De los diferentes animales que pintó el genial pintor sevillano, los caballos han acabado ganándose un lugar propio en la Historia del Arte. Gracias a la aguda mirada del artista, comparten protagonismo con el retratado. Son un personaje más, que Velázquez pinta con maestría e incluso cierto mimo, advertido en los pequeños detalles como el dibujo de las crines o la expresión de los ojos.

Los caballos velazqueños

Son robustos y vigorosos, trasmitiendo al espectador sensación de solidez. Pertenecían a una raza especial creada para la caballería española, fruto del cruce de ejemplares flamencos, únicos por su fortaleza, con caballos andaluces de gran rapidez y elegancia. Estaban considerados verdaderas máquinas de guerra por la enorme fuerza y coraje que demostraban en el combate.

Podemos contemplar la destreza de Velázquez al pintarlos en varias de sus obras, como en “La Rendición de Breda”, en el que formando un conjunto con las picas y los soldados, los cuartos traseros de un caballo cierran la escena como un paréntesis, mientras, al otro extremo, la cabeza de un equino parece escuchar atento la conversación de los personajes más cercanos; o en “Caballo blanco”, donde el pelaje del animal contrasta con la oscuridad de fondo. Fue realizado por el artista en previsión de futuros problemas con el retrato del Conde-Duque de Olivares, donde aparece el valido como militar en combate, al modo de Julio César, pese a que nunca entró en batalla.

Ambos corceles se encuentran en la misma postura, en corveta, ensillados y de espaldas al espectador, en una postura clásica del arte barroco. A la muerte de Velázquez,”Caballo blanco” fue modificado añadiéndose una figura de Santiago Matamoros. Afortunadamente, durante la restauración el apóstol fue borrado y hoy luce el soberbio animal tal y como lo concibió el artista.

Retratos ecuestres de Velázquez

En la Corte española de los Austrias, un hombre distinguido presumía de sus dotes como caballista. Por ello Velázquez en sus retratos oficiales dota de majestuosidad a sus modelos sobre un caballo al que gobiernan con destreza.

El pintor sevillano trabajó para los reyes Felipe III y Felipe IV como pintor de corte. Su principal labor era retratar a los monarcas ensalzando no sólo su figura, sino también la imagen de la monarquía misma.

En sus pinturas ecuestres, el soberano mira desde lo alto de su montura como si estuviera sobre un trono ambulante. Normalmente lleva los atributos militares inherentes a su cargo: bastón de mando, insignias, coraza, banda de gala, etc. El caballo, por su parte, aparece en corveta, postura que no sólo demuestra la destreza del jinete, sino también su poder y dotes de mando, cualidades que otorgan al rey un inequívoco aire de dignidad.

Los caballos de Velázquez en el Salón de Reinos

El Salón de Reinos formaba parte de desaparecido Palacio del Buen Retiro, construido por Felipe IV, y del que hoy sólo quedan algunos edificios integrados en el Museo de Prado. Uno de ellos, el antiguo Museo de Ejército, alberga la citada estancia para cuya decoración realizó Velázquez cinco retratos ecuestres, los de Felipe III, su esposa Margarita de Austria, Felipe IV e Isabel de Borbón y el hijo de ambos Baltasar Carlos. A éste último, un niño de tan sólo seis años, lo representa vestido como un general, montando una jaca que al galope y en escorzo parece querer saltar sobre el espectador que admira la obra desde abajo, pues el cuadro se realizó para situarse en la parte superior de la puerta.

Los retratos ecuestres de Felipe III y Margarita de Austria

En “Felipe III a caballo”, no todo el lienzo es obra de Velázquez, aunque sí el corcel, el brocado y sus arreos, siendo el resto una obra de taller bajo su supervisión. Tanto la figura del rey como su montura se recortan sobre un paisaje costero y un punto de vista bajo que realza ambas figuras al situar al espectador en un plano inferior, sensación que se acentúa al estar el caballo en corveta.

A pesar del detallismo de la indumentaria del soberano – que incluye la mítica perla Peregrina- se advierte más cuidado en el dibujo de la cabeza del caballo, cuyas rizadas crines cubren las riendas y nos obligan a dirigir la mirada hacia su frente adornada con un lazo rojo sobre un tupido flequillo.

También el retrato ecuestre de Margarita de Austria fue obra del taller de Velázquez, que a su regreso de Italia revisó y corrigió parte del lienzo. Son claros sus trazos en el caballo que mantiene el paso, posición tradicional para representar a las reinas por la elegancia que otorga a la figura que parece formar parte de un desfile. La cabeza baja del corcel muestra el respeto y el ritmo pausado que debían tener las comitivas reales y la soberbia impresión que debía causar un caballo tan grande como esta hacanea baya de morro blanco.

Los retratos ecuestres de Felipe IV e Isabel de Borbón

En ambos sigue Velázquez la misma técnica de dibujo y composición. Felipe IV, sobre un caballo con las manos alzadas sobre el suelo, muestra su habilidad de jinete con sus galas militares.

La firmeza del trazo en este caballo bayo, cuya mancha blanca en cabeza y patas delanteras destaca sobre el paisaje verde del fondo, nos habla de su elaboración, ya que posiblemente Velázquez tomó apuntes del natural en las caballerizas reales. Su cabeza mira hacia la derecha y tanto su expresión como la posición de sus manos nos recuerdan a la escultura de bronce que de este mismo soberano se alza en la Plaza de Oriente de Madrid, obra de Pietro Tacca y en cuya estabilidad trabajó el mismo Galileo.

Para el retrato de Isabel de Borbón, Velázquez dibujó un hermoso caballo que parcialmente queda oculto por la gualdrapa y el manto de la reina, lo cual obliga a fijar la atención en su parte delantera. Con un poderoso cuello, este hermoso caballo blanco camina al paso, mirando al frente y con unas crines que le tapan parcialmente la cara.

La indudable habilidad de Velázquez logró que los cuadros citados, que hoy forman parte de la colección del Museo de Prado, se convirtieran en toda una propaganda política y en un símbolo de la hegemonía de la Casa de Austria.