En realidad no puede hablarse de los hicsos como un pueblo o una tribu, sino como un grupo compuesto por sirios, cananeos, hurritas, israelitas y otros pueblos que llegaron a Egipto buscando una vida mejor. Se trataba de una estirpe, en general, de origen semita, quizá mezclada con otras de origen aria. El apelativo hicsos fue acuñado por los propios egipcios, y venía a significar “reyes pastores” o “monarcas extranjeros”.

Con la finalización de lo que se conoce como Imperio Medio, se inicia el segundo periodo intermedio. Ese periodo se caracteriza por la debilidad de los gobernantes egipcios. Este condicionante, unido a las oleadas de pueblos extranjeros provenientes mayoritariamente del Cercano Oriente, fue el caldo de cultivo idóneo para que los hicsos terminaran haciéndose con el control del Bajo Egipto, haciéndose fuertes primero en Avaris y más adelante en Menfis, lugar en el que fundarían las dinastías XV y XVI.

Las dinastías del periodo de los hicsos

Los hicsos se mantuvieron en el poder en Egipto desde el año 1785 a.C. hasta el 1539 a.C., fundando las dinastías XIII hasta la XVII. Se concentraron en las zonas más ricas del Delta y sus aledaños y nunca se aventuraron a ir más allá. Su dominio, en definitiva, se concentró en el Bajo Egipto y Siria.

No se sabe gran cosa sobre las dinastías en las que gobernaron los hicsos. Los egipcios, cuando hacían referencia a ellos, dado que fueron en esa época un pueblo invadido, no lo hacían precisamente con elogios, sino todo lo contrario. Sin embargo, todo parece indicar que de hecho gobernaron con razonable equidad.

La conquista de Egipto por parte de los hicsos

Probablemente sea equívoco hablar de una invasión de los hicsos. Del mismo modo que tampoco parece muy acertado creer que se trataba de un pueblo mucho más primitivo que los egipcios. Lo que a día de hoy se sabe es que eran excelentes mercaderes y, quizá lo más importante, con una tecnología militar notablemente más avanzada que la de los propios egipcios. Se podría decir que Egipto sucumbió por su propia incapacidad en el año 1720 a.C.

Aunque como se ha dicho, nada parece indicar que hubiera una invasión ni guerras cruentas, su indiscutible superioridad militar tal vez bastara para que los egipcios, en aquellos momentos divididos y debilitados, no ofrecieran resistencia al presunto invasor. En este sentido cabe señalar que los hicsos contaban con un arsenal compuesto por arcos, dagas, espadas y, sobre todo, caballos y carros que, por aquel entonces, eran desconocidos en Egipto. Además, durante esa época hizo su aparición el bronce, material del que hicieron uso los hicsos para fabricar sus armas.

Los hicsos adoptarían muchas de las costumbres de los egipcios, no así su religión, lo que les granjería el permanente rechazo por parte de los egipcios. En cambio sí adoptaron su idioma o sus manifestaciones artísticas.

Los hicsos y las conexiones bíblicas

Durante la dominación de los hicsos parece ser que se produjeron grandes oleadas migratorias procedentes de Canaan, en el sur de Siria. Lo que hubiera causado no pocos recelos en un gobierno autóctono, no sucedió bajo el mando de los hicsos, que veían a los recién llegados como compatriotas asiáticos susceptibles de reforzar su control sobre los nativos egipcios.

En esta época podría encajar muy bien el relato que nos cuenta la Biblia con relación a la historia de José y de sus hermanos. José llegaría a ser el primer ministro del faraón, algo impensable si se tratara de un faraón de linaje egipcio, pero muy plausible si pensamos en un faraón hicso.

El historiador Flavio Josefo, siempre dispuesto a ensalzar la grandeza del pueblo hebreo, aseguraba que los hicsos eran en realidad hebreos que llegaron a conquistar Egipto. Sin embargo, los hechos no parecen ir en esa dirección.

También el conocido relato del éxodo judío, según algunos autores, pudo estar relacionado con la expulsión de los hicsos de Egipto, hecho que tuvo lugar alrededor del año 1550 a.C.

Egipto se quitaría de encima el yugo de los hicsos, aunque pagando un alto precio por ello. Su nueva capital sería Tebas; la capital del Imperio Nuevo que volvería a renacer de sus cenizas.

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