Cada uno en conjunto con los demás, es decir, con los otros seres humanos; participan en un proceso mutuo de libertad, entendiendo que esta libertad no me implica sólo a mí de manera unipersonal, sino que en este proceso de libre acción, también se ven implicados los demás: el otro.

Con respecto a la noción de otro, se toma el enfoque sartreano de un “yo que no soy yo”, es decir, como la necesidad de entender la individualidad a partir de la relación con los otros, como creándose y desarrollándose junto con los demás, pues sólo así se puede “llegar a ser”.

En efecto, la libertad implica ya no sólo poder elegir una u otra cosa de acuerdo a los dictámenes de mi propia voluntad, puesto que en esta decisión se ven implicados inevitablemente los demás; al escoger yo, escojo también por el resto y les impongo a todos mi elección. Cuando sugiero que en el desarrollo de nuestra libertad se ve afectado el otro, afirmo que la libertad apunta hacia un fin, es decir; todos cuando escogemos lo hacemos pensando en que dicha elección nos llevará a un bien y este bien implica a su vez, un fin, pues tiende hacia él.

Así, vemos que el hombre necesita ser libre, se ve impelido a la autonomía de su voluntad. Ahora bien, es en esta autonomía en que se inserta al otro, pues cuando escojo hacer una u otra cosa como resultado de mi libertad, insoslayablemente afecto también al resto, pues nunca estoy yo solo en el mundo, ya que este mundo se trata más bien de un mundo compartido, donde también habitan otros “yo” que al igual que yo, también son libres de optar por una u otra cosa y así como mis decisiones les afectan a ellos, de igual modo las decisiones de ellos me afectan a mí. Por ejemplo, si debo escoger contar o no una verdad que sé que me perjudicará y, por esta causa, prefiriera entonces decir una mentira, debo asumir que con esta decisión autorizo a que el resto de las personas también mientan, pues mis decisiones individuales afectan el decidir de los demás, ya que cuando elijo para mí, también elijo qué quiero que haga el resto de las personas, o como diría la célebre frase Kantiana:Obra de tal manera que la máxima de tu actuar sirva a la vez, como ley universal”. Cuando decidimos actuar de una u otra manera, consentimos para que los otros que cohabitan en el mundo conmigo actúen del mismo modo que yo. Así, cada vez que escojo, mi acción se ve supeditada también a un grado de responsabilidad, puesto que a la hora de escoger debo también considerar que con ello autorizo a los demás para que actúen o decidan actuar de la misma manera que yo. De esta manera, es importante considerar que como parte de este mundo cohabitado y compartido con otros “yoes”, todos juntos formamos las normas, es decir que entre todos creamos un sistema normativo.

Si decidimos, lo hacemos por pura libertad, como dice Sartre: “el hombre está condenado a ser libre” y efectivamente lo está, porque vive en medio de la subjetividad, el hombre como proyecto que es, debe proyectarse hacia el porvenir y en esta proyección, reconoce a los demás.