Muchas de las películas más emblemáticas de Walt Disney se basan en cuentos de hadas o cuentos tradicionales. No obstante, hay muchas diferencias, como se aprecian en los tres ejemplos que se van a analizar.

La Sirenita, de Andersen

Para empezar se puede aludir a La Sirenita, cuyo título original, el que le diera Andersen, es La pequeña Ondina, aunque ya se conozca universalmente como La Sirenita.

Andersen centra muy bien los escenarios: la mansión de la bruja del mar, el castillo del príncipe y el barco del príncipe.

La ondina de la película de Disney es Ariel, una chica que renuncia a su voz por amor, pero que es recompensada por ello; en el cuento sufre mucho más, tanto que muere por amor y el final es dramático. No obstante, la ondina se convierte en hija del aire y no muere del todo. Disney la salva de morir y desvirtúa el relato, aunque la convierte en lo que de verdad deseaba ser: Hija de la Tierra.

En el relato, por supuesto, no aparece el cangrejo Sebastián ni otros personajes, que son simpáticos, pero que nada tienen que ver con Andersen.

La Cenicienta, de Perrault

En cuanto a La Cenicienta, de Perrault, el padre no ha muerto y se deja dominar por su esposa actual. Y la niña es una criatura dulce y bondadosa que sufre todas las tiranías de sus hermanas, no se acompaña por animales ni habla con ellos –como sí ocurre en la película-.

Es el hada madrina, que tampoco se parece en nada a la del film, quien le proporciona ir al baile. Pero hay dos bailes, y es en el segundo cuando se le cae la chinela de cristal. Bien, la Cenicienta se casa con el príncipe, pero –en el cuento no olvida a sus hermanastras y las casa “con dos grandes señores de la corte”.

La versión de Perrault se acerca más al espíritu cortesano y es en la que se basó Disney, no en la de los hermanos Grimm que es bastante distinta. Perrault, como Disney, narra un cuento dulce en que la boda es pomposa y colma los deseos de la joven.

La Bella y la Bestia, de Leprince de Beaumont

Si se alude, por último, a La Bella y la Bestia, de madame Leprince de Beaumont, se advierten también diferencias. Si la película se inicia con una antigua leyenda que condena a la Bestia, en el relato eso se conoce al final, porque empieza hablando de Bella, que es la hija de un comerciante, pero no hija única, sino que tiene tres hermanos y dos hermanas más, coquetas y vanidosas.

El padre se arruina y es Bella quien se queda a su lado. Cuando regresa de un viaje, el padre va a dar a la casa de la Bestia quien no es feroz ni sanguinario. Para dejarlo marchar, le pide a una hija a cambio y va la Bella que vive con él tres meses, sin sufrir ningún mal.

Bella aprecia a la Bestia, pero no se quiere casar con él y le pide regresar. Ella vuelve a casa, pero las hermanas la retienen y, finalmente, vuelve cuando Bestia está agonizando y lo salva de morir. Bestia se convierte en el joven apuesto que fue. No hay, por lo tanto, escenas grandiosas, ni fuegos de artificio, ni cacerías, ni existe Gaston, ni los objetos toman vida. Es un relato sosegado que muestra que la belleza no lo es todo.

Productos comerciales, fáciles de entender

Queda claro que Disney tiene otra finalidad, no pretende profundizar en mensajes, ni hacer que los niños piensen, a menudo se desvía del original e introduce episodios secundarios para rellenar la película.

Disney ofrece productos fáciles de digerir, efímeros, que duran lo que dura la película, que ofrecen magia y alegría y diversión; pero que no entran en honduras, que no tratan de enfrentar al niño a realidades más importantes.

Disney hace juegos malabares con los sentidos del público, vista y oído, con canciones, números espectaculares, brillantes, que hechizan, que asombran, que son soberbios, pero que se suceden –como ya dijo Bruno Bettelheim- demasiado deprisa.

Las películas de la Disney quieren conseguir el éxito inmediato, con lo cual no tienen tiempo de pararse en otros aspectos. Son productos comerciales que sirven para un momento, que son efímeros, aunque provocan el disfrute en el público.

Misión del cuento tradicional

El cuento –y eso no lo mantiene Disney- tiene una misión concreta que es dar herramientas para la socialización, que es proporcionar claves para el futuro del niño.

Ahora bien, eso solo supone constatar un hecho y en absoluto ha de restar méritos a las películas Disney, que no van por los caminos de los entresijos intelectuales, sino por los del impacto sensorial.