Dentro de su faceta de animalista, Velázquez es ampliamente conocido por sus dibujos de caballos. Las restauraciones de sus grandes obras hacen visibles los arrepentimientos del artista, que busca la perfección y el equilibrio en cada una de sus poses.

Velázquez gran pintor animalista

Sabemos que realizaba bocetos del natural en las caballerizas reales, aunque también trabajó con caballos disecados, como en el retrato del príncipe Baltasar Carlos. Pero además pintó otros animales cuyas expresiones compiten con el personaje principal del cuadro, o son el protagonista del mismo. “Cabeza de venado” es uno de ellos. No todos la atribuyen a Velázquez, aunque los catálogos oficiales de su obra así lo afirmen. Quizá el modelo fue una pieza cazada por Felipe IV, quien pidió al pintor que la inmortalizase para decorar algún pabellón de caza.

Los perros en la obra de Velázquez

La equitación y la caza eran dos de las actividades más habituales entre los reyes de la Corte española. Ambas preparaban el carácter para la batalla y constituían un eficaz ejercicio donde se demostraba habilidad, ingenio y fuerza. Tres de las cualidades que todo soberano debía poseer.

Si el retrato ecuestre mostraba al rey como jefe militar, no es menor la propaganda política de los retratos de los soberanos o príncipes como cazadores. En ellos no podía faltar el perro, muy unido en la mitología griega a la caza a través de la figura de Diana y símbolo, desde la época medieval, de la fidelidad.

Reyes y príncipes cazadores

En “Fernando de Austria, cazador” realiza un soberbio retrato del hermano de Felipe IV. El cardenal-infante aparece de pie junto a un podenco color canela, animal muy apreciado por los cazadores por su excelente olfato y aguda visión. Quieto y majestuoso parece obedecer una orden de su amo mientras mira ausente a la lejanía.

Velázquez realizó otros dos cuadros de la misma temática y parecida factura para decorar la “Torre de la Parada”, pabellón en los Montes de El Pardo en Madrid, donde celebraban los reyes sus monterías. Uno de ellos es el de “Felipe IV, cazador”, donde el rey aparece junto a un mastín de cara negra que mira al frente y que el pintor sevillano ha retratado con todo lujo de detalles.

Muy distinta es la actitud de los canes que acompañan a Baltasar Carlos. Velázquez pintó al príncipe heredero, con seis años de edad, ataviado como un cazador y flanqueado por dos perros de muy diferente talante. A la izquierda del cuadro un perdiguero blanco y canela descansa adormilado en el suelo. Quizá el pintor lo retrató así por razones de proporción, pues de haber estado en pie, su tamaño hubiera eclipsado al pequeño príncipe. A la derecha del lienzo, surgen la cabeza y las patas delanteras de un galgo castaño claro, que haría pareja con otro animal de la misma raza que don Fernando, tío del príncipe, le había enviado desde Lombardía. Una posterior reducción del lienzo suprimiría a uno de ellos dejando tan sólo la sección delantera del otro.

El mastín al que Nicolasito Pertusano molesta con su pie en “Las Meninas” está considerado un personaje más de esta famosa obra. Velázquez lo plasmó manso y noble, dormitando en el suelo de la estancia, e impasible ante la actitud retadora del criado, tal y como son los ejemplares de esta raza, excelentes como animales de compañía.

Infantes y bufones con perro

Existen otros retratos en los que Velázquez prestó especial atención a la expresión de los perros que acompañan al personaje central. Uno de ellos es el que realizó al príncipe Felipe Próspero con apenas tres años de edad. Su nacimiento fue muy celebrado en toda la Corte, siendo muy pronto declarado heredero, puesto vacante tras la desgraciada muerte de su hermano Baltasar Carlos.

Felipe Próspero, sin embargo, fue un niño enfermizo y débil, y el cariño con que Velázquez lo retrata no logra ocultar la falta de vitalidad que la enfermedad refleja en sus rasgos. Lo dibuja adornado de amuletos y con una campanilla de plata para ahuyentar los malos espíritus según la creencia de la época, mientras se apoya en el respaldo de un sillón donde un perrillo mira fijamente al espectador.

El retrato del perro es una obra de arte en sí misma y el pintor logró plasmar un instante único en su mirada. Sus grandes ojos negros y tristes, parecen presagiar la cercana muerte del pequeño príncipe, recordándonos que “Las historias registran más ejemplos de fidelidad de perros que de amigos”, como dijo el poeta inglés Alexander Pope.

Diferente es el retrato de Antonio “el inglés” con un perro, obra que no todos atribuyen a Velázquez. En ella, el bufón de Felipe III sujeta la correa de un mastín que parece más grande junto a la pequeña talla del hombre.

Otros animales en la obra de Velázquez

La obra velazqueña incluye también leones, cuervos, monos y gatos que no sólo alegran la escena, sino que tienen un significado simbólico. Esto es lo que opinaba el que fuera director del Museo del Prado, Pérez Sánchez, para quien el felino que juguetea en el suelo con la lana en “Las Hilanderas”, representa la libertad doméstica y “la sumisión del buen súbdito”. Ideas ambas que refleja la “Iconología” de Cesare Ripa, libro que se encontraba en la biblioteca personal de Velázquez.

Los “Tres Músicos” (Museo de Berlín) es una obra burlesca que refleja la alegría de las tabernas sevillanas. Velázquez introduce en la escena a una pequeña monita blanca con la cara negra, animal que según la tradición estaba vinculado al vicio.

Es interesante repasar con detenimiento la obra de este genial pintor del Barroco para descubrir otros animales, como el cuervo de “San Antonio Abad y San Pablo”; el león, símbolo universal de la realeza y que simplemente esbozado aparece a los pies de un retrato Felipe IV o la ternera, animal en quedó convertida por Zeus la bella Io y que emerge al fondo de “Mercurio y Argos”.

Todo ello nos demuestra que la obra de Velázquez está llena de simbolismo y de pequeños detalles que hacen sus lienzos irrepetibles.