La bufonería no es un fenómeno exclusivo de la Edad Media. Huellas de su existencia se constatan en tiempos y culturas tan dispares como la China imperial, el Japón shogun, o la Antigüedad grecorromana.

Antecedentes del bufón

Es sabido que Bleda, el hermano de Atila, el "Azote de Dios", iba siempre acompañado de un bufón llamado Zerco. Igualmente, muchas obras de autores clásicos como Marcial o Séneca incluyen citas sobre bufones que demuestran su extensión en la sociedad romana. La Grecia antigua contó incluso con una especie de "patrón" de los bufones: el dios Momo.

Personificación de la risa, la burla, la sátira, Momo es habitualmente representado como un arlequín enmascarado, con un palitroque rematado con una cabeza de muñeco burlón, símbolo de la locura -aspecto que evoca, claramente, la imagen preconcebida de los bufones posteriores, medievales-, sus apariciones en los mitos son escasas aunque destacables, por ejemplo como árbitro en ciertas disputas entre Atenea, Hades y Hefestos. En sí mismo, Momo sintetiza a la perfección el carácter general del bufón, como concepto.

Un cómico medieval

La imagen estereotipada del bufón como un clown típico del Medievo, personaje caricaturesco, normalmente feo, deforme o enano, dedicado a la siempre compleja profesión de divertir con sus juegos, acrobacias y chistes, o con su físico -que, por extraño, era objeto de burla-, a su auditorio, los señores feudales y sus cortes, sigue siendo un lugar común. Símbolo de toda una época, la medieval, por más que se sepa que los hubo antes y después (como profesión, perduró en Francia hasta el siglo XVIII, y en Alemania hasta el XIX).

El bufón, cómico o payaso, no debe confundirse con el juglar, si bien pueda parecer que, durante algún tiempo, ambos personajes compartían un modus vivendi similar.

Especialmente, el término juglar (o trovador) será utilizado durante la Baja Edad Media para definir estrictamente a los cantores del llamado amor cortés; poetas itinerantes que acompañaban sus largas narraciones épicas (cantares de gesta), con la música de un laúd, cítara o lira, y de vida nómada, pues se ganaban la vida deambulando de castillo en castillo, de plaza en plaza.

Los bufones, en cambio, solían ser más sedentarios, establecidos en la casa de un señor concreto. Era habitual que cada castillo contara con su propio bufón "de corte", encargado del divertimento de sus amos e invitados, buscando crear un ambiente lúdico o despertar la risa en su público.

Su trabajo no consistía tanto en transmitir un saber acumulado o noticias de lugares lejanos, en forma de relatos épicos -caso del juglar- sino más bien amenizar la velada, entretener, divertir en un amplio sentido, usando todo tipo de recursos: cabriolas, malabarismos, chistes, ironías, burlas -a veces, incluso de los presentes en sus actuaciones-, opiniones graciosas,...

Esto no implicaba que juglares y bufones no emplearan técnicas similares para atraer la atención o el interés sobre sí mismos. Así, no era raro que los trovadores ejecutaran durante sus recitales sorprendentes piruetas, o introdujeran anécdotas humorísticas, destinadas a aligerar el peso quizás excesivamente trágico de sus argumentos principales.

A la inversa, los bufones no dudaban en añadir a su repertorio cancioncillas o poemas, ocasionalmente acompañados por el son de instrumentos musicales pero, en su caso, su habilidad musical no era tan absolutamente indispensable como entre los trovadores.

Del bufón no se esperaba a priori habilidad en el canto o la rima, cosa que sí al juglar. Si gozaba de tales cualidades, mejor; pero en caso contrario, incluso podía resultar más divertido verlo entonar desafinadamente, potenciando el sentido del absurdo.

Esta diferenciación entre bufón y juglar era bastante más importante de lo que podría parecer en principio, pues en ciertos momentos llegó a suponer para uno y otro un elemento de aprobación o reprobación social: cuando Rodolfo de Habsburgo ordenó desterrar a todos los juglares de su corte, su mandato no afectó a su bufón Capadoxo, por lo demás queridísimo por el Emperador.

Bufones cortesanos

El bufón de la corte daba, con su mera presencia y sus actuaciones una nota de colorido, humanidad y alegría a la atmósfera generalmente seria y fría del palacio señorial. Gracias a él, el rígido protocolo se relajaba, las inquietudes del señor o sus allegados desaparecían, o al menos se difuminaban momentáneamente. No había fiesta o banquete que no contara con su bufón, tan indispensable como el vino.

Algunos bufones, especialmente afortunados, gozaron de una alta estima por parte de sus señores, llegando a obtener incluso títulos nobiliarios como hidalgos (como en la corte de Felipe IV; famosos son los bufones enanos retratados por Velázquez), o a servir como consejeros de nobles y reyes. Por tanto, participaban activamente en la vida de su tiempo, no solo en la social (fiestas), sino también en la política, interviniendo eventualmente en conspiraciones o arbitrando en disputas caballerescas.

Esto era algo natural, pues de la boca del bufón solían salir, en forma de ingeniosos chistes o sutiles críticas, aplastantes verdades que, nadie excepto él, era capaz de pronunciar, en medio de un ambiente cortesano plagado de farsantes y aduladores. Esta cualidad, en sí, explica también el afecto que podían sentir los amos hacia sus bufones.

Pero el rol del bufón, situado en un plano liminar entre la sociedad real y otra sociedad más ligada al mundo de los locos o los llamados tontos sabios, lo que les confería amplios márgenes de libertad que nadie más disfrutaba, debían igualmente tener mucho cuidado en sus actos.

Pues lo mismo que decían verdades incómodas camufladas bajo un chiste o ironía, herían sensibilidades y lanzaban afrentas; aconsejaban a sus amos, pero también se burlaban de ellos a veces. Y reírse descaradamente del poder, en un mal momento, podía acarrear desgracias.

Teóricamente, el bufón podía decir lo que quisiera, pues dada su comicidad, se le perdonaba implícitamente todo; pero, una vez desaparecido su protector, o si éste encajaba mal una broma, sobrevenía la calamidad. Célebre es el caso del bufón de Margarita de Navarra, quien, tras vivir largos años de prosperidad junto a su querida princesa, murió triste y mísero, cuando ésta murió.