A diferencia de los Hobbits que fueron extraídos por completo de la imaginación del autor, la figura del enano ya existía en la literatura desde antes de que Tolkien escribiera El Hobbit, El Señor de los Anillos o El Silmarillion.

Pero en manos del autor inglés esta figura mitológica, también muy empleada por los autores medievales, cobró una nueva identidad.

Los hijos de Aüle

Los enanos imaginados por Tolkien eran altivos, indómitos, justos aunque no generosos, honestos y discretos.

El metro treinta y tantos que llegaban a medir pasaba desapercibido ante su fiereza en batalla y la contemplación de sus magnas construcciones bajo las montañas.

Habían sido creados por el Valar Aüle y aunque los elfos sostenían que para ellos no había vida después de la muerte, la raza enana sostenía que Aüle los llevaría a los salones de Mandos, donde se unirían a los hijos Ilúvatar.

Los enanos en El Hobbit

No es poca la relevancia de los enanos en la obra de Tolkien, Thorin junto con su compañía fueron quienes arrebataron a Bilbo de su cómoda existencia en la Comarca para llevarlo a la aventura en donde el hobbit tuvo el fatal encuentro con el anillo de Sauron.

Y si bien no lucharon en la guerra del anillo, su emisario Gimli, fue quien resolvió la legendaria enemistad entre elfos y enanos a través de su amistad con Legolas.

Tolkien, en su obra, había logrado limpiar el nombre de los enanos, que hasta entonces, en las diversas obras mitológicas y medievales, habían gozado de una terrible reputación.

Los enanos en las Eddas

Snorri Sturluson en su recopilación de las Eddas, sostiene que los enanos habían nacido de la descomposición del cadáver de Ymir, el gigante de escarcha.

Inicialmente eran tan sólo larvas arrastrándose a ciegas en su carne, símbolo de la tierra. Pero los dioses escandinavos les habían dado forma humana e inteligencia.

Otra versión de la Edda da a entender que los enanos siempre estuvieron aquí. Mudsognir y Durinn, los enanos primordiales, dice, crearon al resto de la raza enana.

Cuatro de ellos fueron elegidos para sostener el cráneo del gigante Ymir, transformado por los dioses en la cúpula celeste.

En ambos casos, y también para Tolkien los enanos eran seres telúricos. Habitantes de las montañas o de las piedras, únicos conocedores de los tesoros secretos de la tierra.

Los enanos como espíritus mezquinos

Claude Lecouteux, filólogo y medievalista considera que cuando en los textos tanto míticos como medievales se hablaba de un enano no se hace en referencia a su estatura.

La raza, dice el medievalista, podía adoptar a voluntad cualquier tamaño pues estaban dotados de la misma magia que poseían los gigantes.

Hablar de un enano, explica Lecouteux, era hablar de un espíritu mezquino. Etimológicamente, señala, la palabra enano (dverg, zwerc, dveorg) significa “torcido”, ya fuese en el cuerpo o, con mayor frecuencia en el alma.

Así los enanos hasta antes de J.R.R. Tolkien eran ladrones, embusteros y asesinos.

Artesanía, artificios y armas

Pero a pesar de su dudosa moral, los enanos –y este rasgo lo conserva Tolkien-

eran capaces de trabajar los metales y las piedras de forma ejemplar.

Ellos eran quienes habían otorgado sus mayores herramientas a los dioses: el venablo de Odín, el martillo de Thor, el collar de Freyja, la cadena con la que se había sujetado al lobo Fenrir.

Y con todo nada era regalado por pura generosidad, los enanos siempre sacaban provecho de las peticiones de los dioses. Freyja, por sólo mencionar un ejemplo, se vio obligada a yacer con cuatro de ellos para poder obtener su collar.

Los enanos y sus obsequios malditos

No era poco común que estos enanos pre-Tolkien también les hicieran presentes a los mortales. Pero la desgracia solía seguir al obsequio.

El anillo de los Nibelungos es el ejemplo más conocido. Pero la espada Dainslef, cuyas heridas eran incurables y que no podía ser envainada sin antes haber probado sangre humana, fue tal vez uno de los más abyectos de sus obsequios.

Ningún objeto venido de las manos de un enano estaba libre de sospecha, y sin embargo la fama acerca de su poder era tal que resultaba difícil resistirse.

Los enanos como emisarios de la muerte

Según Lecouteux existía una estrecha relación entre el mundo de los enanos y el de los muertos.

Los enanos podrían incluso haber sido la personificación de los “difuntos maléficos”. Sus nombres, señala, son reveladores de este aspecto: “Fallecido”, “Muerto”, “Cadáver”, “Frío” o “Enterrado” por ejemplo.

De los enanos nórdicos al gnomo de jardín

Durante la evangelización de la Europa septentrional, los sacerdotes cristianos se encontraron con que la gente, rendía culto a los elfos e ignoraba a los peligrosos y maléficos enanos.

Actuando en consecuencia, los clérigos se preocuparon poco por estos últimos y dirigieron sus esfuerzos de satanización hacia los elfos.

Poco a poco las creencias fueron invirtiéndose. Los elfos dejaron de ser los seres de luz que habían sido y degeneraron en duendecillos maléficos.

Los enanos por su parte resultaron favorecidos, recibiendo el crédito de las acciones antes adjudicadas a los elfos. El fruto final de esa lenta transformación fue el sonriente gnomo de cucurucho rojo que hoy en día se puede encontrar en diversos jardines.

Pero nadie podrá negar, a pesar de todo, que una evolución mucho más dichosa para los enanos fue la que corrió a cargo de la pluma de J.R.R.Tolkien.

Los orgullosos Señores enanos con sus enjoyadas cotas de malla, en sus mansiones de piedra bajo las montañas, estarán por siempre en la memoria de generaciones de lectores.

C.S.