"Bendito celibato", solía repetir Juan Pablo II, pero las denuncias de pederastia en la Iglesia han llevado a cuestionarlo; a los escándalos de Marcial Maciel, del clero belga y del irlandés se sumó en Chile el llamado "caso Karadima", cuyo protagonista es un sacerdote que formó a cerca de 50 clérigos, entre ellos cuatro obispos.

El "caso Karadima" en Chile

Fernando Karadima, el otrora poderoso párroco de la iglesia del Sagrado Corazón del elitista barrio de Providencia, en Santiago de Chile, es hoy objeto de una nueva investigación en la justicia chilena. La Corte Suprema nombró un ministro en visita; se trata de un magistrado con dedicación exclusiva a un juicio y con amplias facultades para indagar y requerir información.

El abogado de los denunciantes de Karadima, Juan Pablo Hermosilla, pedirá que declare el cardenal Francisco Javier Errázuriz, exarzobispo de Santiago. James Hamilton, una de las presuntas víctimas de Karadima, acusó de "criminal" a Errázuriz, por supuestamente encubrir a Karadima y a otros clérigos. Su intervención en un programa de televisión hizo renacer el debate sobre el celibato.

¿Una cuestión económica o un mandato espiritual?

Aunque más abierto al diálogo que Juan Pablo II, el papa Benedicto XVI ha argumentado que no casarse y abstenerse de relaciones sentimentales o sexuales permite a los sacerdotes cumplir mejor su misión.

Sin embargo, y a pesar de las múltiples versiones sobre el origen del celibato, hay que esperar hasta la Edad Media el pontificado de Inocencio III, a principios del Siglo XIII, para que se dé a esa institución un carácter divino. Ya entonces la posibilidad de que un clérigo se casara era escasa, lo que llevó a casos de concubinato denunciados en esa época por cátaros y albigenses, considerados herejes.

La lápida al matrimonio de los presbíteros en Occidente la puso el IV Concilio de Letrán, que fue convocado por Inocencio III ante las "herejías" y la pérdida de poder de la Iglesia. Con el celibato se evitó que la jerarquía cargara con familias y disputas de herencia de los sacerdotes.

El clero chileno: unanimidad pública y disenso en privado

Las fuertes palabras de James Hamilton, un médico prestigioso, contra el exarzobispo Errázuriz, reabrieron el debate sobre el celibato, tema que ha sido revisado por políticos y académicos, pero no hay disidencias públicas en la Iglesia chilena.

En privado, hay sacerdotes que opinan que no pasará mucho tiempo hasta que se llegue a tener en Occidente un modelo similar al de las iglesias orientales: los sacerdotes se podrán casar, salvo los que aspiren a ser obispos. Claro que fundamentan esta idea no en la represión sexual, sino en la escasez de vocaciones religiosas.

Académicos distinguen entre represión y perversión

La investigadora de opinión pública Marta Lagos, fundadora de Latinbarómetro y de MORI Chile, dice que aún falta que la Iglesia debata sobre el celibato y el sacerdocio de mujeres. Se define como "católica, practicante y crítica".

El profesor, periodista y asesor de comunicaciones Óscar Carrasco cree que será bueno eliminar la obligación del celibato, pero aclara que no se debe confundir con otra discusión de fondo, que es la existencia de pervertidos en una institución religiosa y de sistemas de protección para ellos. No es lo mismo represión sexual, que perversión.

La asesora organizacional y publicista Ana María Nieto también estima que esto va más allá del celibato. Considera que los pedófilos eligen posiciones desde donde pueden ganar la confianza de sus víctimas, dentro o fuera del clero católico.

Los futuros posibles de una institución cuestionada

Hasta ahora el celibato es en Chile objeto del análisis de los laicos, pero la jerarquía chilena adscribe plenamente a la línea oficial vaticana.

Probablemente, sea la rebelión de los fieles la que impulse una revisión que exige distinguir entre asuntos económicos, deberes pastorales, opciones personales y el compromiso público de no tener sexo en una sociedad que toca temas que hace diez años no aparecían en la prensa.

Una apertura "desde arriba" sólo será posible si lo autoriza el poderoso Vaticano. Formalmente, la obediencia del clero común chileno es casi total, pese a las discrepancias en pasillos y reuniones privadas. Sólo serán públicas si Benedicto XVI, ante declaraciones de religiosos, opta por un debate sin trabas en lugar del castigo.

Hubo recientes nuevos pasos hacia una discusión abierta entre cardenales europeos; quizás llegue a ese nivel en un tiempo más en América y, en particular, en la conservadora sociedad chilena.