El propósito de los agustinos al igual que el de los franciscanos y dominicos fue predicar el catolicismo y para eso construyeron los conventos.

Los conventos de Actopan y Atotonilco el Grande, localizados a pocos kilómetros de Pachuca, la capital de estado de Hidalgo, permanecen como testigos de la imponente arquitectura de aquella época: puertas platerescas, sostenidas por largas y sólidas columnas, pinturas con motivos religiosos, esculturas, fuentes, pozos y huertas.

Cada conjunto arquitectónico cuenta una historia. Algunos fueron abandonados y se convirtieron en monumentos históricos; otros todavía ofrecen servicios religiosos, pero todos tienen un pasado fascinante.

Ex convento de San Nicolás de Tolentino

La luz ilumina la fachada de la iglesia de San Nicolás de Tolentino, en Actopan. Una quinceañera se coloca con sus jóvenes acompañantes justo en frente a la puerta para que le tomen una fotografía mientras la gente entra y sale del recinto. Nadie se detiene a mirar a torre de casi 38 metros de altura.

Al fondo, a la izquierda, se ubica la capilla abierta, cuyos frescos muestran escenas estremecedoras de su bóveda.

En los muros laterales, seis recuadros ejemplifican gráficamente los diferentes pecados y sus respectivos castigos: fauces que dan la bienvenida al sitio de los tormentos, serpientes a punto de morder a los pecadores, líquidos ardientes que abrasan la piel de los borrachos, y españoles que despedazan a los pecadores con unas pinzas.

En uno de los muros, con imágenes un tanto deterioradas, se encuentran plasmados la historia de la humanidad, el fin del mundo, el Apocalipsis y el purgatorio. En la parte superior se representa el Juicio Final: Cristo ha muerto y los muertos son juzgados para ir al cielo y al infierno.

A la derecha de la iglesia, lo que fuera antes el convento funciona como museo a pesar de su evidente abandono y la poca señalización.

Es esta una de las joyas arquitectónicas de la época colonial. Fray Andrés de Mata inició su construcción en 1550, y una de sus características más notables son nuevamente las pinturas murales que narran la historia de San Agustín y los santos beatos.

Templo y exconvento de San Agustín

Los frailes agustinos Alonso de Borja, Juan de San Martín y Gregorio Salazar arribaron a esta región en 1536 para evangelizar a los indígenas, pero el primero murió poco tiempo después y ocupó su sitio fray Juan de Sevilla, quién ordenó la construcción del templo.

En su portada aparece el relieve de una olla sobre el fuego de la cual emana vapor, que remite al nombre nahua del poblado: “lugar de agua caliente”, en alusión a sus aguas termales.

La fachada de la iglesia ostenta los restos de una torre con reloj. El interior, de una sola nave y cubierto por una bóveda de creería que recuerda el arte gótico, sorprende por su austeridad, lo que acentúa todavía más su grandeza.

El convento adjunto cuenta también con pinturas murales, aunque no están tan bien conservadas. En el cubo de la escalera aún se pueden observar las imágenes de los filósofos Sócrates, Platón, Aristóteles y Cicerón rodeando a San Agustín, el patrono de la orden.

A lo largo de la zona se encuentran otras construcciones, se edificaron para despertar una nueva conciencia y erradicar lo que se creía era mal. Lo que ahora permanece son los trazos de lo que estos fueron, sus pinturas murales y monumentalidad.