No hay una forma única de reaccionar ante un hecho tan devastador como es la muerte de un hijo(a). No obstante, hay elementos comunes a las parejas y que se repiten de manera constante en quienes han pasado por la tragedia de ver morir a un hijo(a). Algunas de las reacciones que experimentan los padres son:

Sentirse responsables por la muerte del hijo o hija

Padres y madres se sienten responsables de proteger y cuidar a sus hijos, por esa razón cuando uno de ellos muere el primer sentimiento que sobreviene es el de culpabilidad y sensación de fracaso.

Sea cual sea la causa de muerte, lo primero que hacen los progenitores es sentir que fallaron, que deberían haber realizado algo para evitar que sucediera. Se culpan por sobrevivir y por no haber impedido ese hecho portentoso que es la muerte de un ser tan amado como es un hijo o hija.

Sin embargo, por mucho que la persona se sienta culpable, ese sentimiento no ayuda. Culparse a sí mismo no revive al hijo que ha partido.

Como señala Aída Roitman, et al: “haber sobrevivido a un hijo es sentido, a veces, como falta de amor parental; dejar de penar, es sentido como falta de lealtad, traición o abandono al hijo muerto”.

Por esa razón es tan importante elaborar el duelo, para que ese sentimiento pase y no provoque un daño que a veces puede ser más complejo que el dolor por la ausencia.

Rabia y desolación por sobrevivir la muerte de un hijo

Uno de los sentimientos más comunes de los padres en el contexto de la muerte de un hijo es una profunda desolación por no haber partido primero. Muchos padres sienten la muerte de un hijo como una injusticia. Es común escuchar frases que dicen: “ningún hijo debería morir primero que sus padres, eso no es natural”, “nadie debería sobrevivir a un hijo”, entre otras.

Lamentablemente la rabia y desolación ante la partida de un hijo, no ayuda a superar el momento desgarrador que se vive, al contrario, puede crear condiciones para una depresión que en vez de ayudar, puede perjudicar más e impedir el desarrollo adecuado del duelo.

Ubicarse en el dolor de la pérdida de un hijo

Cuando muere un esposo o esposa se es “viudo o viuda”; cuando muere un padre o madre se es “huérfano o huérfana”. ¿Qué se es cuando se muere un hijo? ¿Cómo ubicar el dolor en el contexto de ser padres? Es una pregunta que provoca no sólo desazón sino que obliga a replantearse toda la vida.

¿Quién está preparado para la pérdida de un hijo? Sigmund Freud alguna vez escribió: “si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”. Pero, ¿es posible eso? ¿Cómo llenar el vacío? O como dijera Mafalda, el personaje creado por el dibujante argentino Quino, en uno de sus comics: “y ahora, ¿cómo lleno el hueco que tengo en el pecho?

El dolor es aún más dramático cuando los padres se enfrentan a la muerte de un hijo de manera abrupta, sin que lo esperen. Por paradójico que parezca, quienes tienen hijos enfermos de alguna enfermedad terminal están más preparados o al menos, con más herramientas psicológicas para enfrentar ese momento, que aquellos que se ven confrontados de pronto a la realidad de perder un hijo o hija.

Cuando se está al lado de un enfermo terminal, su agonía es la preparación para los deudos. Cuando parte un hijo de pronto, es como perder un brazo o una pierna de un momento a otro. Como diría el escritor español José Luis Martín Descalzo, en su libro Razones para vivir: “la muerte inesperada de un ser querido reduce a cenizas un corazón. Ubicarse a sí mismo en el dolor es una de las pruebas máximas que nos exige la pérdida de un ser tan querido como un hijo. Con la muerte de un hijo mueren sueños, ilusiones, y se cae abruptamente en la cuenta de que nada ya va a ser lo mismo. Cada año, en el cumpleaños del que partió, se volverá a sentir la pérdida, inevitablemente el recuerdo será doloroso”.

Vivir la pérdida de un hijo

Nadie está preparado para vivir la pérdida de un hijo. Ninguna persona ni en sus peores pesadillas se plantea la posibilidad de la partida de un hijo o una hija, a menos que tenga una enfermedad terminal. Ubicarse en lo que ocurre normalmente, es tal vez, un primer paso para reflexionar en una situación que nadie puede evitar. Lo inexorable de la muerte es una realidad que hay que asumir. Como diría la psiquiatra y tanatóloga suiza Elizabeth-Kübler Ross, “la muerte es una realidad de la vida”.