Más arriba del centenario de Chile, del de la Argentina, del de México, yo siento y percibo el centenario de la América Española. En espíritu y verdad de la historia, hay un solo centenario hispanoamericano, porque en espíritu y verdad de la historia, hay una sola revolución hispanoamericana. Y la unidad de esta revolución consiste [...] principalmente, en que el destino histórico de esta revolución no fue alumbrar un conjunto inorgánico de naciones [...] sino traer a la faz de la tierra una perenne armonía de pueblos vinculados por la comunidad de origen [...] y por todo cuanto pueda servir de fundamento a la unidad de una conciencia colectiva. José Enrique Rodó al Congreso de Chile, septiembre de 1910.

¿América Española y no América Latina?

Entre 1900 y 1916 José Enrique Rodó y Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936) produjeron un interesante epistolario formado por 18 cartas que circularon entre Montevideo y Salamanca entre el 20 de marzo de 1900, cuandó Rodó, que venía de editar ''Ariel'', se lo hace llegar a Unamuno, y el 21 de abril de 1916, un año antes del fallecimiento de Rodó.

Es Rodó quien inicia la relación, al solicitar al español una crítica de su reciente publicación. Le explica que ''Ariel'' es un ''libro de acción'' y que su objetivo es generar ''cierto movimiento de ideas'' en la juventud americana, ''para que ella oriente su espíritu y precise su programa dentro de las condiciones de la vida social e intelectual de las actuales sociedades de América''. Agregaba que le importaba mucho la repercusión que el libro podía tener en España.

El ''hilo vasco'' de la nación española

La sinceridad con que Unamuno le comunicó su impresión, unida a la profundidad de su reflexión, debió sorprenderlo:

Es una producción profundamente latina, y yo, aunque escribo en un romance (hace años escribí algo en vascuence pero, lo dejé), nada tengo de latino. Es más, creo que mi raza, mi raza vasca, está ahogada por el latinismo [...] tampoco me penetra lo helénico [...] Véolo a usted también muy influido por la cultura francesa -acaso en exceso, es decir, con demasiaso predominio- y lo francés me es poco grato. Su claridad, su método, su 'belle ordonnance', me hastían, veo en ellos siempre la sombra de Racine [...] Un francés rara vez penetra de veras en abismos místicos, y jamás llega a gustar de veras de Shakespeare, un bárbaro [...] Tengo algo de francófobo. Y si leo francés es a belgas o suizos de preferencia [...] Creo que nuestra desgracia es no haber tenido un Lutero nuestro, español [...]

Sin embargo, le explicaba que por todas estas razones, el libro de Rodó lo ''entonaba'', lo equilibraba, motivo por el cual le había caído muy simpático, en el sentido helénico del término:

Y con todo, ello es lo que necesito para equilibrarme: latinismo, helenismo, galicismo. Por eso, ''Ariel'' me ha entonado [...] En resumen, su ''Ariel'' es un libro altamente sugestivo y que ha de darme materia a reflexiones, llamando a la vez la atención del público que me favorece, hacia él.

De esa forma Unamuno señalaba otros lugares desde donde era posible vivir lo hispánico, además lo latino. El pensador español descubrió que figuras claves de la América Española, como Lope de Aguirre y Simón Bolívar, habían sido vascos o descendientes, y desde este lugar, desde la diferencia, habían enriquecido la civilización española. Pero también entendía que lo latino era un lugar valioso desde donde vivir lo español y una otredad interesante para ''entonar'' el espíritu vasco.

El ''hilo español'' de Ariel y el ''hilo germánico'' de lo español

Rodó contestó a Unamuno en una extensa epístola donde defendía su posición sobre vivir los valores latinos desde lo francés, pero explicaba que eso no limitaba sus experiencias, y que también conocía y estimaba mucho a los escritores españoles:

Nadie admiró más a Castelar, ni tiene más alta consideración por Menéndez Pelayo, Leopoldo Alas, Valera, Galdós, Echegaray, Pereda y tantos otros. Tengo los ojos fijos en la juventud de esa España [...] Si pudiéramos trabajar de acuerdo aquí y allá, y llegar a una gran armonía espiritual de la raza española, ¿qué más agradable y fecundo para todos?

Unamuno contestó mostrándole ahora las posibilidades de lo germánico dentro de lo español, recomendándole autores nórdicos, y explicándole él no se sentía católico sino protestante, ya que Rodó cuestiona el espíritu puritano en ''Ariel'':

[...] Me siento con alma de luterano, de puritano o de cuáquero, el ideocratismo latino y su idolatría me repugnan [...] Tal vez sean el latino y el germánico espíritus impenetrables [...] Y en esto me declaro germánico [...].

Abrir las ventanas de la casa vasca y de la casa hispanoamericana

En una nota siguiente, de noviembre de 1901, Unamuno contó a Rodó su experiencia durante el Discurso que dio en Bilbao en agosto de ese año, con ocasión de los Juegos Florales:

Ruda fue la batalla de Bilbao contra el exclusivismo de casta [...] Soy vasco por todos los costados [...] pero he creído señalar a mi pueblo su más noble y más alto destino, apartándole de los que quieren encerrarlo en su viejo hogar.

Unamuno invirtió las fórmulas con las que José María Torres Caicedo (1856 y 1875) había caracterizado América Latina. Ahora lo español no estaba subsumido en lo latino, sino lo latino en lo español, y era un lugar más desde donde interpretar la nación, junto con lo vascuence, lo germánico, lo árabe, lo sefardita, lo quechua, lo guaraní, o azteca. Había numerosas posibilidades. Lo español era una categoría universal, y América podía, sin problemas, imaginarse múltiple y una desde lo español. Unamuno buscó, además, un elemento cultural común que permitiera superar el concepto de ''raza'' como categoría ''animalística''. De forma ''humanística'', halló que era la lengua.