
- Marcel Proust - eltiempo.com
El autor de "En busca del tiempo perdido", era visto por la sociedad que le rodeaba, como un joven de frágil salud, un parásito de los grandes salones parisinos y un ser pusilánime y de poco espíritu. Sin embargo, en aquellos primeros años de formación personal, Marcel Proust empezaba a fraguar bajo su penetrante mirada, los esbozos de la memoria que, tiempo después, darían paso a la monumental obra de este genio literario.
Primera novela y primera crisis
En el año 1896, apareció su primer libro, "Los placeres y los días", donde ya se reflejaba su singular talento. No obstante, su inseguridad ante la sociedad y ante el arte eran latentes. En la Francia del S. XIX, ser homosexual, judío y burgués-aristócrata no era la combinación más fácil de llevar. Así pues, Proust sentía que su estilo de vida y sus circunstancias personales cada día le reportaban un mayor tedio. En definitiva, veía su existencia como una cosa malgastada y una pérdida de tiempo.
La búsqueda del método
Paralelamente a este infinito tedio, Proust continuaba impregnándose de pintura, música y literatura. Su deseo más urgente, era plasmar sobre el papel, las impresiones más etéreas. Captar los sueños, con el objetivo de que éstos le revelaran una información fundamental, para así comprender, dar sentido y disfrutar de la vida, se convirtió en su actividad principal. Pero el malestar persistía, no encontraba la manera, el método y el tono para llevar a cabo ese proyecto.
Tentativas y frustraciones
Proust era capaz de rememorar fragmentos de una conversación, melodías, aromas o sabores que le asaltaban así, de improviso. Una determinada luz al atardecer, el reflejo de una nube sobre la cristalina agua de un estanque o un ligero viento sobre la cara, le producían un estado de alegría intenso. Pero para encontrar el secreto de estos fenómenos, era necesaria una fuerza creadora que transportara los destellos de la vida, al mundo de la escritura. El malestar le asaltaba constantemente, pues, consideraba que para esa tarea, se precisaba una disciplina de trabajo que él no creía tener. Proust se reconocía como un hombre con talento, como alguien cuyo futuro era literario y que solo a través de la literatura encontraría la salvación. Aun así, la frustración lo devoraba. Lo intentaba una y otra vez, pero siempre sin éxito.
Instinto contra intelecto
Fueron pasando los años y Proust, con una actitud obstinada, iba llenando papeles, esbozando y trazando retales de escrituras, tratando de contener el mundo dentro de un libro pero los resultados seguían sin ser satisfactorios. En cierta ocasión, fiel a sus principios y su personalísima filosofía de vida, llegó a postular que al instinto se le debe asignar un valor superior que al intelecto y desarrolló esta tesis en el célebre ensayo póstumo "Contra Sainte-Beuve".
La magdalena de Proust
La determinación del escritor decidido a entregar su vida a la literatura, se abrió paso entre la maleza del desconcierto y las insatisfacciones. En la novela "Jean Santeuil", editada tiempo después de su muerte, aparece con claridad, el germen de la que después será su obra capital: "En busca del tiempo perdido". En esta obra maestra, se nos muestra con simplicidad, el poder evocador que puede tener en la memoria de un hombre, el sabor y el aroma de una magdalena. El narrador, a partir de la impresión de sus sentidos, inicia el recuerdo de su infancia, y por extensión, el de toda una vida.
La lucha contra el tiempo
En el año 1911, se lanza hacia el abismo de su proyecto más ambicioso. Consciente de que la muerte lo aguardaba, su consigna personal era bien clara: ¡escribir su vida! Ahora bien, la vida reflejada en la literatura, no era su vida real, sinó la que le hubiera gustado vivir, dándole así un sentido a través del arte. Reafirmado en su convicción, se encerró en su habitación forrada de corcho e inició una titánica lucha contra el tiempo. Así fué desgranando los elementos que hasta ese momento se le habían ido resistiendo. A fuerza de luces e inspiraciones, fue desvelando los territorios más inaccesibles de su interior, para mostrar el mosaico de su vida. La empresa de Proust, tomaría forma de pura literatura en este buque insignia de 3.000 páginas escritas a mano en cuadernos escolares. "En busca del tiempo perdido" otorgó a su autor la conquista de un tiempo muy valioso: el tiempo ulterior a su propia muerte.
