Una persona, el mundo, la realidad, son conceptos muy amplios, tanto que resultan difíciles de comprender. Por eso, la extrema numerización del universo no es más que un intento, exitoso o no, quién sabe, por comprender. El número, la cifra, el dato, es un coto, un proyecto de límite al torrente incesable del mundo.

Las cifras de la humanidad

La población mundial, el índice de crecimiento económico, el PIB, el umbral de la pobreza, el nivel de productividad, la tasa de mortalidad infantil, la esperanza de vida, el número de desempleados, el salario medio, el número de accidentes de tráfico, la siniestrabilidad laboral y muchos otros índices, son parte de esa parcial comprensión de la realidad que se busca obtener.

Pero tanto dato termina por aturdir, perdiéndose en el limbo numérico, en un espacio incapaz de afectar al ser humano. Eso lo ha entendido, poco a poco, el periodismo, apresurándose a contar historias de personas, más que hacer listas de cifras. Todo el mundo sabe que impacta mucho más la historia de Juan Pérez López, desempleado, a punto del perder su casa y sin poder alimentar a su familia que escribir, en mayúsculas, que la tasa de desempleo roza el 20% de la población en España. El intelecto humano no es especialmente sensible a la estadística.

Sin embargo, en todos los ámbitos, el número sigue siendo la ley, la distinción. Se habla de discos vendidos, de años de permanencia, del precio de una obra de arte, de los millones por el traspaso de un futbolista. Como nos recuerda Huoellebecq, en su libro “El mundo como supermercado", la propia sociología trata de diferenciar a las personas en función de sus ingresos anuales y las horas trabajadas, dos conceptos que, como todo el mundo sabe, no se relacionan de forma lineal y directa.

Las cuentas personales

Pero, a fin de cuentas, ¿qué es un ser humano? En este mismo artículo, ya se han gastado más de 300 palabras y no hay nada parecido a una respuesta a esa pregunta. Probablemente no la habría ni con 30.000, porque hablar de personas, es hablar de cualidades y el mundo cualitativo es, por definición, ambiguo. De ahí la huida, pavorosa, a todos los niveles hacia la seguridad, tal vez falsa, de lo cuantitativo.

Es así, en el sólido mundo del número, cuando se puede definir.Un ser humano es algo simple y objetivamente cuantificable. Una edad, altura, peso y medidas corporales. Un salario, un número de cuenta, un nivel de endeudamiento y una tarjeta de crédito.

Hasta en el ámbito sexual es igual. La mujer es unas medidas caderas-cinturas-pecho, como recuerdan las revistas femeninas, y el hombre es un número de consumaciones sexuales y una longitud del pene en erección, como reafirma el amplio ocio pornográfico.

De nuevo, una idea tan clarividente como esta proviene de Houellebecq, situado en un rincón literario desde el que no es preciso ser correcto.Así las relaciones pasan a ser una cuantificación constante, una jerarquización, en realidad, un recuento del número de orgasmos, de erecciones, de experiencias sexuales, de conquistas, de hormonas implicadas, de matrimonios y divorcios. ¿Acaso a alguien se le puede ocurrir una mejor manera de entender el amor? Se aceptan propuestas.

Definidos paramétricamente

Esa superflua seguridad que aporta el dato ha influido tanto en el actual momento de ausencia de valores y teorías sólidas sobre el mundo y la realidad. Como todos los pensadores y filósofos no dejan de repetir, los grandes dogmas que regían el mundo hasta no hace mucho, han muerto.

Las grandes ideas de Dios, el Comunismo o incluso el Mercado, se tambalean y no sirven de guía. Perder el tiempo pensando qué es un ser humano ya no tiene sentido, a día de hoy nada que merezca la pena.Cada minuto que gastes con esas cuestiones, es tiempo que no estás conectado a tu red social en el Facebook, un minuto que no estás viendo la televisión, megas sin descargar de internet, tiempo, en definitiva, sin hacer algo.

Algo, por supuesto, que se pueda contabilizar. El ser humano ya es algo que se puede definir mediante unos pocos parámetros numéricos, así que para qué hace falta más, ya disponemos de todo el tiempo para adaptarnos a los tremendos cambios tecnológicos, económicos, sociales y psicológicos que llegan. La cuestión sigue siendo si abandonar la reflexión por la pura acción es suficiente para la adaptación exitosa.

Uno de los libros más exitosos de los últimos tiempos, “La soledad de los números primos" de Paolo Giordano, escarba, desde el genio literario, en esa paradoja extrema de los números. Alice y Mattia, los dos protagonistas, son dos números primos gemelos. Estos números tienen la particularidad de estar separados tan solos por un número par, como el 11 y el 13 o el 17 y el 19, pero sin llegar a estar juntos jamás. Una vez más, la literatura, el mundo de las palabras, arroja más luz sobre nosotros mismos que cientos de números.

Paul Watzlawick, el genial psicólogo y filósofo austriaco, afirmaba que el ser humano es comunicación. Una persona puede hacer casi cualquier cosa salvo no comunicar. La obsesión numérica en la que vivimos parece una forma de intentar transmitir un concepto tangible, sólido, comprensible de nosotros mismos. Resulta mucho más claro decir de uno mismo que es un varón, de 30 años, sin hijos, con un salario de 15.000 euros anuales, que llevar encima una tarjeta de presentación llena de dudas y ambigüedades.

De todos modos, la metacognición es uno de los rasgos elementales del ser humano. La capacidad de pensar sobre las cosas fue la responsable del salto evolutivo que separó definitivamente a nuestra especie del reino animal. El reduccionismo numérico, al igual que el optimismo o el pesimismo, son posicionamientos de partida, unos mapas para caminar por el mundo, pero la realidad es algo distinto, difícil de abarcar. Los números son, tan solo, otro intento más por comprenderla.