"Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras" William Shakespeare

Tan necesario es el exterior como el interior, es como la capacidad de pensar sin cabeza, de andar sin pies, de escuchar sin interrumpir, es la lengua del corazón, en música el silencio se escribe, disfrutamos de él tan poco que cuando nos lo encontramos, y no lo buscamos, nos asusta, nos descoloca, y no sabemos como actuar. Hacer nada, es lo correcto.

Dejar que nos invada, que recorra nuestra mente y que, como un borrador, limpie las huellas mal sonoras que acumulamos.

De donde y porque proceda el silencio, es básico para que sea constructivo o destructivo, no es lo mismo generar silencio interior que recibir silencio como respuesta. A veces el silencio oculta y otras muestra.

¿Por qué guardamos silencio?

En ocasiones callamos porque no tenemos que decir nada, o porque tenemos tanto que decir que es mejor no decir nada, otras simplemente es miedo a ser juzgados, a expresarnos con sinceridad a decir libremente lo que piensas o lo que sientes. El silencio es un vacío lleno de palabras, es un lugar donde está todo lo que queremos y no queremos decir, para no escucharnos, para que no nos escuchen. Allí se anclan días de pensamientos, tardes de recuerdos y noches de confusión.

Aunque la sabiduría popular dice que "quien calla, otorga", el silencio no siempre es un "sí"; a veces demuestra la incapacidad de las personas a reaccionar de inmediato, creando la frustración y el desconcierto de quien lo recibe y dando lugar a diferentes interpretaciones.

Se puede guardar silencio como mecanismo de defensa, a modo de desconexión con una realidad que no nos gusta, que no queremos asumir y que guardando ese silencio le restamos importancia e incluso a veces se desvanece.

Sea cual sea la razón por la que cada uno guardamos silencio, en cualquier ocasión, no debería ser la huida a situaciones que la vida nos pone de frente, y que hoy podemos esquivar, pero mañana volverán a estar ahí.

Tipos de silencio

El silencio siempre tiene que ser sincero, se puede callar sin cerrar el corazón, se puede ser discreto, sin ser sombrío. El silencio prudente, es el que debemos tener cuando debemos callar oportunamente.

El silencio prefabricado o el que calla para sorprender, desconcierta a los que declaran sus sentimientos y reciben a cambio la nada del silencio.

El silencio inteligente, aquel que aplicamos al escuchar sin contradecir, al demostrar el agrado que nos da una conversación o una forma de actuar que la ausencia de palabra es capaz de decir lo que nuestros gestos expresarían.

El silencio del rencor y del desprecio, cuando alguien al que hablamos no responde sino con frialdad, orgullo y silencio. El silencio como comportamiento, aquel que esconde personalidades que jamás se muestran del todo, que no dicen todo lo que piensan, que no siempre explican su conducta y que no siempre responden claramente para no dejarse descubrir.

El silencio pacificador, el que buscamos dentro de nosotros, con el que apartamos a un lado pensamientos, memoria, deseos y preocupaciones, abriendo paso a la armonía y a la serenidad.

Lo bueno y menos bueno del silencio

Puede fortalecer o puede debilitar, de hecho existen las llamadas enfermedades del silencio, como puede ser la depresión, los trastornos alimenticios o cualquier otra causa que nos lleva a ese hermetismo emocional que a veces, incluso las personas más cercanas, no aprecian ni son conscientes de ello, tan solo el que lo guarda en silencio.

Los problemas, las frustraciones, las insatisfacciones o los miedos no se curan ni se resuelven con el silencio. Lo más probable es que hagan mella y se somaticen de la forma que menos deseamos. Aquí, si, hablemos en lugar de callar.

Al silencio hay que escucharle, interpretar lo que nos quiere decir. Usarlo a modo de reflexión, de aprendizaje, de creación, de renovación y rendirle el respeto y aprobación que se merece por su capacidad, a veces, de decir tanto con nada.