Es esta una versión del original de Jaime Siles y a su vez una recreación dramática del director, Francisco Suárez. Pero no se trata de una de tantas puestas en escena con abuso de poder sobre autores muertos que no pueden cuestionar las veleidades del director, más bien, entrar en la sala pequeña del teatro Español es como entrar en un templo: dos gradas a ambos lados del escenario donde un público siempre atento y a ratos emocionado seguirá de cerca una historia escalofriante que sucedió hace miles de años pero que se empecina en repetirse.

Hechos históricos

Los persas es una tragedia de la Antigua Grecia escrita en el 472 a. C. por Esquilo. Está ambientada en la Batalla de Salamina. Es la obra teatral más antigua que se conserva. También destaca por ser la única tragedia griega basada en hechos contemporáneos: tragedia, por otra parte, que fustiga la demencial ambición de los persas, pues Grecia queda perfectamente bien pintada en su defensa de la ley y el orden, de la solidaridad humana y la belleza del arte defendido todo con la astucia de militares que supieron defender su integridad.

Es la única tragedia griega que se conserva basada en hechos reales: la Batalla de Salamina. Esa batalla tuvo lugar en el año 480 a. C., sólo ocho años antes de que se representara Los persas. Esquilo había participado en la batalla, y seguramente la mayor parte del público ateniense se vio afectado por la dureza de aquel ataque.

La batalla de Salamina, tan mentada, con tanta literatura alrededor, es narrada por personajes involucrados de muy distinta manera con el arte plástico, exquisito y muy preciso de un conjunto de excelentes creadores ya mencionados en un reportaje previo al estreno en estas mismas páginas, cuando se advertía de las prometedoras excelencias de Los persas en una versión muy apetecible. Pero el resultado final es tan rotundamente admirable que merece este segundo artículo.

Conmovedora puesta en escena

Uno de los consejeros exhibe sobre una mesa de metacrilato las formaciones espléndidas con que cuenta el joven rey-guerrero para conquistar atravesar el mar y conquistar Grecia: son copas de diverso estilo. Está entusiasmado el veterano caballero, una a una las formaciones desfilan ante los ojos asombrados del espectador: sólo es cristal pero su entusiasmo tiene la envergadura de un triunfador que contagia la extraña belleza del arte de la guerra. Una guerra de ocupación, por otra parte, mientras su colega, otra consejera de la reina, se lamenta por los jóvenes soldados y la angustia que padecerán sus madres.

El consejero cambiará su discurso cuando lleguen noticias del desastre, de las muertes, a través de la voz de un mensajero moribundo que antes de exhalar el último suspiro dará cuenta de la barbarie cometida, de su dolor de humano que se niega a aceptar la desgarradora muerte que le va destruyendo poco a poco.

La sinrazón del militar cegado por la ambición

El mensajero, el espíritu del rey, la reina en su primera participación y el tirano Jerjes en su fabulosa aparición para cerrar la obra son los únicos personajes que además de decir un texto tan poético como significativo, tienen movimientos coreográficos.

Una idea sobrecogedora y de sumo interés: ya que dicen lo que piensan o lo que ansían o lo que lamentan, pero además gesticulan (la reina) como si parte de su cuerpo expresara un terror inédito en su cotidianidad, o danzan la danza de la vida estando muertos (la sombra de Darío: magistral composición de Albert Vidal con una armónica fuente de recursos) o danzan la danza de la victoria siendo pura derrota y a la vez danzan la danza de su muerte aspirando a no hacerle caso, y todo eso en Jerjes (admirable Críspulo Cabezas), el máximo responsable que se negará a reconocer fallo personal alguno para continuar aferrado al furor de la guerra, aunque mane sangre constantemente y su cuerpo desnudo refleje una orgía de emociones que se alzan sobre todo raciocinio.

JERJES: Ah desgraciado de mí! ¡Qué odiosa y tan imprevisible suerte he encontrado!

¡Con qué crueldad el destino se ha cebado en la raza de los persas! ¡Qué será de mí,

infeliz! Se abate la fuerza de mis miembros cuando contemplo la edad de los

ciudadanos. ¡Oh Zeus! Ojalá también a mí con mis hombres muertos me hubiera

sepultado el destino por la parca.

Albert Vidal y Críspulo Cabezas, dos actores de muy distinta formación y generación, son padre e hijo, dos actitudes diferentes ante la política y la ambición, interpretan a los personajes más atractivos e importantes de una función en la que todos los actores se confabulan maravillosamente bien para forjar uno de los acontecimientos teatrales más importantes de la temporada: Alicia Sánchez, Miguel Palenzuela (consejeros siempre objetivos, narradores de los acontecimientos principales), Inés Morales y Jesús Noguero, bajo la dramaturgia y dirección de Francisco Suárez junto a un gran equipo de profesionales.

En la sala pequeña del teatro Español, hasta el 24 de julio: una intimidad sobrecogedora para una creación teatral digna de ser aplaudida. El final es tan sexo y sorprendente que ahoga las ovaciones que merece la compañía, pero no impide los aplausos de espectadores prendados de las emociones bien templadas y sus profundas reflexiones acerca del poder y la gloria, de la humanidad destruida por la ambición desmedida de unos pocos.