, cada vez más juvenil y más violenta.

“Lo que vemos en estos jóvenes es una actitud muy autodestructiva, un terrible desprecio por la propia vida. Carecen de expectativas, de proyecto de vida, hay muchísimo alcoholismo, y no sólo entre los jóvenes.” -dice Karina de González, asistente social.

Ocuparnos, más que preocuparnos

La problemática adolescente preocupa a la sociedad. Pero, lamentablemente la preocupación de la sociedad sólo se evidencia en las charlas entre vecinos o en los comentarios en la cola del banco.

La pregunta es: ¿qué haremos como sociedad, como adultos frente a esta problemática?

El problema es que ni la sociedad, ni el Estado, ni la escuela, ni la familia están oponiendo ningún mensaje, ninguna propuesta frente al fortísimo bombardeo de ideas que los slogans publicitarios imponen: “Lo que importa es la cerveza” o el Fernet que es un “ritual de amigos” o al mundo perfecto de los que aparecen en las publicidades de bebidas alcohólicas o cigarrillos.

Tampoco estamos oponiendo ninguna idea frente a la tendencia autodestructiva que impone la temática de muchas letras de la cumbia villera o el reggaetón, que tocan grupos con nombres como “La base” (que no se refiere a la Base Marambio de la Antártida, sino a la pasta base de cocaína), Supermerk2 (súper mercados, súper drogados, merca=droga) y otras lindezas por el estilo.

Reconocer y aceptar el problema

De alguna manera hay que tratar que la juventud supere ese sentimiento de que “nada sirve”, y que todo “da lo mismo”, que supere esa idea de que no hay futuro”.

Y se hace difícil, porque a los conflictos naturales de los adolescentes, a todo lo que adolecen, se suman todas estas pesadas mochilas.

¿Cómo hacemos los adultos, que en muchos casos cargamos el mismo lastre, para poder ayudar? Un viejo adagio dice que para resolver un problema, primero hay que aceptar su existencia, identificarlo y delimitarlo, y que ése es el primer paso para resolverlo.

Se impone un profundo debate acerca de este tema en todos los ámbitos sociales posibles, la escuela, los municipios, las iglesias, las instituciones, y sobre todo en la familia.

Ponernos de su lado

Pero no podemos cometer el mismo error de siempre de excluir a los principales destinatarios de estos esfuerzos, a los propios jóvenes.

Es menester comenzar una fortísima tarea de prevención, contención y asistencia que tenga como principales protagonistas a la misma juventud. Escuchémoslos, tratemos de comprenderlos y comprometámoslos a ellos mismos en esta titánica tarea.

Comenzar a brindarles opciones válidas, que sean más atractivas, que de a poco vayamos pudiendo poner a su consideración ideas-fuerza distintas a “lo que importa es la cerveza”, pero no desde una posición moralista y prohibitiva, mirándolos de arriba, sino poniéndonos de su lado y a su lado.