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La serie “House, M. D.”, creada por David Shore y merecedora de numerosos galardones y nominaciones, ya va por su sexta temporada. “House” es un serial que, por lo general, el espectador ama u odia. No suele haber términos medios. El seguidor de las peripecias médicas de Gregory House se convierte en un fanático incapaz de perderse un episodio. Otras personas, en cambio, han dejado de seguir las nuevas temporadas; su comentario suele ser el mismo: “Ya no lo veo. Siempre es igual”. Dicho comentario ha sido oído por el autor de este texto en numerosas ocasiones.
¿Siempre es igual?
Esa es la pregunta que el espectador debe hacerse. La respuesta es fácil. El esquema argumental de cada capítulo es siempre el mismo: un caso que desafía la experiencia del doctor y su equipo médico, complicaciones del paciente justo cuando creían que estaba curado, recaídas y falsos avisos de mejoría y, al final, cuando todo parece perdido y piensan que el enfermo irá a la morgue en breve, House resuelve el acertijo por una casualidad, por un desvío de la conversación o porque un comentario suyo o de un tercero le proporciona la llave para despejar la incógnita.
En ese sentido, los guiones siguen un patrón establecido. No suelen apartarse del modelo inicial, salvo en casos puntuales (el seguidor de la serie recordará aquí, por ejemplo, el capítulo en el que Greg y su colega James Wilson viajan para asistir al funeral del padre del primero).
Esto no debería ser malo o censurable. Es costumbre que el serial, la obra por entregas, no se aleje del esquema. Ahí están las películas de la saga de James Bond: el guión es idéntico en sus planteamientos, nudos y desenlaces, y sólo cambian los escenarios y el rostro de las mujeres y de los villanos, cuyas intenciones siempre son las mismas.
¿Importa que siempre sea igual?
Esta es la segunda pregunta que el espectador debe hacerse. La respuesta tampoco es difícil: no. No importa. Porque, de hecho, y eso es evidente desde la primera temporada, lo que a los productores y guionistas de la serie les preocupa es el personaje de Gregory House y su evolución. Lo demás son afeites.
House, como reclaman en uno de esos grupos de Facebook, bien podría ser un veterinario y los patrones no distarían demasiado del original. House podría ser un detective a la caza del asesino. O un forense. Incluso un investigador del seguro.
Lo que importa, pues, en “House, M. D.”, es el personaje. El hombre experto e inteligente que desafía a lo establecido y resuelve los enigmas que le ponen encima de la mesa.
Los espectadores que critican la serie y admiten que ya no la ven, que se han cansado del modelo, deberían aceptar que sus creadores no buscan cambiar el esquema argumental, sino que les importa sólo el desarrollo de dicho personaje. En pocas palabras: lo que importa es cuanto le sucede a House.
¿El éxito pertenece a Gregory House o a Hugh Laurie?
Es evidente la respuesta, también aquí. El éxito es el personaje.
Hugh Laurie, un gran actor medio camuflado en producciones inglesas y superproducciones norteamericanas, y casi siempre metido en papeles secundarios, apenas es recordado por su papel en “Los amigos de Peter”, dirigida por Kenneth Branagh. El éxito le llegó con la serie, algo tarde: a los 45 años.
Sin embargo, dicho personaje es grande precisamente porque está en las manos adecuadas. Quizá otro actor, un actor distinto, le hubiera conferido otros matices. En un error de casting, House podría ser un tipo al que el espectador despreciara absolutamente. Y el éxito de Laurie/House consiste en caer bien a pesar de ser una persona despreciable y con pocos escrúpulos.
Es lo que ocurre con otro personaje célebre (Tony Soprano), a quien el espectador televisivo adora porque James Gandolfini lo interpreta a la perfección en “Los Soprano”.
Se trata de personajes amorales y muy difíciles que, merced al talento de Gandolfini y Laurie, se hacen querer. Pese a sus decisiones. Y la distancia entre ambos no es tan enorme, aunque uno sea mafioso y el otro médico: a House no le importan en realidad los pacientes, sino resolver los enigmas; a Soprano no le importa si las personas mueren o no, sino aumentar sus beneficios.
¿Hay evolución?
Desde luego que la hay. Y el fanático de la serie lo sabe.
House va cambiando, mientras quienes le rodean siempre tienen las mismas inquietudes y los mismos intereses (tener un niño, en el caso de Cuddy; casarse, en el caso de Chase y Cameron; consolidar una relación, en el caso de Foreman y Trece…), porque en el fondo sus actitudes son siempre las mismas. Cameron siempre será la buena samaritana con conciencia. Wilson, el Pepito Grillo de House y su comparsa. Cuddy, la jefa agobiada de responsabilidades y obstinada en hacer lo correcto, como corresponde a su cargo. Etcétera.
House evoluciona. En la última temporada, y tras su reclusión en un sanatorio mental, aprende a comportarse en algunos casos. Cuando se enamora (de Cuddy, en este caso; o de la mujer a la que conoce en el sanatorio, interpretada por Franka Potente), sufre. Ya no es el hombre que pasa de las mujeres. Ya no es el canalla que las deja colgadas. Ver a este respecto los episodios en los que la mencionada mujer (Franka Potente) le anuncia que prefiere continuar con su matrimonio. O en el que descubre que Cuddy está liada con el detective.
Se puede decir que la evolución consiste en que el personaje, poco a poco, va humanizándose. Por múltiples razones. Aunque el House de los últimos episodios que pasan estos días por la televisión utilice las mismas maneras escandalosas, provocativas y maleducadas de los primeros episodios, se ha operado un cambio.
Los guionistas inventaron a un médico en la línea de Sherlock Holmes. Hugh Laurie lo ha convertido en una sabia mezcla de Holmes y Clint Eastwood, con un toque gamberro y canalla que vuelve loco al espectador.
