Resulta sorprendentemente increíble que las antologías, sean líricas, narrativas, o de otro género, no solamente españolas, sino de la literatura universal, recojan casi exclusivamente literatura hecha por hombres.

Por supuesto hoy en día gozamos de la oportunidad de leer antologías de autoras, de escritoras. Específicamente mujeres que escriben. Normalmente son selecciones del siglo XX, ediciones pensadas para visibilizar y dar voz a la mujer, a sus ideas y su verdad: Niñas malas, mujeres perversas; Madres e Hijas; Antología poética de escritoras del siglo XIX; Caperucitas, Cenicientas y Marisabidillas, selección de Ángela Carter, etc.

Pero cuando hablamos en términos genéricos de antología, una antología de un período determinado de la literatura, de un siglo en concreto, de un movimiento literario, o de un período amplio, sorprende, sorprende mucho, ver a tan escasas mujeres representando las listas de ingenios. A escasas o a ninguna.

La labor de la misoginia en el inconsciente colectivo de lectoras y lectores

No es tan increíble si tenemos en cuenta que la literatura recoge una tradición misógina en sus diferentes géneros y subgéneros. Tradición que respiraba ya en la cosmovisión del mundo de las mentalidades grecolatinas y que consecuentemente se volcó en los distintos cauces de las convenciones literarias occidentales.

La bacteria misógina ya se encuentra en poemas anónimos muy populares del siglo XI y XII, ello demuestra que se hallaba en el universo simbólico humano mucho antes de estas composiciones. En el poema anónimo "Bajo un cierto árbol", el carácter popular se ejemplifica en la construcción anafórica que lo vertebra y que posibilitaba la transmisión oral, al servir de figura estilística y al mismo tiempo mnemotécnica:

"La mujer es la entraña de la serpiente que nos atrapa.

La mujer vuelve ineptos a los sabios que engaña (...)."

La naturaleza oral del poema nos habla de que tanto el tema como los puntos de vista expuestos en él eran lo suficientemente comunes, como para saltar a una composición y ser transmitida "de boca en boca" perpetuándose en el tiempo.

En pleno siglo XIII, el hermano de Alfonso X "El Sabio", el príncipe Federico, insistió con ahínco reiterado a su hermano en la idea de crear una versión del Sendebar en castellano, convirtiéndose así en patrocinador de una traducción de dicha obra del árabe al nuevo romance que se gestaba en el reinado alfonsí.

Amador de los Ríos, recopilador de aquellos versos, dio nombre a tal obra desde estas palabras: "Plogo e tovo por bien que aqueste libro de áravigo en castellano para apercebir a los engañados e los asayamientos de las mugeres". Esto es, para "...apercibir a los engañados de los ensañamientos de las mujeres", para que los hombres, nos referimos a los seres humanos de género masculino, se apercibieran de los desmanes y maldades femeninos de los que seguramente habían sido objeto alguna vez. Era una obra "verazmente" divulgativa que se publicó como entretenimiento. Se tituló Sendebar o Libro de los engaños. Destilaba cierto aroma sardónico y mordaz por cuanto de risible tenían aquellos que caían "tan bajo" como para ser engañados por mujeres. Por ello era tan entretenida.

No es tan increíble la escasez de autoras a lo largo de la Historia de la literatura si tenemos en cuenta que dicho conocimiento estuvo vetado a las mujeres durante la Edad Media y en épocas posteriores. La inercia misógina generada por el pensamiento aristotélico y otras corrientes filosóficas y del conocimiento, e incluso espirituales, como la ascética española (San Agustín, Santo Tomás de Aquino) continuarían influyendo en la literatura Renacentista, Barroca y después Neoclásica. Rousseau por ejemplo, fue un destacado ilustrado y también un beligerante misógino que influyó en la literatura y en la filosofía occidental posterior.

La mujer en la investigación literaria

Sin embargo, sí que parece curioso que esta presencia velada de la mujer en la literatura no haya sido investigada mucho antes, o que no se haya plasmado la causa de la misma con letras bien claras, en negrita, para que resalten.

Tampoco vemos aparecer in crescendo nombres de autoras de todas las épocas en los libros de texto de Secundaria a medida que se rescatan de su mutismo. A pesar de que se investiga sobre este tema desde hace 40 años.

Las primeras investigaciones sobre la huella literaria de la mujer en estas condiciones de marginación corresponden a los años setenta. No era casual, las Naciones Unidas proclamaron el Año Internacional de la Mujer en 1972 y la Década de la Mujer de 1975 a 1985.

Supuso un empuje de inestimable ayuda para los movimientos organizados de mujeres que luchaban por ser escuchadas desde el siglo XVIII. Es decir, una inestimable ayuda para todas las mujeres, para los procesos de universalización de los derechos humanos y cómo no para abrir la puerta oficialmente a la publicación de estudios sobre la mujer. Una gran desconocida para ella misma en el plano onírico y simbólico. Pues aún debía reinvertarse a sí misma en la literatura, soñarse, decidirse y decidir cómo era el mundo (¿Qué es el ejercicio literario sino decidir?) lejos de los modelos de mujer patriarcales que la habían determinado socialmente.