La medida del tiempo es una necesidad humana. Es subjetiva y va cambiando con las etapas históricas. Al campesino medieval no le interesa el cálculo de los espacios cortos de tiempo (horas, minutos, y segundos) que no puede medir, sino que se rige por un concepto de tiempo largo (las estaciones y los meses).

La Iglesia en la Edad Media, por su parte, implanta un concepto lineal del tiempo. La medida establecida en los escritos bíblicos y en los primeros documentos cristianos dirige al hombre hacia la Salvación. La existencia humana tiene un principio, la Creación, y un punto de destino, el Juicio Final. Paradójicamente la salvación del hombre empieza con el nacimiento de Cristo que divide la Historia en dos partes, partiendo del año cero, punto cronológico generalmente aceptado para el cómputo de la Historia.

Esta idea de un tiempo que nace y se dirige hacia la eternidad salvadora de Dios convive en la etapa medieval con otra heredada de la Antigüedad Clásica: el tiempo circular, el del Eterno Retorno, que se plasma en la Rueda de la Fortuna y en el calendario agrícola. La primera de ellas, abundante en la iconografía medieval y ampliamente conocida gracias a las cartas del Tarot, trasmitía a los hombres y mujeres de la Edad Media que nada permanece, que la suerte y el azar pueden hacer cambiar radicalmente nuestro destino. El segundo, era un ciclo natural y medía el tiempo circular, el formado por la rotación de las estaciones del año.

En medio de ambas ideas, la lineal trasmitida por la Iglesia, y la circular, dominada por la Naturaleza, se desarrollaba la vida de campesino medieval. Ambos mundos, el eclesiástico y el rural se regían por calendarios que, aun solapados en el tiempo, daban importancia a cuestiones diferentes. El de la iglesia celebrando las fiestas dedicadas a la conmemoración de la vida de Jesús y los santos; el campesino, midiendo las estaciones a través de las labores de campo. Uno seguía un ciclo litúrgico, el otro, natural. En realidad, ambos superponen sus fiestas ya que la Iglesia cristianizó aquellas fiestas agrícolas que, con una antigua tradición pagana, seguían celebrándose en el campo.

En los calendarios agrícolas los protagonistas son los campesinos, que visten sayos o calzas largas en las representaciones de los meses más fríos. Sin embargo, en ellos queda también simbolizada la sociedad, pues todos, eclesiásticos, caballeros y labradores dependen de la tierra y sus ciclos naturales para subsistir.

El calendario agrícola de San Isidoro de León

Existen en España diversas representaciones artísticas de las faenas agrícolas anuales. Un bello ejemplo es el calendario de Beleña de Sorbe, en Guadalajara. De estilo románico, está realizado en piedra en las arquivoltas de la puerta de la iglesia. En pintura destaca el calendario de San Isidoro de León.

La Real Colegiata Basílica de San Isidoro es un conjunto arquitectónico religioso construido en los siglos XI y XII. Su origen fue un monasterio dedicado a San Pelayo, niño mártir de Córdoba, que amplió sus dependencias gracias al poder de atracción que entre los fieles tuvieron las reliquias de San Isidoro, obispo de Sevilla en el siglo VII.

El Panteón Real, situado junto a la Basílica, alberga los restos de los monarcas e infantes del reino de León desde el siglo X al XIII. La espléndida decoración pictórica de sus techos y paredes ha hecho que sea considerado por muchos “la capilla Sixtina del arte románico”.

Su calendario agrícola refleja la sociedad rural de la Edad Media en León a través de representaciones de los meses del año y de las actividades propias de ellos. Es este aspecto es más bien un mensario, pues cada mes está representado por una actividad o símbolo, y no un calendario en el que se suceden los días y las semanas.

Los distintos meses del año, siguiendo la terminología del calendario romano, están simbolizados dentro de unos círculos que decoran la parte interna de los arcos junto a una figura de Cristo, el que rige el tiempo, denominada Cronócrator.

La simbología de los meses

  • Enero (Genuarius). Está representado con la apariencia del dios romano Jano bifronte, de donde deriva el nombre de este mes. Tiene dos caras, una mira al pasado y otra al futuro; cierra el año y abre uno nuevo, gesto que queda plasmado por dos puertas.
  • Febrero (Februarius). Dado que el frío de este mes impide la realización de las tareas agrícolas, está simbolizado por un anciano con capucha que se calienta al fuego.
  • Marzo (Marcius). Este mes, cuando las temperaturas comienzan a ser más suaves, se personifica en un campesino que poda las vides, lo cual facilitará la recogida de los frutos al final del verano.
  • Abril (Aprilis). Es una alegoría de la primavera: un personaje con brotes de árbol en ambas manos, como símbolo de la regeneración de la naturaleza y la fecundidad de la tierra.
  • Mayo (Magius). Aquí no se ha escogido una escena agrícola sino de la vida cotidiana: un soldado con escudo sobre un caballo se prepara para una campaña militar, ahora que el buen tiempo lo permite.
  • Junio (Iunius). Queda representado por un labrador segando cereal, uno de los alimentos básicos de la dieta del campesino medieval.
  • Julio (Iulii). En una escena muy similar a la anterior: un hombre siega el trigo con una hoz.
  • Agosto (Agustus). Queda simbolizado por un campesino trillando la mies con un mayal, utensilio que aún hoy se usa para golpear el cereal y está formado por dos varas unidas.
  • Septiembre (Setenber). La recogida de la uva por el agricultor es la actividad propia del mes de septiembre.
  • Octubre (October). Un porquero dando de comer bellotas a los cerdos es el símbolo de este mes, en el que el engorde de aquellos animales era fundamental para su matanza en el mes siguiente.
  • Noviembre (Novenber). En este mes, cuando comienza el frío que facilita la conservación de la carne, se realiza la matanza del cerdo. El 11 de noviembre, día de San Martín, es en muchos lugares el día que aquella actividad comienza, y que dio origen a la expresión popular “A cada cerdo le llega su sanmartín”.
  • Diciembre (Decenber). El último mes del año se asocia a un personaje sentado a la mesa. Se trata de un hombre con barba, que quizá simbolice el año viejo que está a punto de terminar, ante una copa y alimentos que bendice. Puede representar el banquete que se celebra en Navidad en honor al nacimiento de Cristo.
Hay quien opina que las pinturas de San Isidoro de Léon son algo más que un simple calendario agrícola, siendo en realidad una metáfora del paso del tiempo, pues en ellas no sólo están escenificadas las labores del campo sino también las actividades de los nobles y caballeros.